José Ángel García Landa - Acción, Relato, Discurso: Estructura de la ficción narrativa
Índice
3.1. Discurso



3.2. NARRADOR, NARRACIÓN Y NARRATARIO


3.2.1. El narrador


Pasamos ahora a ocuparnos del enunciador del texto narrativo, el narrador. Con el estudio de la enunciación entramos lo que Gérard Genette denomina problemas de voz (voix). En su teoría también deriva este concepto de una categoría verbal, la voz entendida como “aspect de l’action verbale considéree dans ses rapports avec le sujet”.  Nosotros entenderemos: con el sujeto de la enunciación. Jakobson distingue teóricamente entre sujeto de la enunciación y sujeto del enunciado.  Así nos proporciona otra analogía gramatical corriente para el estudio de la enunciación: la persona verbal. En efecto, según Jakobson, “La personne caractérise les protagonistes du procès de l’énoncé par référence aux protagonistes du procès de l’énonciation” (“Embrayeurs” 182). Encontraremos en la narración ficticia que, si bien hay un sujeto de la enunciación bien delimitado (el autor) y un sujeto del enunciado bien delimitado (el personaje), existe como mediación entre uno y otro la figura del narrador, que comparte características de ambos y hace bastante complicado el estudio de la enunciación en la ficción literaria.  El estudio del narrador consistirá en determinar la proporción de autor (enunciador) y la proporción de personaje (enunciado) que hay en él. Por tanto, la clasificación de los tipos de narración estará fundada en la oposición básica enunciador-enunciado.


3.2.1.1. Historia del concepto

El status de las voces narrativas textuales refleja de manera en cierto modo filogenética el planteamiento del problema de la enunciación. En principio, tanto histórica como estructuralmente, la voz narrativa es la voz del autor, la voz “autorizada” que encontramos en la épica clásica. Esta voz narrativa autorial actúa a modo de coro, y contempla la acción desde el punto de vista de una colectividad que engloba igualmente al lector textual y a los lectores reales originales. Con la desintegración del feudalismo y la aparición del espíritu burgués, la posición discursiva del enunciador se problematiza, se subjetiviza y se multiplica en una variedad de roles.  En la novela clásica en tercera persona sigue predominando durante mucho tiempo la voz narrativa autorizada (es la de Cervantes, de Fielding o de Trollope, incluso la de James), pero aun este reducto de fiabilidad irá siendo minando por la novela contemporánea—nos referimos, claro está, a la novela esencialmente contemporánea, la novela experimental y la postmodernista. 
    El “yo” del texto puede remitir a un enunciador  que no es el autor (Stanzel, Theory 15). Este hecho ya fué observado por Platón, que distinguió esta narración “imitativa” de la enunciación “simple” (2.4.1.1 supra). En la primera, el narrador “habla por boca de otro” y “trata de conformarse todo lo posible con el lenguaje de aquél en cuyo nombre habla” (República 101). Platón engloba bajo el concepto de enunciación imitativa tanto el simple discurso directo de la epopeya homérica como los parlamentos de los actores en la tragedia y la comedia. Paralelamente, habremos de reconocer aquí que los problemas de voz narrativa tienen un estrecho parentesco con la diferencia entre el discurso directo y el indirecto tratada con anterioridad ; en la diferencia platónica entre enunciación simple y discurso directo, se encuentra el germen, la base lingüística elemental, de toda la variedad de problemas de voz narrativa (cf. Todorov, “Catégories” 144).
    Aristóteles resalta más la diferencia entre el discurso directo y la representación teatral (1448 a). Platón condenaba la enunciación imitativa; Aristóteles, por el contrario, considera que “el poeta mismo ha de hablar lo menos posible por cuenta propia, pues así no sería imitador” (Poética 1460 a). Homero siempre cede la palabra a alguno de sus personajes e interviene en persona lo menos posible; es el mejor de los poetas épicos porque es el más dramático, el menos entrometido. Esta idea se repite frecuentemente en los tratados clásicos sobre la narración, y tiene numerosas versiones modernas, más o menos prescriptivas.  Aristóteles ve en el diseño de la acción algo así como la palabra indirecta del autor, con vistas a provocar un efecto (perlocucionario, diríamos hoy) determinado, de manera comparable a como lo haría un discurso. Aunque favorece la presentación inmediata, dramática, de la acción, reconoce que la palabra directa del autor también tiene sus valores propios:

Hay que tratar, evidentemente, las acciones según estas mismas ideas [propias de la retórica] siempre que hayan de ser en efecto compasivas, tremefacientes, grandiosas o verosímiles; la diferencia está en que las acciones han de aparecer por sí mismas, sin instrucciones; mientras que los efectos de la palabra tienen que ser preparados por el orador y provenir del discurso mismo. Porque si no, ¿para qué serviría el que habla si su pensamiento apareciera por sí mismo, y no mediante sus palabras? (Poética XIX, 1456 b)

Esto no le impide minusvalorar los géneros y efectos narrativos propiamente dichos frente al drama, afirmando de modo harto cuestionable que la tragedia tiene todos los elementos de la épica y algunos más que le son propios. Y lo que ni Platón ni Aristóteles toman en consideración es la posibilidad de una narración en la que incluso el marco narrativo que encuadra al discurso directo sea imitativo o dramático: que el “yo” del narrador no remita al autor.
    Esta idea aparece gradualmente. Dryden (“Account” 11) contrasta los estilos poéticos de Ovidio y Virgilio basándose en una distinción semejante a la platónica: Virgilio habla con su propia voz, y Ovidio  habla como los dramaturgos, con la voz de sus personajes. Para Dryden, este estilo requiere una especial atención a la expresión (frente a la invención y disposición del material), y hace que el estilo de Ovidio sea especialmente apto para la presentación de caracteres, mientras que el de Virgilio se presta más a la narración de acciones. Wordsworth habla de “dramatic parts” en sus propios poemas: son “those parts when the poet speaks through the mouth of his characters” (“Preface” 439); deben estas partes guardar un estricto decorum, ciñéndose estrictamente al vocabulario e ideas del personaje-narrador, y no presentar una elaboración lingüística excesiva que convendría más bien a la propia voz del poeta. Coleridge señala un peligro del uso de un narrador ficticio: el “ventriloquismo”, que se da “where two are represented as talking while in truth one man only speaks” (Biographia, cap. XXII). Wordsworth, a pesar de sus propósitos, ha caído en este defecto en opinión de Coleridge.
    Estas distinciones entre narrador y autor relativamente tempranas se refieren únicamente a la narración homodiegética; es el caso más evidente. Así, Spielhagen puede separar claramente en su teoría el autor y el narrador en primera persona:

Wir nennen in der Kunstsprache einen Roman, dessen Held als Selbserzähler seiner Fata auftritt, einen Ich-Roman zum Unterschiede von den anderen Romanen, in welchen der Held eine dritte Person ist, dessen Schicksale uns von dem Dichter erzählt werden. (Spielhagen 131)

Pero esta separación no se hace extensiva a la narración en tercera persona hasta una fecha relativamente tardía. La crítica de la primera mitad de nuestro siglo aún confunde a menudo las áreas del narrador y del autor en la narración heterodiegética. Tanto James como Vernon Lee, Perry o Tomashevski hablan de “autor” para referirse al narrador heterodiegético. Para Tomashevski, sólo hay narrador diferenciado del autor cuando el relato imita el lenguaje oral, y se crea un personaje concreto que se hace cargo de la narración. Esto no sucede siempre, pues es frecuente encontrar “narración abstracta, sin narrador y sin desarrollo del skaz [relato oral]” (Teoría 254; cf. Eïjenbaum, “Prose” 199; “Manteau” 212). Ahora bien, para los formalistas este “autor” que narra no es identificable sin más con el autor real. Eïjenbaum lo expresa de modo un tanto exagerado: “pas une seule phrase de l’oeuvre littéraire ne peut être en soi une ‘expression’ directe des sentiments personnels de l’auteur, mais elle est toujours construction et jeu” (“Manteau” 228; cf. 3.4.1.1 infra). El autor siempre habla, pues, a través de la máscara del artificio.
    En gran número de teorizadores de la literatura de la primera mitad de nuestro siglo todavía no se considera la posibilidad de distanciamiento estético que se produce entre el autor y su creación. Para Croce o Vossler, la obra es expresión directa de la subjetividad del autor. Era de esperar que se reaccionase violentamente contra estas posturas (cf. Martínez Bonati 154). Una reacción tal es la famosa “deshumanización del arte” de Ortega y Gasset o T. E. Hulme (“Romanticism and Classicism”). Cuando cobra generalidad con la Nueva Crítica americana y luego con la influencia del formalismo ruso y del estructuralismo un esfuerzo diferenciador entre el autor y su obra, éste es a menudo exagerado. “L’artiste, homme sensible qui éprouve telle ou telle humeur,” afirma Eïjenbaum, “ne peut et ne doit pas être recrée à partir de sa création” (“Manteau” 228). O la afirmación excesivamente general y absolutista de Wolfgang Kayser: “le narrateur n’est pas l’auteur (...); le narrateur est un personnage de fiction en qui l’auteur s’est métamorphosé” (“Qui raconte?” 72). Pero habremos de reconocer que la voz y la perspectiva de ese narrador son de alguna manera la responsabilidad del autor: negar la voluntad configuradora del autor sería ignorar un aspecto fundamental del fenómeno literario.
    Es de notar que si las concepciones sobre la enunciación literaria varían con el tiempo, es entre otras razones porque también varía su objeto de estudio. Formas literarias y conceptos críticos, y el uso que se da a unas y otros, son fenómenos históricos: el desarrollo de los últimos va fuertemente ligado al desarrollo de las primeras, que a su vez está ligado a la vida entera de una cultura. Como observa Weimann, está fuera de lugar analizar la épica clásica con presupuestos inmanentistas como los del New Criticism (“Erzählerstandpunkt” 392). Este es un caso de especial divergencia entre método y objeto: tendremos que aspirar a desarrollar una metodología más flexible, adaptable a distintas modalidades genéricas e históricas de la narración.



3.2.1.2. La autonomía del nivel de la narración

Debemos, pues, ver en qué sentido el nivel de la narración no se identifica simplemente con la actividad del autor, sin ser por ello independiente de ella. Para ello debemos analizar los fundamentos de la teoría de la enunciación en la que se basan los enfoques estructuralistas. La lingüística moderna ha insistido en la presencia de la enunciación en el enunciado, ya sea como un contenido representado en él  o como un punto de referencia necesario. Un buen ejemplo de esta última noción aparece en la teoría de Benveniste:

Le langage n’est possible que parce que chaque locuteur se pose comme sujet, en renvoyant à lui-même comme je dans son discours. (...) [J]e se réfère à l’acte de discours individuel où il est prononcé, et il en désigne le locuteur. C’est un terme qui ne peut être identifié que dans ce que nous avons appellé ailleurs une instance de discours, et qui n’a de référence qu’actuelle. (Benveniste, “Subjectivité” 260).

    La insistencia de Benveniste en la vaciedad de sentido de este deíctico (“est ‘ego’ qui dit ‘ego’” [“Subjectivité” 260]) oscurece algunas posibles complicaciones que puede presentar la enunciación. La discusión de Benveniste supone una relación simple, rígida y mecánica entre lenguaje y subjetividad. Pasa por alto la diferencia existente entre la referencia “discursiva” a un personaje y la referencia al narrador.  De un modo más general, no entra en consideración de lo que Bühler (199 ss) llama deixis en fantasma, o deixis mediata, que también puede afectar al deíctico “yo”, como a cualquier otro. El sistema de coordenadas lingüísticas “yo-aquí-ahora” no es inamovible, sino desplazable, manipulable (cf. Bühler 170, 216, 547). La existencia misma del sujeto gramatical es en parte un recurso para desligar la enunciación del hablante (Bühler 549). En un momento ulterior, el enunciador se puede desligar de los mismos deícticos que señalan hacia él, instrumentalizándolos, convirtiéndolos en símbolos. No siempre es “ego” quien dice “ego”; quien dice “ego” puede estar citando a alguien que dice “ego”. Esta confusión se deriva de un malentendido más fundamental relativo al funcionamiento de los deícticos. Benveniste parte de la constatación jakobsoniana (“Embrayeurs”) de la variabilidad de sentido de los deícticos (shifters o embrayeurs) según el contexto en que se emitan.  Pero la variabilidad contextual de los deícticos es aún más amplia de lo que nos llevaría a creer la exposición de Jakobson o Benveniste, porque la variabilidad (cualitativa) de contextos es también mayor. La deixis no está ligada directamente al uso efectivo, como parece creer Benveniste: apunta a un contexto, pero a un contexto significado; es un contenido transmitido por el signo deíctico (Eco, Tratado 211). Los deícticos se orientan en base a un punto de referencia espacio-temporal que puede muy bien ser el acto de la enunciación, pero también puede ser un punto virtual proyectado por el discurso, un punto que carezca incluso de una base material significada (cf. Stanzel, Theory 92). Benveniste no establece una distinción básica: la más inmediata actualidad del contexto enunciativo no es suficiente para identificar al enunciador. Nuestro discurso está heredado del discurso de los demás; a veces, recreamos incluso la situación comunicativa originaria de las palabras que repetimos. Si reproducimos en discurso directo las palabras de alguien, “yo” significará ese hablante, “aquí” y “ahora” se referirán al contexto comunicativo originario. En este sentido nos parece necesario insistir con Ducrot en la diferencia entre locución y enunciación (cf. 3.1.1 supra). La actividad de enunciación puede influir en ciertas estructuras lingüísticas, o haberlas originado, pero ello no quiere decir que esté representada forzosamente por ellas. “Seule son effectuation la manifeste (...), sa place dans l’énoncé est une place vide” (Ducrot, “Pragmatique” 534). Por tanto, “yo” no es un creador de subjetividad, como afirma Benveniste; es un operador de la subjetividad.  Debemos tener en cuenta esta posibilidad estructural, que en literatura da origen, por derivacion, a la figura del narrador. En una descripción pragmática de un texto con un narrador ficticio deberíamos, por tanto, suponer una enunciación implícita o no manifestada como tal en el enunciado: la del autor. Van Dijk propone introducir en la descripción de la estructura profunda un verbo performativo suprimido por transformación en la estructura superficial.  “In this case the I of the text can in fact be considered to be a third person category in deep structure which is realized as I in surface structure” (Text Grammars 300). Este hecho no sería muy distinto de las simples transformaciones necesarias para explicar el uso de los deícticos en el discurso directo (cf. el ejemplo de van Dijk, 301). Por ello no habría que proponerlo como un rasgo específico de la pragmática literaria, como hace van Dijk (Text Grammars 334), pues da origen a fenómenos específicamente literarios y a otros que no lo son. Lo que sí parece darse en la literatura y en la narración es el máximo desligamiento posible entre las circunstancias de la enunciación original y el enunciado efectivamente transmitido. “La necesidad de liberar del campo mostrativo actual el contenido representativo de un decir”, observa Bühler, “surge en el discurso narrativo” (Bühler 554). La literatura, y en particular la narración ficticia, llevan a un extremo esta posibilidad del lenguaje.
     Otros deícticos, al margen del pronombre de primera persona, pueden ser utilizados de manera virtual o figurativa (por ejemplo, por un narrador extradiegético). Se pueden así crear sujetos hipotéticos secundarios, que desempeñen, por ejemplo, el papel de focalizadores;  hay, por tanto, maniobras de creación de sujetos textuales más fundamentales que otras.
    Mediante este recurso, el autor real puede desligar la enunciación de su persona en la medida en que lo desee. Puede no decir “yo” nunca; todo “yo” del texto remitirá a otro enunciador distinto del inmediato. El caso más sencillo y corriente es la creación de un narrador-personaje ficticio, como Huckleberry Finn o Gulliver. El “yo” también puede aludir al autor, pero de una forma equívoca o parcial en grado variable, de tal modo que se produzca una ficcionalización del autor; podemos por tanto utilizar el concepto de narrador ficticio tanto en textos escritos en primera como en tercera persona.
     Es más: en principio, el autor real puede aparecer en la narración y ser aludido en tercera persona, puede pasar a ser un “él”, mientras el “yo” narrativo se reserva para un narrador ficcionalizado. Es lo que sucede de maneras distintas en los escritos históricos de César y en la alusión a Cervantes en la historia del Cautivo del Quijote (I, XXXIX-XLII). Ciertas estrategias discursivas se podrían describir, de modo inverso, como resultado de la cancelación parcial del sujeto de la enunciación, de su renuncia a las señales de persona, de tiempo, etc. (cf. Lozano, Peña-Marín y Abril 118 ss). El nivel de la narración puede gozar, pues, de una completa autonomía. La “instancia narrativa” no debe ser confundida con el focalizador ni con el autor: “le narrateur est un rôle fictif, fût-il directement assumé par l’auteur” (Genette, “Discours” 226); “qui parle (dans le récit) n’est pas qui écrit (dans la vie), et qui écrit n’est pas qui est” (Barthes, “Introduction” 20).
    Podríamos preguntarnos si esta enunciación ficticia sólo se da en aquellos casos en que se presenta de manera explícita. De su gran autonomía respecto de la enunciación real se saca a veces la conclusión de que el “yo” narrativo en una narración literaria no puede remitir al autor, lo cual parece excesivo.  En un cierto sentido, el enunciador que emana del texto es un ser de papel. Pero hay que matizar: esta concepción procedente del estructuralismo es problemática si se extrema. Puede conducirnos al solipsismo absurdo de creer que un autor no puede escribir otra cosa que ficción, o que todo enunciador que reconozcamos en un texto es ficticio. Veremos que el autor siempre está presente en la obra como autor textual (3.3.1.1 infra). El “yo” narrativo puede remitir a una situación enunciativa imaginaria, pero también puede remitir a una real, la enunciación del propio texto literario.
    Siempre hay un autor real y una imagen textual del mismo; puede no haber narrador ficticio, en cuyo caso el autor textual asume directamente la enunciación.  “On the whole”, opina Lanser, “it is safe to posit an inverse relationship between author-narrator equivalence and the degree to which the narrator is ‘fleshed-out’ as a textual character” (153). Los narradores de Beckett, señala Lanser, se encontrarían en el extremo opuesto a la identificación con el autor. Una perspectiva histórica o genérica más amplia podría hacernos ser aún más cautos a la hora de generalizar. Así, géneros como el relato (tale) de ficcionalidad indeterminada parecerían cuestionar la clasificación misma: valga de ejemplo el Oroonoko de Aphra Behn, donde la “autora” es testigo y narradora de una historia de dudosa autenticidad que sin embargo se presenta como auténtica. La gradación entre enunciación real y ficticia es infinita; los casos intermedios, numerosísimos. Pero ello no quita validez a la polaridad conceptual necesaria para la definición y “medición” de cada caso (cf. Volek 30 ss).
    Lo que sí es de resaltar es que en la narración literaria no está determinado por adelantado el papel del enunciador:  es el texto el que lo modela con enorme libertad, y propone una modelación similar del papel del destinatario. En este sentido sí podemos decir que el emisor y el receptor están presentes en el texto no sólo como los interlocutores entre los que el texto circula, sino como roles actanciales del significado textual.  No tienen por qué ser mencionados explícitamente, aunque siempre están presentes en tanto que sujeto y destinatario de la enunciación ficticia, que se halla enmarcada en la enunciación real que circula del autor textual al lector (cf. 3.3.1.2 infra).
     Para algunos teorizadores (Kayser, Martínez Bonati, J.-K. Adams) siempre existe el narrador en tanto que hablante ficticio. El hecho de que haya un discurso implica un hablante: si este discurso no es asumido por el hablante real, el autor, debemos postular un hablante ficticio o narrador. El narrador (speaker) es siempre ficticio para J.-K. Adams mientras nos hallemos ante un texto de ficción. Esto parece obvio en los textos en primera persona, pero requiere una argumentación especial en los textos en tercera persona:

The problem that third person narratives present is that in many of them the speaker lacks all characteristic except the ability to narrate, and therefore, it is difficult to attribute fictional characteristics—or any other kind of characteristics—to him. (J.-K. Adams 19)

Así se ha llegado a hablar de “relatos que se cuentan a sí mismos” (Lubbock), relatos “impersonales”, “sin narrador”, en los que no se manifestaría la función expresiva.  Benveniste ve en lo que él denomina énonciation historique una modalidad narrativa que se caracterizaría por su objetividad, por la no intervención del enunciador en el discurso:

A vrai dire, il n’y a même plus de narrateur. Les événements sont posés comme ils se sont produits à mesure qu’ils apparaissent à l’horizon de l’histoire. Personne ne parle ici; les événements semblent se raconter eux-mêmes. Le temps fondamental est l’aoriste, qui est le temps de l’événement hors de la personne d’un narrateur.

La énonciation discoursive descrita por Benveniste está personalizada: en ella aparecen constantes referencias al locutor, al interlocutor y a la situación comunicativa: gira alrededor de lo que para Benveniste son propiamente hablando las formas personales del pronombre, yo y tú, acompañados por todos los indicadores lingüísticos que remiten a una enunciación concreta: deícticos, tiempos verbales referidos al tiempo de la narración, interrogaciones y exclamaciones, modalizaciones, etc. Yo y tú constituyen la situación comunicativa; él es en principio un elemento ajeno, aunque necesario, cuyo tiempo característico es el pasado:

El intercambio dialógico yo-tú no es posible en su forma pura; en ese caso debería excluir terceras personas ausentes y el pasado, cuando yo y tú no dialogaban todavía, sino que se encontraban en otras situaciones dialógicas. (Segre, Principios 25)

No hay discours sin histoire, no hay enunciación totalmente presente y centrada en los interlocutores. Pero Benveniste sostiene que puede haber histoire sin discours. En la enunciación histórica habría según Benveniste una ausencia de persona: sólo interviene en él una “no-persona”, la tercera persona él. El discurso centrado en “él” tiende a evitar referencias a sí mismo; nos presenta el mundo de la acción como una objetividad sólida, mientras que en el diálogo o el monólogo el acento suele desplazarse al discurso mismo y a sus interlocutores e incluso a veces la atención narrativa se desplaza de la acción al desarrollo mismo del discurso (Starobinski 288). La narración que aspire a la neutralidad utilizará palabras sencillas y se limitará a referirse a hechos de la acción: eso es lo que por convención consideramos neutralidad narrativa (Chatman 168). Greimas señala la prioridad lógica de la enunciación discursiva sobre la histórica:

podemos decir que la estructura económica de la enunciación en la medida en que se puede identificar con la comunicación de un objeto enunciado entre un remitente y un destinatario, es lógicamente anterior y jerárquicamente superior a la estructura del enunciado simple. De esto se deduce que los enunciados lingüísticos del tipo “yo-tú” dan la impresión de estar más cerca del sujeto no lingüístico de la enunciación y producen una “ilusión de realidad” más intensa. (“Teoría” 28-29).

Observemos, sin embargo, que la narración tradicional y clásica no suele poner explícitamente de manifiesto el intercambio discursivo, y deja que el narrador se mantenga impersonal, emanando simplemente de sus historia.
    La “persona tertia” ya había sido caracterizada por Bühler como perteneciente a un plano distinto a yo y tú; Bühler ve en la tercera persona el límite de la objetivación en el lenguaje natural, el mayor desligamiento posible de las circunstancias de la enunciación.  Pero Bühler en ningún momento insinúa que la enunciación real desaparezca de la vista.
    Para Genette, la “enunciación histórica” de Benveniste es un mito, una hipérbole abusiva: “enfin, tout énoncé est en lui-même une trace de l’énonciation; c’est, me semble-t-il, un des enseignements de la pragmatique”.  La noción de una narración sin huellas enunciativas ya está suficientemente refutada por varias décadas de estudios sobre la enunciación. Aunque no hubiese narrador ficticio para hacerse cargo de estos sucesos, nunca podríamos renunciar a la presencia del autor como narrador. El concepto de una posible “ausencia de narrador” parece resultar, sin embargo, especialmente fascinante para muchos teorizadores.
    Muchas veces la cuestión está mal planteada. Presumiblemente, pocos de estos teorizadores negarían que estos relatos “neutros” son narrados por el autor. Según Hamburger, esto es lo que sucede en la narración “épica”, heterodiegética:

Nur scheinbar weicht man der Personifizierung des “Erzählers” aus, wenn man einen “fiktiven Erzähler” aufstellt, um eine biographische Identität mit dem Autor zu umgehen. Einen fiktiven Erzähler, der, wie es offenbar vorgestellt wird, als eine Projection des Autors aufzufassen wäre, ja als “eine vom Autor geschaffene Gestalt” (F. Stanzel), gibt es nicht, gibt es auch in den Fällen nicht, wo durch eingestreute Ich-Floskeln wie ich, wir, unser Held, u.a. dieser Anschein erweckt wird (...). Es gibt nur den erzählenden Dichter und sein Erzählen. Und nur dann, wenn der erzählende Dichter wirklich einen Erzähler “schafft”, nämlich den Ich-Erzähler der Ich-Erzählung, kann man von diesem als einem (fiktiven) Ich-Erzähler sprechen. (Hamburger 115)

Pero es evidente que esto no es siempre así: no hay relación necesaria entre la ficcionalidad del narrador y el hecho de que sea homodiegético o heterodiegético: hay, como mucho una tendencia, basada en la evolución histórica de los modos ficticios, a una mayor ficcionalización del narrador en primera persona. Además, a falta de una caracterización precisa del narrador, éste se identifica con el autor textual (es decir, la identidad autor textual / narrador es el caso no marcado en nuestra clasificación; cf. Lanser 151). Semejante aserción parece ir en contra de la tradición estructuralista y formalista, pero no sería fácil rebatirla. Detrás de las teorías enunciativas de Kayser, Hamburger, J.-K. Adams o Martínez Bonati (151) hay una distinción insuficiente entre estas tres figuras: narrador ficticio, autor textual y autor. Esta tríada ya es expuesta bastante claramente por Booth: “‘Narrator’ is usually taken to mean the ‘I’ of a work, but the ‘I’ is seldom if ever identical with the implied image of the artist”.  Siempre hay (además del autor histórico) un autor textual, un segundo yo o imagen del autor, tal como es reconstruido por los lectores a partir de la obra. El autor textual asume en principio la narración, a menos que la encomiende a un enunciador con una identidad o función narrativa diferenciada de la suya, que es a quien llamaremos “narrador ficticio” o sencillamente “narrador”.
    Se dice a veces que “el autor” no puede tener contacto directo con el mundo de la ficción. Esta afirmación presupone una división tajante entre realidad y ficción que no compartimos en absoluto.  Parece inapropiado postular un narrador ficticio en obras como The Ambassadors de James o “Hills like White Elephants” de Hemingway. Siguiendo la lógica del argumento, deberíamos aceptar que cuando relatamos una anécdota ficticia o un chiste en nuestra vida corriente, nos desdoblamos en dos: nuestro yo cotidiano y el narrador del chiste. Es obvio que en este caso no se trata de un desdoblamiento de personalidad sino de una determinada actitud adoptada, un rol discursivo asumido para permitir una actuación lingüística determinada.  Por supuesto, tales juegos suponen una cierta modelación de nuestro yo, una pequeña delegación de nuestra identidad, pero no distinta en sustancia de otras muchas actitudes enunciativas que adoptamos para la vida práctica y que no tienen mucho que ver con la ficción (cf. Lozano, Peña-Marín y Abril 112 ss). Este fenómeno se suele dar, según observan Lozano, Peña-Marín y Abril en el uso de los performativos (o realizativos):

El cumplimiento de actos performativos implica ciertas posiciones de los agentes respecto a sus interlocutores efectivos o virtuales, respecto al discurso y respecto a las propias reglas. Estas posiciones definen categorías de personajes discursivos. (...) Así, el funcionario que enuncia
    [6] /Me veo en la obligación de sancionarlo/
ejecuta un acto de autoridad postulando cierta institución como remitente y adoptando la posición enunciativa de portavoz. (180)

     Es sólo un caso especialmente visible de un fenómeno de posicionamiento del yo inherente a al actuación lingüística. Otra de estas actitudes que parece producir un especial desdoblamiento de identidad es la ironía. El concepto de “ironía romántica” de Friedrich Schlegel y K. W. F. Solger,  una ironía que se vuelve contra las actitudes del autor y sus propios procedimientos literarios, es un paso más en esta dirección. En la vida corriente, usamos lenguaje “ficticio” o real sin perder por ello nuestra identidad, sino más bien administrándola. Lo mismo puede suceder en la narración literaria.
    J.-K. Adams señala que podemos entender las oraciones del texto (como tales oraciones) sin necesidad de tener en cuenta al narrador o al narratario. En cambio, debemos identificar a ambos para interpretar los actos de habla (utterances) que se están realizando, pues el significado de los actos de habla está ligado al contexto comunicativo: “The communicative content of a poem and the interpretation of a poem have a reciprocal relationship, for one implies the other” (42). La obra contiene un contexto comunicativo que incluye al narrador (speaker) y al narratario (hearer). La interpretación del lector pasa necesariamente por el narratario; ha de ser en principio compatible con la situación comunicativa que se da entre narrador y narratario. El lector no ha de tener en cuenta únicamente el contexto comunicativo real, sino también el ficticio. Si en la comunicación real es el objetivo (goal) el que guía la identificación de los actos de habla realizados, en el discurso de ficción ese objetivo se interioriza, es el de la situación comunicativa ficticia (J.-K. Adams 44 ss). Una demanda pragmática es insoslayable:

a fiction must have a communicative context as part of its linguistic structure, for in order to present a fictional world with language, speech acts must be performed, and they must be performed by someone in some context. (J.-K. Adams 23)

Pero este contexto comunicativo no tiene por qué ser un contexto ficticio radicalmente diferente del contexto real, como quiere concluir Adams. En un contexto real adecuado (la comunicación literaria) el autor puede realizar actos de habla de un tipo particular (“pseudo-actos de habla”, quasi-judgements o “frases miméticas”; cf. 3.1.4.2 supra), que pueden limitarse a construir un mundo ficticio o pueden volverse sobre la propia figura del enunciador para superponer al autor un narrador ficticio. Podemos incluso aceptar que en el caso de la narración “impersonal” el autor se desdobla en dos roles, autor (“serio”) y narrador (cf. la terminología de Adams, writer y speaker), pero no tenemos por qué deducir de ahí una división de personalidad tan grave como para atribuirle dos identidades. Benjy Compson se parece bastante poco a William Faulkner; en cambio, el narrador anónimo de The Ambassadors se parece bastante a Henry James.  Y también en otros contextos de discurso adoptamos roles discursivos determinados—por ejemplo, los varones españoles suelen comunicarse con sus compañeros de trabajo varones hablando de fútbol—sin que ese “entrar en el papel” se interprete como una ficcionalización del yo. Hay que cuidarse pues, por una parte, de considerar a un sujeto en su papel de narrador y en su papel de autor textual como si de dos sujetos se tratase; por otra, de confundir la competencia del sujeto en tanto actúa como narrador o como autor textual.



3.2.1.3. La competencia modal del narrador

El narrador, en tanto que tal narrador, tiene una competencia modal respecto de la acción y de sus interlocutores. Podemos definirla con el mismo cuadrado semiótico desarrollado por Greimas que nos servía para analizar la competencia del personaje.  La finalidad de este cuadrado es la descripción de los sujetos, con vistas ante todo a su hacer. El narrador es el sujeto de la enunciación. Su hacer es ante todo la actuación lingüística: narrar, comunicar; pero no podemos reducir su descripción a una simple competencia lingüística o aun a una competencia comunicativa. El narrador no sólo comunica su mensaje: se comunica a sí mismo (3.1.1 supra), y por tanto hay que definir no sólo su hacer, sino también su ser, deber, querer, poder y saber. Es especialmente significativa en este sentido la relación narrador / personaje. Según Cohn, dos actitudes básicas diferentes se dan en este sentido: la actitud del narrador puede ser consonante con el personaje o disonante:

one is dominated by a prominent narrator who, even as he focuses intently on an individual psyche, remains emphatically distanced from the consciousness he narrates; the other is mediated by a narrator who remains effaced and who readily fuses with the consciousness he narrates. (Transparent Minds 26)

Pero el análisis comparativo puede ser mucho más detenido, y no limitarse a la relación entre narrador y personaje. Como veremos, también estas categorías modales definen la actuación comunicativa del autor o del lector. La comparación entre la caracterización modal de los distintos participantes en el intercambio discursivo nos permitirá medir la mayor o menor divergencia entre ellas: podemos así tomar en consideración la distancia moral, intelectual, etc., existente entre los diversos sujetos participantes en el fenómeno literario: entre narrador y personaje, entre autor textual y narrador, etc.  Es así como podremos distinguir entre narradores fiables y narradores no fiables (Booth, Rhetoric 273 ss), o describir en qué sentido y medida un autor textual ironiza sobre el narrador (Booth 300 ss). Estas modalidades no deben entenderse como caracterizaciones estáticas: son atribuciones de cada sujeto a los otros: están sometidas a una continua negociación. En primer lugar han de descubrirse y atribuirse; además, son potencialmente variables: un narrador que no es fiable al comienzo de la novela puede terminar siendo digno de confianza.  Y en las modalidades discursivas más dinámicas, los interlocutores no sólo se identifican modalmente uno a otro, sino que intentan cambiar la situación, atribuyéndose roles mutuamente (Greimas; Lozano, Peña-Marín y Abril 75 ss): el narrador intenta construir un narratario a su medida, o al menos atraerle hacia su terreno. Las variadas combinaciones de estas modalidades y los posibles dibujos modales que surgen de la negociación discursiva definen un número tan elevado de casos que aquí sólo podemos apuntar algunos ejemplos conflictivos.

3.2.1.3.1. Deber
El narrador adquiere implícita o explícitamente una serie de deberes frente al narratario en lo que se refiere a la transmisión del relato o a la actividad discursiva en general. Estos deberes son los deberes de todo interlocutor en una conversación, definibles por las “máximas” de Paul Grice. En realidad, se trata de presupuestos generales sobre la actividad comunicativa que en principio son compartidos por los interlocutores. Grice distingue cuatro tipos de máximas:

• De cantidad:

    1. Make your contribution as informative as is required (for the current purposes of the exchange).
    2. Do not make your contribution more informative than is required.

• De cualidad:

    Under the category of Quality falls a supermaxim—”Try to make your contribution one that is true”—and two more specific maxims:
    1. Do not say what you believe to be false.
    2. Do not say that for which you lack adequate evidence.



• De relación:

    Be relevant.

• De modo:

    the supermaxim—”Be perspicuous”—and various maxims such as:
    1. Avoid obscurity of expression.
    2. Avoid ambiguity.
    3. Be brief (avoid unnecessary prolixity).
    4. Be orderly.

Estas máximas pueden resumirse en una ley general, que Grice denomina el principio de cooperación (Cooperative Principle): “Make your conversational contribution such as is required, at the stage at which it occurs, by the accepted purpose or direction of the talk exchange in which you are engaged” (Grice 26).
    Como se puede ver, estas normas de interacción comunicativa son muy generales, y además están pensadas para la conversación. En cada tipo de situación comunicativa deberán flexibilizarse y concretarse con otras más específicas, que definan cuál es el grado de relevancia, claridad, etc. que se requiere. La literatura también obedece a normas comparables,  desde el momento que existe una tradición y unas convenciones literarias. Pero en este caso la forma concreta en que se realice cada máxima será muy distinta de las que se dan en la conversación cotidiana: por ejemplo, la “evidencia” requerida de un narrador omnisciente está presupuesta de entrada. Estas normas, naturalmente, no son fijas sino que están sujetas a cambio según los géneros y la tradición literaria. Del mismo modo, nos pueden servir de modelo para clasificar los subgéneros de la narración. Cada una de las posibles circunstancias narrativas que citamos tiene en potencia leyes distintas, que son utilizables para motivar un distinto comportamiento discursivo por parte del narrador, así como distintas estructuraciones del relato, como ya observaron los formalistas rusos (Tomashevski, Teoría 191).
    Observemos que el narrador (como cualquier hablante) puede no observar las máximas comunicativas. Puede que su relato no sea interesante, o relevante para su oyente: estamos ante el narrador incompetente, que rompe un contrato básico de la narración: el no hacer perder el tiempo a sus oyentes.  Esto es un desastre en la narración auténtica, pero puede ser un recurso estético en la narración literaria. Para Roventa (78 ss) la ruptura de las máximas conversacionales de Grice es una de las fuentes del absurdo en el teatro de Beckett. Lo mismo podríamos decir de sus narraciones, y de las de autores como Nabokov, Robbe-Grillet, etc. En general, un narrador podrá falsear la información, mentir, o no entender perfectamente los hechos que narra.  Se transforma así en un narrador no fiable.  La fiabilidad del saber del narrador varía de acuerdo con su status, personalidad, situación temporal, etc. Sería erróneo generalizar sobre la fiabilidad o no fiabilidad del narrador en base al status del narrador. No podemos decir, por ejemplo, que todo narrador homodiegético es ya de entrada no fiable,  o que todo narrador autorial es fiable.  La narración homodiegética adolece en cierto sentido de una inferioridad ontológica en este sentido frente a la narración autorial heterodiegética, pero esta inferioridad ha de someterse al axioma fundamental de que el narrador es competente mientras no se demuestre lo contrario. Convendría distinguir en este punto entre dos fenómenos que Booth engloba en el término unreliability: la ignorancia y la mala fe. El narrador en primera persona es en principio más ignorante que el narrador autorial, pero no necesariamente menos honrado. En este sentido, no obtendremos una no fiabilidad automática en la primera persona, sino un horizonte de expectativas que hace que la no fiabilidad (si de hecho se comprueba) no sea tan chocante. Normalmente el texto deja claro muy pronto cuándo la información es fiable, y en caso de duda siempre son posibles los apoyos o correcciones por parte de otros narradores, de los personajes, del desarrollo de la acción, etc. (cf. Booth 159 ss). Obviamente, las deficiencias del narrador son suplidas por el lector, que las interpreta como parte de la estrategia literaria del autor textual (cf. Martínez Bonati 66). Existe una relación de proporcionalidad inversa entre la autoridad narrativa del narrador y la autoridad interpretativa del lector: la actividad de este se hace más y más decisiva a medida que el narrador incumple sus deberes (cf. Ruthrof 122).
    Hemos afirmado que hay una presunción de veracidad narratorial por parte del lector. El caso narrativo no marcado es, por tanto, la coincidencia entre las voces del narrador y del autor textual. En palabras de Pratt,

[a]s long as the fictional speaker of a novel does fulfill all the rules for narrative display texts and written discourse, the reader will execute the text as he would a real-world narrative display text. He will make all and only the implications necessary to maintain the assumption that the speaker is fulfilling the CP [cooperative principle] and maxims as defined for the unmarked case (...) and he will assume that the author intends him to calculate exclusively those implicatures. (207-208)

    En la ficción, un tipo de validez especial de la palabra del narrador deriva de la misma naturaleza ficticia de su narración (Martínez Bonati 70). Es ésta el único asidero que tiene el lector para instalarse en el mundo ficticio: a menos que el propio texto nos dé indicaciones de lo contrario, es absurdo poner en duda la palabra del narrador. Como observa Martínez Bonati (65 ss), en principio el narrador merece nuestro crédito irrestringido. Ya no necesariamente en cuanto a sus comentarios, opiniones, etc. sino en cuanto al elemento puramente narrativo-mimético de su narración. Si la palabra de un personaje entra en contradicción en cuanto a los hechos de la acción con las informaciones que nos proporciona el narrador, sabemos que (en principio) el personaje miente o desconoce los hechos, y disfrutamos así de una superioridad irónica sobre los personajes (Martínez Bonati 66). Es ésta una premisa de la narración ficticia que opera de manera diferente según las condiciones particulares de cada texto. No esperamos la misma validez de la palabra del narrador en una narración autorial y en una narración epistolar. Si se trata de un texto con varios narradores, uno puede contradecir al otro y merecer mejor nuestra confianza. O bien puede encomendarse al lector la tarea de leer entre líneas una narración no fiable que nos permite, sin embargo, deducir los auténticos hechos de la acción. En este caso sí podemos decir que “in ‘unreliable narration’ the story undermines the discourse” (Chatman, Story and Discourse 233). Pero aun en estos fenómenos se mantiene en cierto modo el axioma que hemos señalado: el narrador es en principio fiable. Al tratarse éste del caso no marcado, es utilizado como punto de referencia incluso en aquellos casos en que se infringe.
    Es de notar que el narrador ficticio no tiene responsabilidades respecto del lector: sólo las adquiere en su propio nivel comunicativo, hacia el narratario. Por eso perdonamos a los narradores incompetentes, siempre que tras ellos se oculte un autor competente, un autor que cumpla los deberes contraídos (3.4.1.2 infra). De manera similar, podemos constatar que un narrador no es fiable y sin embargo sentirnos atraídos por su personalidad o prestar más credibilidad a su versión de los hechos de la que prestamos a un narrador pretendidamente fiable. Esto sucede porque la fiabilidad del narrador ha de definirse en primer lugar en relación al lector textual, con el que los lectores efectivos pueden o no identificarse (cf. Prince, Narratology 11).

3.2.1.3.2. Poder
El poder del narrador es en principio el poder del uso del lenguaje; el narrador actúa mediante la palabra, y su poder como hablante es pues definible en términos retóricos. Es éste un poder de acción en el que hay que considerar no sólo la acción abierta ante el oyente, sino también la acción subliminal, que puede ir desde la manipulación deliberada y maquiavélica hasta el simple uso espontáneo de convenciones discursivas de las que no son conscientes ni hablante ni oyente. Más específicamente narrativo es el poder de configuración de que dispone sobre el relato, el de dosificar y distribuir la información de que dispone. Nociones como “omnisciencia” u “omnipresencia” se refieren más bien a un grado de conocimiento del narrador. En el caso de un narrador autor de ficción, también dispone de poder ilimitado sobre los personajes y la acción. Puede gobernarlos a su antojo, y crear personajes y ambientes ex nihilo. La narración reflexiva puede utilizar esta circunstancia de modo ingenioso y pintoresco:

¿Cómo son las escaleras? ¿De caracol quizás? En cualquier caso, muchas, demasiadas para un hombre de mi edad. Si las subo, me canso. Pero ya están ahí, ya las nombré, ya trepan hasta la altura encajonadas en piedra. (...) Si yo fuera de carne y hueso, y la torre de piedra, podría cansarme, y resbalar, y hasta romperme la crisma. Pero la torre y yo no somos más que palabras. Sús, y arriba. Voy repitiendo: piedra, escaleras, yo. Es como una operación mágica, y de ella resulta que subo las escaleras. (Torrente Ballester, Fragmentos de Apocalipsis 15)

Se observará que estas modalidades virtualizantes y actualizantes (poder, deber) que caracterizan al narrador sólo adquieren su sentido pleno cuando las estudiamos en conjunción con las modalidades realizantes:  lo que el narrador hace efectivamente, y quién es.

3.2.1.3.3. Saber
El saber del narrador está en principio condicionado por su identidad, sus relaciones con la acción y el tipo de situación comunicativa (ficticia) en que se encuentre. Esta categoría ya ha sido tratada parcialmente al hablar de la perspectiva del relato, a la que motiva en gran medida. Así, veíamos que el narrador puede saber (o presentarse como si supiera) más, menos o igual que el personaje,  y ello daba lugar a distintos tipos de perspectiva.
    Algunos críticos rechazan el concepto del saber del narrador. Para Bal, es un concepto “puramente metafórico” (Narratologie 37). Pero lo mismo opina del saber del personaje. Nosotros opinamos que se trata de conceptos imprescindibles en una teoría del relato, pues dan cuenta de la manera efectiva en que se comprende éste (cf. Sternberg, 282). Por ejemplo, el lector de Far from the Madding Crowd  de Thomas Hardy tiene constancia de que el narrador sabe que el adversario Troy no ha muerto; tiene constancia asimismo que la protagonista Bathsheba y los demás personajes lo ignoran hasta un determinado momento. No comprendemos cómo se podría plantear de otro modo un análisis de la acción ni del discurso en esta novela. Un problema distinto (e irrelevante aquí) es que se trate de un narrador o de personajes ficticios.
    Un posible límite para determinar el saber del narrador sería la ignorancia total, pero ésta es difícilmente concebible en un agente narrativo: casos que de por sí ya son extremos, como Benjy en The Sound and the Fury, se hallan muy por encima de este límite. Como señala Prince, la ignorancia y la narratividad no son buenas compañeras: “narrative dies from sustained ignorance and indecision” (Narratology 149). Aun si hay contadas obras, como la trilogía novelesca de Beckett, que juegan a desafiar y explotar esta expectativa, en principio exigimos del narrador que sepa qué contarnos, que no nos haga perder el tiempo. La misma etimología de la palabra “narración” está ligada al concepto de conocimiento, de saber: “le Narrateur—gnarus, celui qui sait—est mot à mot l’opposé de l’ignare qui ne sachant rien ne peut rien raconter”.
    El otro límite del saber del narrador es la omnisciencia: el privilegio del narrador-autor que conoce a la perfección el pasado, presente y futuro de sus criaturas, y hasta sus más recónditos pensamientos.  Como señala Chatman (Story and Discourse 212), este término se suele usar simplemente para indicar que el narrador puede leer la mente de los personajes (es decir, tiene acceso a focalizados invisibles). Pero esto debe definirse con más precisión, mediante el estudio detallado de la focalización. Sería deseable usar “omnisciencia” en su sentido literal, y evitar expresiones como “omnisciencia selectiva” (Friedman, “Point of View” 128) u “omnisciencia confinada a un personaje” (Humphrey 34).
    Genette rechaza el concepto de omnisciencia en el análisis de la ficción: “l’auteur n’a rien à ‘savoir’, puisqu’il invente tout” (Nouveau discours 49). Pero el término “autor omnisciente” de la narratología de hace unas décadas no se refería al autor real, sino al narrador. Y el narrador puede ser omnisciente. Puede no inventar nada y saberlo todo. También puede ser un subnormal, un burro (Apuleyo, El asno de oro) o un muerto (Pérez Galdós, El amigo Manso). Todas estas situaciones implican grados de conocimiento distintos, y motivan determinadas maniobras discursivas. La omnisciencia está ligada intuitivamente a la ficcionalidad de la creación. La forma más directa de narración omnisciente no busca motivación alguna; la voz del narrador omnisciente es allí la voz del autor omnisciente. Se explica así que muchos críticos no distingan entre narrador autorial y autor. 
    La novelística y la crítica del siglo XX reaccionaron contra esta técnica narrativa a la vez que reaccionaban contra la idea misma del autor consciente y responsable total de su palabra (cf. John Barth, “The Literature of Exhaustion” 30); se le acusa de ser una técnica poco democrática, dictatorial incluso, fraudulenta y manipuladora del lector (Bardavío 203). El narrador omnisciente suele tomar partido en favor de unos personajes, y guiar la identificación del lector de manera obvia, y ello resultaba irritante para las teorías miméticas de la narración desarrolladas a principios de siglo, que nos ofrecen ejemplos recientes de poéticas abiertamente normativistas.  El lugar relevante para el estudio de estas observaciones normativistas así como de las técnicas que aprueban es una poética histórica y sociológica, que muestre la relación entre las técnicas narrativas, la demanda que de ellas se hace en un determinado momento, y la ideología del momento:

an unreliable narrator, for example, cannot be seen as the structural equivalent of an unreliable autor; but the unrelieable narrator might indeed represent the structural equivalent within the fiction of a communicative context in which the writer’s access to truth or authority to speak is for whatever reasons perceived or ideologically determined to be problematic or impossible. (Lanser 104)

Ya hemos señalado que tan relevante como la caracterización del narrador como narrador omnisciente es determinar en qué medida el narrador comparte sus conocimientos con el lector.  Un narrador puede saberlo todo y sin embargo callar lo más importante. Sternberg ve en Fielding una omnisciencia “supresiva”, en Trollope, una omnisciencia “omnicomunicativa” (264).

3.2.1.3.4. Querer
El narrador también puede adoptar una actitud volitiva ante la acción. Puede estar más o menos emocionalmente comprometido con su narración en general (Lanser 202); puede simpatizar con unos personajes o gustar de cierto tipo de técnica. También puede presentarnos alternativas hipotéticas a a los hechos de la acción. Todo ello puede contribuir a caracterizarlo como un sujeto concreto y como algo más que una mera “función narrativa” (cf. Hamburger 111 ss) aun en el caso de que sea un narrador extradiegético y anónimo. Así también aumenta la prominencia de los elementos puramente discursivos, de la transmisión del relato más que del relato en sí. La personalidad del narrador, caso de estar desarrollada, motivará en gran medida estas actitudes; su poder y su deber determinarán la medida en que lleguen a ser un elemento discursivo a tener en cuenta. La posibilidad de enfrentar narrador y lector es especialmente vistosa en la actitud volitiva hacia la acción.


3.2.1.3.5. Hacer
Genette (“Discours” 261 ss) se basa en los elementos de la situación comunicativa distinguidos por Jakobson (“Linguistics and Poetics”) para determinar las posibles funciones del narrador:
• Función narrativa: transmisión de la acción. O su invención, en el caso de narradores-autores. En todo caso, el narrador adquiere una autoridad retórica: es él quien transforma la acción en relato, quien determina la temporalidad narrativa, la distancia, la perspectiva… En este sentido, habría que añadir a la caracterización del narrador los criterios de análisis del relato ya tratados en el capítulo anterior. Este hacer del narrador actualiza lo que en los puntos anteriores contemplábamos como sus potencialidades de actuación. El contraste entre autor implícito y narrador, cuando se da, requiere que la retórica del narrador haya de traicionarle de algún modo.
• Función administrativa (Genette: fonction de régie): construcción del discurso (texte) determinando sus articulaciones, su organización interna. Estas dos funciones son obligatoriamente desempeñadas por el narrador según Genette, aunque pueden serlo de una manera más o menos reflexiva y consciente. Se observan a veces en las narraciones en primera persona, especialmente, curiosas interferencias entre narradores supuestamente limitados en sus recursos expresivos puntuales y la eficaz elaboración global de su narración. Y es que por detrás del narrador de ficción siempre se encuentra el narrador real, el autor, que es quien administra la retórica del texto aunque pueda delegar parte de ella a un personaje de ficción.
• Función comunicativa: establecimiento de una orientación hacia el narratario (ver 3.2.3).
• Función testimonial: la que da cuenta de las relaciones entre narrador y acción (afectivas, morales, intelectuales, etc.).
• Función ideológica, cuando el narrador comenta directamente sobre la acción. Esta función también puede ser desempeñada por los personajes, investidos con mayor o autoridad por el narrador (y por el autor implícito, añadiríamos). La función ideológica habrá de interpretarse sobre el telón de fondo del contexto cultural original de la obra. Así podremos ver la medida en que la ideología del narrador se somete a la dominante en su época y clase, el sentido histórico que tiene el apoyo narratorial a determinados tipos de personaje, etc. (Lanser 215 ss). La ideología no es una característica de la individualidad del narrador o del autor: es elaborada por los grupos sociales a los que pertenecen o favorecen, y sólo emerge explícitamente en un acto de interpretación ulterior. Por tanto, la comunicación a este nivel debería analizarse en relación con el acto interpretativo que identifica la ideología. Debería además estudiarse macroestructuralmente, considerando a los narradores o autores (según las distintas convenciones discursivas que gobiernan su actuación) como portavoces de una comunicación entre grupos sociales. Críticos como Fernando Ferrara  han elaborado versiones estructurales de la teoría marxista de la literatura en esta línea.
    Estas tres últimas funciones son opcionales en el sentido de que algunos narradores las desempeñan deliberadamente y otros no.  Sin embargo, toda narración contiene inevitablemente de modo implícito una orientación hacia el narratario o hacia la acción, y una ideología. No podemos entrar aquí en el complicado problema de las relaciones entre literatura e ideología. Subrayemos solamente que, desde un punto de vista metacrítico, la ideología se define de manera relacional: no mediante el análisis textual únicamente, sino teniendo en cuenta la interacción entre el texto y la ideología del crítico. Esta cuestión tiene implicaciones narratológicas desde el momento en que un determinado enfoque crítico puede ver cómo una aparente divergencia entre la ideología del narrador y la del autor textual esconde en realidad presupuestos ideológicos comunes, con respecto a esta óptica crítica.



3.2.1.3.6. Ser
El ser del narrador, su identidad, puede ser definido desde muchos enfoques posibles. Es absurdo decir, como se hace a veces (Tacca 69) que el narrador no tiene identidad. Más bien diríamos que muchas figuras con distintas identidades pueden asumir el rol de narrador. Más adelante veremos al narrador como autor, como personaje, etc. Su identidad conlleva cierta visión del mundo, ciertas peculiaridades lingüísticas o ideológicas, ciertos atributos y capacidades, etc.  Lanser (166 ss) señala como rasgos más importantes de la personalidad de un narrador (al margen de su caracterización estrictamente narratológica) los datos que definen más generalemente a un sujeto: su sexo, profesión, nacionalidad, estado civil, preferencias sexuales, educación, raza, clase socioeconómica. Señala que el caso no marcado (en la narración occidental moderna, se entiende) es el narrador masculino, blanco, heterosexual, de clase media o alta: una figura vagamente reconstruída sobre la base de la (supuesta) personalidad media de los autores. Esta es la figura con la que esperará encontrarse el lector, a menos que haya algún signo que induzca a lo contrario, como por ejemplo el nombre de una autora en la portada. Con frecuencia algún aspecto de la identidad del narrador es la base para la motivación de diversas estrategias textuales, pero también es posible que el texto nos invite a pasar esta identidad por alto y atribuir a un narrador una narración que en buena lógica jamás podría haber venido de él (por ejemplo, en el caso de los animales narradores).
    Una curiosa paradoja de la narración literaria es que supuestamente es el narrador quien ha producido el texto, pero en realidad es el texto quien “produce” al narrador, que no existe al margen del valor referencial o indicial que nos proporcione el texto: según Ohmann, “textual personae are actually created by being assigned illocutionary and locutionary acts” (“Literature”; cf. Lanser 80). Existen múltiples convenciones que guían la reconstrucción de la persona del narrador, igual que han guiado su construcción por parte del autor. Pero esas convenciones pueden ser expuestas a la luz y desautomatizadas.  El autor puede jugar con las convenciones y ofrecernos narradores inesperados, inusuales. O puede dificultar las estrategias seguidas por el lector para dar coherencia al narrador. Es lo que sucede en Watt. Según Ohmann, las expresiones del narrador son paradójicas, su actitud ante la acción es equívoca:

As a consequence, it is difficult to fix the narrator, his values or his social background. his language seems to flow from an unimaginable co-presence of feelings and perceptions rather than from a coherent selfhood. (“Speech” 242)

Todo ello es expresión de una voluntad experimentadora que Beckett lleva más allá en las novelas posteriores a Watt. Beckett subvierte aquí las condiciones mismas de la comunicación literaria. “Our major device of order”, observa Culler, “is, of course, the notion of the person or speaking subject, and the process of reading is especially troubled when we cannot construct a subject who would serve as source of the poetic utterance”.  La reconstrucción del narrador, del enunciador inmediato, es un paso básico en la interpretación del texto literario. Es un problema de general de interpretación o uso del lenguaje, y es describible, como muchas otras de estas cuestiones, mediante el círculo hermenéutico que relaciona el todo textual y sus partes: la lectura de una parte  del texto nos lleva a presuponer un determinado narrador, y esa figura proyectada condiciona la lectura del resto del texto, que puede confirmar o modificar las hipótesis del lector; el proceso de caracterización del narrador es por tanto necesariamente una experiencia de hermenéutica temporal.



3.2.1.4. Niveles narrativos

Ya nos hemos referido a la noción de nivel narrativo, que deriva lógicamente de la noción más básica de nivel discursivo.  La distinción básica se remonta a Platón, cuya clasificación de los modos enunciativos hemos comentado con anterioridad (2.4.1.1 supra). Es la distinción entre enunciación simple y discurso directo o enunciación ajena insertada en la propia enunciación. En el caso de que la enunciación ajena insertada sea una narración, diremos que se ha creado un nuevo nivel narrativo.
    Genette define así la noción de nivel narrativo (niveau narratif o niveau diégétique): “tout événément raconté par un récit est à un niveau diégétique immédiatement supérieur à celui où se situe l’acte narratif producteur de ce récit” (“Discours” 238). El narrador ocupa el nivel extradiegético con respecto a su narración; el personaje ocupa el nivel diegético (o intradiegético). Una narración dentro de la narración principal será una narración intradiegética o un relato intradiegético (méta-récit en Genette, hypo-récit para Bal). El personaje protagonista de una narración intradiegética ocupa el nivel intradiegético en segundo grado .  El narrador de este relato ocupa, como hemos dicho, una posición extradiegética respecto del propio relato, pero su posición respecto del relato principal es intradiegética. Téngase en cuenta que estamos hablando del narrador sólo en tanto que narrador. En la narración homodiegética el yo-personaje es, por supuesto, intradiegético; pero el yo-narrador es extradiegético con relación a su narración: “[l]a narration et la réception du récit premier ayant lieu hors de la diégèse, le narrateur et le narrataire appartiennent au niveau narratif extradiégétique” (Lintvelt 210). Al margen de su posición en tanto que personaje, hablaremos del nivel del narrador en dos sentidos: uno, relativo, con respecto a su propia narración; otro, absoluto, con respecto a la narración principal.  Así, pues, cuando hablemos de narradores intradiegéticos siempre habremos de suponer un nivel exterior que engloba al relato de este narrador; siempre habrá un narrador extradiegético. En este sentido absoluto del término hay que prestar especial atención para no confundirlo con un problema de persona narrativa: el narrador extradiegético puede estar presente como personaje en la acción, puede ser tanto homodiegético como heterodiegético (3.2.1.7 infra; cf. Bronzwaer, “Implied author” 2).
    Tomando la dirección inversa, y adentrándonos en el relato, no encontramos límite alguno: siempre podemos insertar un nivel intradiegético en tercer grado, en cuarto grado, etc. Esto no es absoluto un rasgo propio de la novela moderna, pues los ejemplos más extremos de múltiples inserciones provienen frecuentemente de un género tan rancio como la novela-marco.  Otro subgénero que también presupone inserciones repetidas es que Frye denomina “cuddle fiction”: obras como The Turn of the Screw de James, donde la narración principal es una narración intradiegética narrada en una reunión de personajes intimista y rememorativa (Anatomy 202; cf. Tynianov, “De l’évolution littéraire” 117). Como observa Lanser (137) cada uno de los niveles comunicativos es potencialmente multiplicable. Pero añadiríamos que algunos, como el autor textual o el narrador extradiegético sólo se pueden multiplicar en dirección “horizontal”, paratácticamente. No hay problema en multiplicar los relatos intradiegéticos: aunque no tienen”la misma jerarquía lógica”, observa Martínez Bonati,” [t]ales narraciones tienen todas la misma naturaleza lógica” (64). El narrador extradiegético o el autor textual tienen, en cambio, una naturaleza lógica distinta uno de otro. Es decir: puede haber una obra con varios autores textuales o varios narradores extradiegéticos en distintas secciones de la obra, pero por definición no puede haber un narrador extradiegético cuya narración introduzca (en sentido “vertical”, o hipotácticamente) a otro narrador extradiegético.  En otros casos se trata en realidad de una simple cuestión terminológica: podríamos igualmente hablar de la irrepetibilidad del “editor extradiegético”, si fuese relevante distinguir esta figura frente a la multiplicación de posibles “editores intradiegéticos”. En pura lógica, los niveles discursivos intradiegéticos son multiplicables hasta el infinito.  Esta multiplicación jerárquica no afecta grandemente al relato que sirve de marco, a no ser que la multiplicación de niveles desborde la memoria del lector y produzca incoherencias y cruces entre ellos: si se prolonga demasiado una narración intradiegética, el lector tiende a olvidar la existencia del nivel extradiegético que la introdujo. Como observa Pratt, “the limits on embedding are pragmatic rather than logical” (211). Lo mismo sucede, en general, con cualquier complicación de la estructura narrativa.
    Algunas teorías (cf. por ejemplo Lanser 137) establecen una diferenciación entre public narrator y private narrator: el primero, aun pudiendo ser totalmente ficticio, se dirige al público en general (sería el caso de Robinson Crusoe); la narración del segundo va dirigida hacia otro personaje ficticio, más bien que hacia un equivalente textual del público (así el narrador de L’Immoraliste de Gide). Para nosotros no se trata de niveles diferentes, como parece indicar el cuadro de Lanser (144). En cada texto suele haber un narrador (público o privado) sin que sea necesario distinguirlos como dos niveles coexistentes. A menos, claro, que en el caso de textos con un private narrator aparezca algún tipo de editor ficticio que haya transformado el documento privado en una obra literaria. En cualquier caso, se trata para nosotros de un artificio más de motivación del texto narrativo (3.2.2.1 infra). Aún se podrían establecer ulteriores diferencias: ¿es como obra literaria como se nos presenta la narración del narrador público, o cambia su sentido radicalmente al leerla como literatura, a pesar de tener un destinatario colectivo?
    Es crucial no confundir los niveles narrativos con los niveles de ficcionalidad, lo que hemos llamado status  narrativo (3.1.4.2; 3.1.5.4 supra). En este sentido, podríamos distinguir los relatos intradiegéticos homodiegéticos de los relatos intradiegéticos heterodiegéticos en mayor o menor medida, o ficticios en un segundo grado (cf. Lozano, Peña-Marín y Abril, 141). Como observa Lanser (137), convendría ampliar la noción de nivel, no restringiéndola a la inserción narrativa, para dar cabida a fenómenos como los editores ficticios, etc., que se constituirían en un primer nivel más básico que el del narrador. El escalonamiento de los niveles enunciativos (y no exclusivamente narrativos) iría así desde el autor hacia los narradores intradiegéticos, pasando por el autor textual, los posibles editores ficticios, y el narrador extradiegético. No toda inserción relevante en un texto narrativo tiene por qué ser una inserción narrativa. Es decir: podemos considerar útil una distinción de diferentes niveles dentro de un texto según criterios ajenos a la inserción discursiva. Se trataría de inserciones semióticas o psicológicas. Fenómenos de inserción semiótica comparables, pero de carácter no lingüístico, se han descrito en relación con otras artes narrativas, como el cine o la pintura (cf. Bal, “Laughing Mice” 203 ss; Cervellini 52). Estos fenómenos también afectan a la estructura del discurso.
    Entendemos que hay una inserción semiótica cuando en el texto narrativo se menciona un objeto semiótico que codifica un mundo posible (real o ficticio) que puede coincidir o no con el mundo codificado por el texto narrativo que le sirve de base. Es decir: tampoco hay que confundir estas diferencias de nivel semiológico con diferencias ontológicas de status, aunque el proceso mismo de codificación semiótica sí supone de por sí una diferencia ontológica propia. Los niveles de actividad psíquica provienen del contraste entre el nivel narrativo de base y los mundos posibles originados en el pensamiento o, más ampliamente, las concepciones de los personajes. En este sentido, los cambios de nivel narrativo distinguidos por Genette y a los cuales nos hemos referido en primer lugar no son sino un tipo particular de estos cambios de nivel semiótico. Los cambios de nivel de focalización de Bal serían otro tipo.  Los pensamientos, los sueños de los personajes pueden dar lugar a otros tantos mundos posibles que dejan huellas relevantes en la coherencia del texto. Van Dijk habla del “predicado ‘creador de mundos’ pensar” (Texto 160) y observa que “verbs like to say, to present, to think, to dream, to hope, to predict, etc. may have embedded textoids in which temporal indication and semantic structure are incompatible with related textoids not dominated by those verbs” (Text Grammars 304). La ruptura de cualquiera de estos tipos de nivel provoca una figura narrativa cuya naturaleza habrá que especificar.
    Se ha criticado frecuentemente a la narratología por su tendencia al formalismo, y a definir conceptos a un nivel ideal y un tanto metafísico. La narratología estructural sería un caso extremo de “logocentrismo” que privilegia las nociones de centro y límite. En cuanto al tema que nos ocupa, para Andrew Gibson, “the idea of narrative levels is an excellent example of the narratological imaginary as [I have] sought to call it in question. It might even be thought of as its apotheosis. The geometry of levels has a comforting clarity and simplicity. With narrative levels, you know where you are”, etc.  No sería difícil mostrar la manera en que el estudio de Gibson, como sucede inevitablemente con la desconstrucción, presupone los conceptos que luego procede a desmantelar. Y no puede ser de otra manera. Utilizando la analogía de los colores: el hecho de que la narratología descomponga el verde en azul y amarillo no quiere decir que niegue la existencia del verde, o los usos simbólicos del verde, etc. Así pues, para describir adecuadamente la oscilación entre lo real y lo ficticio en un determinado texto, debemos poseer una diferenciación conceptual entre ambos; esto no implica que todo fenómeno se haya de reducir a un solo rasgo conceptual. Los análisis de Gibson son relevantes a otro nivel de análisis del relato, una narratología aplicada que necesariamente presupone y a la vez problematiza las categorías básicas que aquí describimos. Como señala el propio Gibson sobre el trabajo de la escritura sobre las formas discursivas recibidas, “form (...) becomes merely a provisional container to be exploded repeatedly by force. Force is made most perceptible precisely in its deformations of form” (58). Invirtiendo los términos, podríamos decir que sólo conociendo qué formas son deformadas podemos saber qué fuerza se está aplicando.


3.2.1.5. Los relatos intradiegéticos

El relato intradiegético es una variante particular de la narración de palabras, más concretamente del discurso directo. No es un fenómeno único en su género, sino un caso particular de la inserción que puede efectuarse de cualquier tipo de discurso, incluidos otros géneros literarios o documentos escritos (poemas, cartas, noticias, etc; cf. Volek 118).
    El relato intradiegético puede ser ficticio o no ficticio: es decir, puede pertenecer al mismo mundo narrado (ficticio o no) de la acción principal o hallarse un (segundo) grado de ficción más allá. Si es un relato ficticio, y uno de los personajes es su autor, asistimos a un desdoblamiento de la estructura pragmática que hemos descrito anteriormente (3.1.4.2 supra; cf. 3.2.1.10 infra). Una segunda estructura se superpone a la del relato principal. Así, en la novela de Doris Lessing The Golden Notebook Anna Wulf es la autora (y narradora heterodiegética) de la historia de Ella en “The Yellow Notebook”. En Malone meurt Malone es el autor de la historia de Macmann, y ve peligrar su posición de narrador extradiegético a medida que el personaje se le va pareciendo más y más. Si ninguno de los personajes es el autor podemos tener un caso como el de la novela de El curioso impertinente en el Quijote, en este caso con la complicación adicional de que Cervantes es a la vez el autor del relato que contiene la historia “real” y del relato intradiegético ficticio. En general, será aplicable a los relatos intradiegéticos todo lo que hemos venido diciendo sobre el relato principal, aunque la finalidad narrativa a la que están dirigidos hará que ciertas categorías de análisis sean muy poco productivas en este segundo nivel.
    Perteneciendo al mismo mundo narrado, la acción del relato intradiegético puede pertenecer o no a la acción del relato principal. Puede ser una anécdota contada como real pero con personajes distintos a los de la acción principal. Es lo que sucede en la narración de Cardenio en el Quijote, o con las narraciones del Heptaméron de Margarita de Navarra. Puede también referirse a la misma acción y ser el equivalente de la narración del mensajero en la tragedia griega: así, por ejemplo, el relato del posadero hacia el final de Jane Eyre. O puede tener un carácter retrospectivo, rememorativo, como la narración de Nelly Dean en Wuthering Heights.  La importancia y el papel de los relatos intradiegéticos en relación al conjunto del discurso puede ser muy variable. En Malone meurt se utiliza como un artificio reflexivo sobre la propia creación, y el proceso de su escritura es parte del argumento. Pero pensemos en el variado papel que juegan en obras como el Decamerón, El conde Lucanor o The Canterbury Tales por un lado, o The Woman in White de Wilkie Collins, Bleak House de Dickens, Ulysses, The Golden Notebook.... los ejemplos son tan numerosos como relatos hay en el mundo. Aquí podemos hacer poco más que mencionar esa variedad, definible mediante la utilización conjunta de las categorías que venimos aislando. Genette (“Discours” 241 ss; Nouveau discours 62-63) propone un mínimo esquema para clasificar los principales tipos de funciones del relato intradiegético:
• El primer tipo requiere un nexo causal entre el relato y el relato intradiegético (es decir, que ambos pertenezcan a la misma acción). La función del relato intradiegético será explicativa (cf. 2.2.1; supra). Para ello es preciso que el relato intradiegético sea homodiegético, es decir, debe haber personajes comunes y acciones conectadas entre ambos.
• En el caso de una prolepsis metadiegética, la función es predictiva. Por ejemplo, es el caso del segundo mensaje que Youdi dirige a Moran en Molloy .
• La relación entre relato intradiegético y relato principal puede también ser temática. No hay relaciones de causalidad entre las acciones, sólo de contraste o analogía. Los casos más espectaculares y representativos de paralelismo temático son las distintas variedades de reduplicación interna, mise en abyme o “texto espejo” (Bal 1985: 151): ya no es sólo el acto narrativo el que se duplica, sino otros elementos temáticos o estructurales: el desenlace, el conflicto central... La reduplicación puede variar entre la mera analogía o relación figurativa hasta la ruptura de marco e incluso la inserción paradójica del relato en sí mismo.  “Toda parte de la obra puede ser considerada como isomorfa en la obra entera” —en este principio simbolista se basa la reduplicación interna de la narrativa experimental moderna.
• La relación temática puede no cumplir una función puramente estética, sino persuasiva; pensemos en El conde Lucanor.
• En otros casos, las acciones no mantienen relaciones de ningún tipo: es el acto de narración del relato intradiegético lo que es significativo, cumpliendo una función obstructiva en la historia. El ejemplo de Genette es Las mil y una noches. La función también puede ser distractiva, como en el Decamerón (estas dos últimas funciones ya son distinguidas por Shklovski, “Construction” 189). Y, por supuesto, el valor obstructivo o distractivo de la narración puede simultanearse con otros valores: para Malone (en Malone meurt) su narración es un juego, una distracción, pero a la vez es una analogía temática de su propia situación (y de la de su autor), y quizá una retrospección una vida pasada.


3.2.1.6. Rupturas de marco

La transición de un nivel narrativo a otro está mediada por un acto narrativo que delimita la frontera de cada relato. Es bin conocido el efecto sorpresivo que causa la interferencia entre niveles narrativos, cuando, por ejemplo, personajes de un relato secundario se mezclan repentinamente con personajes del nivel principal. Estas interferencias resultan fantásticas o humorísticas: son, en sus casos extremos, lógicamente transgresivas. 
    Genette denomina metalepsis (métalepse) a la transición ilegítima de un nivel narrativo a otro. El uso de este término es confuso, pues éste no es el significado tradicional que tiene en la retórica, y deriva de una definición poco sistemática de Fontanier. Para Fontanier, la meta¬lepsis consistiría en “substituer l’expression indirecte à l’expression directe, c’est-à-dire, . . . faire entendre une chose par une autre, qui la précède, la suit ou l’accompagne, en est un adjoint, une circonstance quelconque, ou enfin s’y rattache ou s’y rapporte de manière à la rappeler aus¬sitôt à l’esprit” (Fontanier 1977: 127-28). Fontanier incluye como una va¬riante, de manera a nuestro parecer totalemente arbitraria, el tipo de ruptura de marco narrativo discutido por Genette. Arguye Fontanier que “On peut rap¬porter à la métalepse le tour par lequel un poëte, un écrivain, est représenté ou se représente comme pro¬duisant lui-même ce qu’il ne fait, au fond, que ra¬conter ou décrire” (1977: 128); y añade como otra variante más la del poeta dirigiéndose directamente al objeto poético para darle órdenes y así describirlo. Se ve que la definición de este tropo se va alejando absurdamente de sus defi¬niciones clásicas, centradas en la indirección. Hay un elemento de indirección en todas las variantes clásicas del término, pero las rupturas de marco no son relacionadas con la metalepsis por otros teóricos de la retórica.  Fontanier parece ser la única fuente de las supuestas metalepsis “transgresivas” de Genette. Y en los ejemplos relativos a la acción/verbalización del poeta asimilados por Fontanier a la metalepsis no es la indirección la causa del efecto sorpresivo o chocante. Este viene dado por un ejemplo ajeno a la definición que da Fontanier: la transgresión de las fronteras entre los niveles narrativos u ontológicos. Conviene, pues, evitar extender el nombre de metalepsis al tipo de figura narrativa que estamos comentando. Se trata empero de una figura (o grupo de figuras) importante. Definiremos aquí diversos tipos de rupturas de marco. Este término nos permitirá además ampliar la definición demasiado limitada de Genette, para incluir rupturas de marcos no sólo narrativos o enunciativos, sino más generalmente semióticos.
    Como señala Genette, la figura es corriente en sus versiones más moderadas; así algunas ruturas de marco temporales” jouent sur la double temporalité de l’histoire et de la narration (..) comme si la narration était contemporaine de l’histoire et devait meubler ses temps morts” (244). Otras veces la ruptura de marco proporciona la situación central de la acción, como en algunas obras de Pirandello (Genette 245). Y también existen relatos que hacen de ella un uso sistemático, tanto narrativo como temático; así Jacques le Fataliste, de Diderot, o Fragmentos de Apocalipsis, de Torrente Ballester.  La ruptura de marco puede ser también sólo aparente: así , un personaje intradiegético puede aparecer luego como por casualidad en el relato marco sin que haya consistencia lógica real, sino sólo más o menos aparente, según el status ficticio que se otorgue al relato inserto.
    Esto nos lleva al problema de los tipos de marco y de fronteras entre ellos. Genette limita indebidamente la ruptura de marco-”métalepse” a la transgresión de nivel narrativo. Ya hemos señalado que hay varios posibles tipos de relato intradiegético. En cada uno de ellos la ruptura de marco narra¬tivo tiene implicaciones distintas. La diferencia entre relatos intradiegéticos homodiegéticos y heterodiegéticos establecida por Genette (Figures II 202) no re¬cubre la diferencia de status ontológico: puede no haber interferencia ni co¬nexión entre la acción de dos relatos (en el mismo nivel narrativo o en niveles distintos) sin que por ello uno sea ficticio con respecto al otro. Así pues, hay que cuidar de distinguir el nivel narrativo (statut narratif en Genette) del status ontológico; como hemos dicho antes, aquí reservaremos el nombre de status para la diferencia entre fic¬ción y realidad. 
    Una variante señalada por Genette es el relato pseudo-diegético (pseudo-diégétique), en el que se pasa por alto un nivel entero de discursivización: es el fenómeno que se da en el Teeteto de Platón, cuando el relato del diálogo socrático deja de ser tal relato, pasando el diálogo a primer plano y desapareciendo el nivel narrativo que lo introducía (Genette 246).
    De hecho, podemos distinguir un tipo de ruptura de marco que no tiene que ver con la ruptura de niveles narrativos, y sí con la transgresión de la frontera entre mundos reales y posibles: un ejemplo lo vemos en el cuento de Yourcenar “Comment Wang-Fô fut sauvé”, en el que un pintor escapa a la muerte huyendo a través de uno de sus cuadros. El mismo tema aparece ate¬nuado o amagado en la autobiografía de Nabokov Speak, Memory, donde el autor sólo imagina que entra en un cuadro. No hay en estos ejemplos ruptura de nivel narrativo, pero sí una ruptura de marco ontológico/semiótico.  Hay una transgre¬sión de un nivel semiológico, el nivel de los signos pictóricos nombrados, que se identifica repentinamente al mundo de referencia efectivo del texto que leemos. La transgresión de un mundo real a un mundo ficticio sería sólo un tipo de transgresión ontológica. En efecto, no puede haber mundo ficticio, ni siquiera en un segundo nivel de significación, sin una je¬rarquía ontológica y una base semiótica que lo sustente. Pero no toda trans¬gresión ontológica su¬pone un paso de la realidad a la ficción. Una fotografía representa nuestro mundo real, pero no por ello podemos introducirnos dentro de ella. Y toda fron¬tera significada es una frontera virtual, cuya entidad puede tanto res¬petarse como anularse poniendo de manifiesto su cualidad de signo. Con esta ambigüedad juega la épica clásica al introdu¬cir la écfrasis, o descripción de una representación plástica que es animada de modo ambiguo o imposible por el movimiento de la narra¬ción (por ejemplo, el es¬cudo de Aquiles en la Ilíada).
    En suma, parece adecuado extender el concepto de ruptura de marco a una transgresión más general entre niveles reales y niveles significados (sea cual sea el código significante). Así serían también ejemplos de ruptura de marco el salto a través de la pantalla cinematográfica en La rosa púrpura del Cairo de Woody Allen o las manos de Escher que se dibujan recíprocamente. Los diversos tipos de ruptura de marco podrían clasificarse formalmente, se¬gún la jerarquía, naturaleza y estructuración de los códigos semiológicos transgredidos, y ontológicamente, según el status real o ficticio de los mundos así comuni¬cados. Por supuesto, son muy frecuentes los casos en los que se presentan simultáneamente los dos tipos de ruptura de nivel: el narrativo y el de ficcionalidad. Es lo que sucede cuando en el monólogo final de Ulysses Molly Bloom exclama Jamesy  en lugar de God . Jamesy es el autor textual, en el cual se juntan papeles narrativos y creativos.
   


3.2.1.7. Persona

Ya hemos mencionado la posibilidad de trazar una analogía entre este aspecto de nuestro estudio y la categoría gramatical de la persona del verbo. A nivel gramatical, “la première personne signale l’identité d’un des protagonistes du procès de l’énoncé avec l’agent du procès de l’énonciation, et la seconde personne son identité avec le patient actuel ou potentiel du procès de l’énonciation” (Jakobson, “Embrayeurs” 182). Siguiendo un rígido criterio gramatical, se ha propuesto frecuentemente una clasificación de las narraciones en base a la persona pronominal: podríamos hablar de relatos en primera persona y relatos en tercera persona, e incluso (más raramente) de relatos en segunda persona.  Pero como ya hemos visto al hablar de tiempo verbal y temporalidad narrativa, deberíamos desconfiar de transposiciones directas entre el sistema gramatical y la estructura dicursiva. No hay relación necesaria entre la persona gramatical y la persona narrativa (cf. Lintvelt 56, 80), como no la hay entre tiempo verbal y temporalidad narrativa. Tras la aparente sencillez de la clasificación según la persona gramatical se esconde una variedad de criterios y una ambigüedad en cuanto a algo tan decisivo como el referente de ese pronombre. Al hablar de narración en primera persona, se da por supuesto que el referente es el narrador; al hablar de narración en tercera persona, el personaje. Bajo un concepto aparentemente sencillo se esconden varios criterios de clasificación. Cada uno de ellos es básico para caracterizar una narración; sólo la confusión existente en torno al tema podría justificar que Booth (Rhetoric 150 ss) quite importancia al criterio de la persona narrativa.
    La definición más literal de relato en primera persona sería “aquel relato en el que el narrador hace uso de la primera persona para referirse a sí mismo”. En ello no se diferenciaría el narrador de cualquier otro enunciador, pues todo enunciador utiliza la primera persona para referirse a sí mismo. Según Prince, “we can say that the narrator is a first person, the narratee a second person and the being and object narrated about a third person” (Narratology 7). En este sentido no podríamos hablar de relatos en segunda persona o en tercera persona salvo en aquellos casos en los cuales, guiado por alguna extraña estrategia retórica, el narrador se refiriese a sí mismo en segunda o en tercera persona. Ni siquiera obras como La modification de Butor, Esmond de Thackeray, De bello gallico de César o la Anábasis de Jenofonte parecen ajustarse estrictamente a esta definición. Podemos decir que según esta definición, todos los relatos están escritos en primera persona. Para Genette es así en el sentido de que el narrador siempre puede aludir a sí mismo.  Siempre hay un hablante (o escribiente, o pensante) en el nivel del discurso (cf. 3.2.1.2 supra).
    La observación no es tan perogrullesca como parece: ya hemos mencionado la noción de récit historique propuesta por Benveniste (“Relations” 239): un estilo narrativo en el que se evita (en la medida de lo posible) toda referencia a la situación enunciativa. El narrador no hace referencia a sí mismo en primera persona porque no hace referencia a sí mismo en absoluto. Este tipo de narración sería un derivado, una especie de técnica retórica de distanciamiento. Como señala Greimas,

podemos decir que la estructura económica de la enunciación en la medida en que se puede identificar con la comunicación de un objeto enunciado entre un remitente y un destinatario es lógicamente anterior y jerárquicamente superior a la estructura del enunciado simple. De esto se deduce que los enunciados lingüísticos del tipo “yo-tú” dan la impresión de estar más cerca del sujeto no lingüístico de la enunciación y producen una “ilusión de realidad” más intensa. (“Hacia una teoría del discurso poético” 28-29)

Nuestra segunda acepción de “relato en primera persona” sería, por tanto, la ya mencionada “enunciación discursiva” de Benveniste. El narrador que utiliza la primera persona reconoce en cierto modo que está haciendo una narración, establece un “contacto declarado” con el narratario. Por ello, es útil determinar un eje de posibles actitudes del narrador a este respecto, que van desde la continua referencia a su persona hasta su desaparición total como referente pronominal. Es lo que Lanser (174) denomina el axis of directness en su tipología de voces y perspectivas narrativas; Booth ya había distinguido (con bastante más ambigüedad) los narradores dramatizados de los no dramatizados (dramatized / undramatized narrators; Rhetoric 151 ss).
    Para Scherer y para Friedemann,  el narrador siempre está virtualmente presente en su narración, y no tiene sentido denunciar (como hacían James o Spielhagen) las “intrusiones del autor” o su). Toda narración, por el hecho de serlo, nos remite constantemente de modo implícito a un mediador entre nosotros y el mundo representado; todo el material narrativo expresa a su narrador. Es lo que define a la narración frente a la representación o presentación (Darstellung) dramática.
    Hemos visto que en cierto sentido todo relato está “en primera persona”. Pero, podemos replicar, puede formar parte de la estrategia del hablante no aludir a sí mismo; como hemos dicho antes, no sólo se ha de juzgar al narrador por lo que puede hacer, sino también por lo que hace efectivamente . Cuando el James de The Ambassadors se descuida y deja escapar un “I”, la intrusión es mucho más violenta que cualquiera imaginada por Trollope. Por supuesto, no es el uso de la primera persona del singular el único rasgo que hace más vívida la presencia del narrador: los pronombres de primera persona del plural, los pronombres de segunda persona, las referencias explícitas a su personalidad, el conocimiento que manifieste de acontecimientos distintos de la acción narrada… todo contribuye a personalizar o despersonalizar su imagen (cf. Prince, Narratology 9; 3.2.1.3 supra).
    La definición de “relato en primera persona” como sinónimo de la énonciation discoursive de Benveniste no responde, sin embargo, al uso que se ha hecho de este término y de su correlato “relato en tercera persona”. Genette señala la vaguedad de ambos términos, y el sentido real que se pretende darles:

Le choix du romancier n’est pas entre deux formes grammaticales, mais entre deux attitudes narratives (dont les formes grammaticales ne sont qu’une conséquence mécanique): faire raconter l’histoire par l’un de ses “personnages” ou par un narrateur étranger à cette histoire. (“Discours” 252)

La primera persona gramatical es en sí ambigua: puede referirse al narrador en tanto que narrador, lo cual no implicaría su presencia dentro de la acción, o puede señalar una identidad narrador-personaje, una narración hecha por uno de los actores en el nivel de la acción. Esta es la “primera persona” en el sentido corriente,  sentido que se veía complicado por la existencia de narradores como el Fielding de Tom Jones, narradores “en tercera persona”, ausentes de la acción, y que sin embargo aluden constantemente a sí mismos. Como bien ve Friedemann (36), la distinción clásica entre relatos en primera persona y relatos en tercera persona debe definirse no en relación a la persona gramatical más frecuente, sino atendiendo a la identidad o no identidad del narrador con uno de los personajes de la acción. Lo mismo señala Genette, subrayando la diferencia con su terminología:

On distinguera donc ici deux types de récits: l’un à narrateur absent de l’histoire qu’il raconte (...), l’autre à narrateur présent comme personnage dans l’histoire qu’il raconte (...). Je nomme le premier type, pour des raisons évidentes, hétérodiégétique, et le second homodiégétique (252).

Stanzel (Theory 90 ss) observa que sólo el grado de presencia física, corporal, del narrador en el mundo de la acción, determina la persona narrativa. En la ausencia de acciones o referencias explícitas del narrador en este sentido, su situación respecto de la acción puede ser averiguada a partir del uso de los deícticos. Pero no olvidemos que éstos pueden obedecer a centros de orientación puramente conceptuales con una libertad que a veces se infravalora. 
    A esta misma distinción de persona parece referirse Booth cuando opone los “observadores” a los “agentes narradores” (Rhetoric 154-155), aunque deberemos tener en cuenta su enormemente inclusivo concepto de “narrador”, que incluye a los personajes focalizadores. Como observa Booth, la intervención en la acción del agente narrador puede ser más o menos decisiva. Diremos con Genette (“Discours” 253) que un narrador homodiegético es autodiegético si es el protagonista de la acción en la cual aparece.

Pour qu’un récit soit homodiégétique, il suffit qu’ ego y figure comme personnage. Qu’il y figure seul, ce serait la forme absolue de l’autodiégétique. (Nouveau discours 93)

Es ésta la situación narrativa que Beckett ensaya en L’Innommable, llevando a la paradoja de que así proliferan las pseudo-identidades provisionales para el narrador. En modalidades más habituales, el narrador homodiegético puede ser un personaje importante, como en Heart of Darkness de Conrad, un personaje secundario, como en The Great Gatsby de Fitzgerald, o un simple observador, como en La de Bringas de Galdós; cada una de estas situaciones motivará (o bien pondrá en evidencia) distintas perspectivas narrativas.  De todos modos, la frontera entre la narración homodiegética y la heterodiegética no es tajante, sino borrosa (cf. Genette, Nouveau discours 55). Es útil la propuesta de Lanser (159) de ver en la narración heterodiegética y en la autodiegética dos polos extremos con muchas gradaciones posibles entre ellos.
    La situación enunciativa de un narrador puede así determinarse en relación a dos criterios: el del nivel narrativo, que definirá a los narradores extradiegéticos, intradiegéticos, intra-intradiegéticos, etc., y el de la persona narrativa (en nuestra tercera acepción), que define narradores homodiegéticos (autodiegéticos o testigos) y heterodiegéticos (Genette, “Discours” 255 ss). Hay que recalcar que ninguno de estos criterios es de por sí la clave para todas las diferencias de voz: por ejemplo, un narrador ficticio homodiegético puede encontrarse en el mismo nivel narrativo que un narrador heterodiegético no ficticio (Bal, Narratologie 31). Recordemos además que estos criterios no tienen por finalidad atender a la coincidencia o no coincidencia entre narrador y autor textual (un problema de estructuración ideológica) ni al status ficticio o real del narrador respecto del autor (pues nos venimos refiriendo al status de la narración respecto del narrador). Así, los narradores de la Autobiography de Trollope y de Great Expectations de Dickens son muy distintos en su caracterización estructural global, pero ambos son narradores factuales (no fabuladores), autodiegéticos y extradiegéticos.
    La situación enunciativa de un narrador no siempre es claramente determinable: pueden darse variaciones a lo largo de un relato como la que se da en Madame Bovary, donde el narrador comienza siendo extradiegético y homodiegético, para convertirse seguidamente en extradiegético y heterodiegético ; también puede darse una ambigüedad generalizada, como en algunas novelas de Robbe-Grillet.
    Normalmente la narración homodiegética se utiliza de modo realista, respetando su motivación autobiográfica, epistolar, etc.; es decir, se mantiene dentro de los límites de la credibilidad o al menos no los rompe abiertamente.  Este tipo de narración está más condicionado de entrada que la narración heterodiegética:

la narration homodiégétique, par nature ou convention (en l’occurrence c’est tout un), simule l’autobiographie bien plus étroitement que la narration hétérodiégétique ne simule ordinairement le récit historique. En fiction, le narrateur hétérodiégétique n’est pas comptable de son information, l’omniscience fait partie de son contrat. (Genette, Nouveau discours 52)

    La elección de persona narrativa no es, por tanto, indiferente al contenido de la narración. No son raros los casos de escritores que han comenzado a escribir un relato en primera persona para después pasar a la tercera, o al revés. Si Kafka reescribió en tercera persona su manuscrito de Das Schloss, Rushdie reescribió en primera persona el borrador en tercera persona de Midnight’s Children. Estas revisiones suelen entrañar una profunda transformación del contenido narrativo.  Pero el discurso narrativo es infinitamente manipulable, y puede perfectamente darse una transposición directa entre personas narrativas; incluso se puede dar lugar de esta manera a efectos modales inusitados. Son concebibles así modos narrativos poco “naturales” (y altamente artísticos): por ejemplo, un relato en el que sólo se nos presenten focalizados perceptibles (“visión desde afuera”) que sin embargo sea narrado en primera persona; es el caso de L’Étranger.  Podemos también tener varios tipos de interferencias o incoherencias entre la omnisciencia autorial y la perspectiva limitada del narrador homodiegético.  La literatura no se ha cansado de explorar el terreno que media entre la primera y la tercera persona, mostrando que su extensión no se agota, sino que crece a medida que se penetra en él.

The opposition between first and third person narration and the underlying opposition of the identity and non-identity of the realms of existence of the narrator and the fictional characters is still an area of immediate interest for contemporary authors.

     Beckett no es el menos llamativo de estos autores: otros son Grass, Frisch, Brooke-Rose, Torrente Ballester, etc.  La literatura fantástica abre nuevas posibilidades que con frecuencia no son previstas en las tipologías (cf. por ejemplo las limitaciones impuestas por Lintvelt (79 ss) a la narración homodiegética. La mayoría de ellas sólo tienen justificación en la literatura realista). Por ejemplo, nada impide que los narradores de Malone meurt o Pincher Martin nos narren su propia muerte; Wells llega a “matar” a su lector implícito en The Man Who Worked Miracles (Bronzwaer, “Implied Author” 8). Y en una novela sobre la telepatía como Dying Inside de Robert Silverberg se problematiza quién es el “yo” responsable del pensamiento compartido por dos mentes. Todo tipo de combinación entre voz y perspectiva es posible en principio (Genette, Nouveau discours 85 ss), aunque siempre habrá que distinguir entre lo común y lo excepcional. Todo es posible, pero no todo es probable, especialmente en la narración natural. La necesidad de esta distinción es especialmente evidente en el estudio diacrónico de la evolución de las técnicas narrativas (Nouveau discours 89). Este es quizá el mejor argumento para el estudio tipológico tradicional de las “situaciones narrativas”, en el que se combinan voz y perspectiva, un enfoque sintético (Nouveau discours 78), frente al analítico por el que hemos venido exponiendo.  En los puntos siguientes, adoptaremos una perspectiva tipológica / sintética como modo de acercamiento a algunas de las situaciones narrativas más características.
   


3.2.1.8. El narrador autodiegético

En la narración homodiegética, la distancia entre narrador y personaje no desaparece, si bien su sentido se modifica al ser los dos fases distintas de una identidad. Narrador y personaje son un mismo sujeto, escindido en dos roles: el yo narrado y el yo narrador, lo que Spitzer llamaba erlebendes Ich y erzählendes Ich .  Se percibe aquí claramente que hablar de la “identidad” de un sujeto no es suficiente, y que debemos situar estructuralmente la posición y actuación del sujeto.
    Según Stanzel, en cada una de sus situaciones narrativas básicas (1ª persona, autorial, actorial) domina una determinada categoría de mediación: la voz, la perspectiva y el modo, respectivamente (Theory 5). A nuestro parecer “dominar” es vago: lo que sí parece darse es una motivación de distinto alcance en cada situación: en una novela en primera persona se motiva la narración (y subordinada a ella, la perspectiva); en una narración heterodiegética focalizada actorialmente, solamente la perspectiva. Esta motivación de la perspectiva no es, por supuesto, la misma en la narracion homodiegética y la heterodiegética. La focalización está en el primer caso ligada a un personaje y un cuerpo físico; esto impone sobre la focalización constricciones que no pueden ignorarse a la ligera (cf. Stanzel 93).
    La narración homodiegética, y en particular la autodiegética, presenta otras peculiaridades. Ya hemos señalado antes que en este caso el discurso narrativo resulta ser un acontecimiento de la acción. Es ésta una peculiaridad que puede ignorarse o explotarse. El yo narrador está señalado no solamente por las referencias al presente de la narración, sino por la totalidad de la narración en tanto que indicio: el estilo de la narración homodiegética tiene la peculiaridad de remitir a la acción de esta doble manera (cf. Starobinski 286). La autobiografía o libro de memorias es la forma de narración homodiegética por excelencia. Su tema es el propio yo y sus experiencias. De hecho, la narración homodiegética novelesca deriva de las memorias auténticas, tanto lógica como históricamente (cf. Watson 16 ss). Memorias normalmente publicadas póstumamente: de ahí lo que Watson llama la convención del “viejo arcón de roble” en el que un editor encuentra la narración que se nos ofrece, con la conveniente explicación en un prólogo. Por tanto, el narrador es un “narrador privado”; es el editor quien se encuentra en el auténtico nivel extradiegético. Esta tradición se presta a infinitas variantes, y parodias. Véanse los casos de prólogo auténticamente engañoso, como el de algunas obras de Defoe,  doble prólogo, con doble función, en casos como The Unfortunate Traveller,  las alusiones fosilizadas a la vieja convención en algunas novelas del XIX (Watson 19), la resurrección de aquélla en el prólogo lleno de ironía y ambigüedad de El nombre de la rosa, etc. Un buen estudio de este tipo de fenómenos se encontrará en La Figure de l’auteur de Couturier.
    El estilo de la autobiografía es especialmente revelador: “to the explicit self-reference of the narration itself the style adds the implicit self-referential value of a particular mode of speaking” (Starobinski 285). Ya hemos mencionado la distinción de Spitzer entre erzählendes Ich y erlebendes Ich. Una separación semejante no es en absoluto privativa de la narración homodiegética: se encuentra implícita en fenómenos lingüísticos mucho más básicos, como la primera persona gramatical (cf. Jakobson, “Embrayeurs”) o las tomas de postura del enunciador tal como son definidas por Ducrot . 
     En principio, el yo narrador está separado del yo personaje por una distancia temporal, la que media entre los hechos de la acción que se narran y el acto narrativo. Esta distancia temporal puede conllevar una diferencia de carácter. La competencia de uno y otro puede ser variable (cf. 3.2.1.3 supra). Genette observa que normalmente se hallan separados por una diferencia de edad que permite al narrador tratar con superioridad y condescendencia al inexperto personaje. Starobinski señala una constante de la autobiogradía confesional: el narrador ya no es el mismo que el personaje, pero asume la responsabilidad por las acciones pasadas (290 ss). Es conocido el virtuosismo que Dickens introdujo en el tratamiento de esta diferencia entre narrador y personaje en novelas como David Copperfield o Great Expectations (Watson 19 ss). Este progreso psicológico puede asumir matices muy distintos: pensemos, por ejemplo, en las Confessions de Rousseau tal como las describe Starobinski: “the past (...) is at once the object of nostalgia and the object of irony; the present is at once a state of (moral) degradation and (intellectual) superiority” (293). Starobinski encuentra en Rousseau una alarma ante la vaciedad deíctica del pronombre “yo”, sujeto de la autobiografía, y un intento de sustancializarlo mediante la ficción:

the autobiographical “I”, the auto- in autobiography, is the exorcising substitute for the linguistic tautology that “I” is the one who says “I”. It tries to exorcise the tautology, to divert it, to substantivize and deformalize it. This is a process of “de-shifterizing” the shifter. How? By filling this “I” who says “I” with an image. (295-296)

No hay frontera clara entre autobiografía y novela; el autobiógrafo no sólo recuerda su pasado, sino que lo inventa.  Utiliza hacia sí mismo la misma comprensión imaginativa que utilizamos para acceder a la conciencia de los demás a partir de su comportamiento externo y atribuir una intencionalidad a sus acciones. Se ha señalado con frecuencia este impulso ficcionalizador de la autobiografía, esta tendencia a buscar un patrón coherente en la propia vida, una sustancialidad en una personalidad en última instancia disgregada. El caso memorable de las Confessions de Rousseau puede compararse con otro relato límite, la empresa de Beckett en The Unnamable. Tanto uno como otro desarrollan ciertas tendencias inherentes al género autobiográfico. Starobinski señala la gama posible de objetivación de la autobiografía basándose en la teoría de la enunciación de Benveniste. Esta gama va desde el relato “histórico” descrito por Benveniste y centrado en la acción (forma elegida, por ejemplo, por César en De bello gallico) hasta el modo extremadamente “discursivo” de las autobiografías líricas o meditativas. Estas tienden a centrarse en el yo narrador y el desarrollo del discurso. Para Starobinski, la concentración absoluta sobre un “yo” acaba por destruir la inmediatez de la primera persona, que ha de definirse frente a una tercera:

the exclusive affirmation of the “I” favours the interests of an apparently vanished “he”. The impersonal event becomes a secret parasite on the “I” of the monologue, fading and depersonalizing it. One need only examine the writings of Samuel Beckett to discover how the constantly repeated “first person” comes to be the equivalent of a “non-person”. (288)

    La diferencia considerable entre yo narrador y yo personaje es, pues, una posibilidad estructuralmente justificada en la narración homodiegética autobiográfica. También puede, por supuesto, ignorarse, con lo que se asume una perfecta identidad psicológica entre narrador y personaje. Esto sería paradójico, pues el hecho mismo de una narración en primera persona supone “narrar desde el final”, desde una experiencia distinta y una personalidad modificada; el conocimiento retrospectivo modela de modo invisible y necesario la estructura misma de lo que se narra aunque el lector se concentre en el movimiento hacia el futuro de la narración. Según Freeman, “the most fundamental act one is perpetrating in the very act of telling is the idea of starting at the beginning, when in reality ‘you have started at the end’” (96). La narración homodiegética implica inevitablemente una diferencia de conocimiento. El narrador en primera persona sabe el resultado que tendrán los actos del personaje; a mayor distancia temporal ente ambos, mayor será la perspectiva de que goce, y tanto más indiferenciada estará su narración de la de un narrador omnisciente. Pero el uso de la focalización para dosificar adecuadamente la perspectiva del lector puede modificar enormemente este panorama.
    Así pues, la narración homodiegética autobiográfica se presta en principio a dos tipos polarmente opuestos de perspectiva narrativa:
• El conocimiento a posteriori de los hechos, lo cual produce en ocasiones el fenómeno que hemos señalado, un efecto semejante a la omnisciencia (cf. 3.2.1.3 supra; Lintvelt 84); hay que distinguir, sin embargo entre estos dos tipos de visión “por detrás”. Una convención útil para la narración homodiegética, aunque no imprescindible, es la memoria perfecta del narrador (cf. Cohn, Transparent Minds 144).
• La visión “con” el personaje, es decir, el relato en el que el yo personaje, y no el yo narrador, es el focalizador (cf. Lintvelt 86). Esta posibilidad es descuidada por muchos teorizadores que no distinguen las visiones del yo personaje y el yo narrador (por ejemplo Ingarden, Literary Work 230). Ello no quiere decir que sea rara, ni mucho menos. La variante extrema sería la ausencia de distancia entre yo narrador y yo narrado. Puede justificarse de diversas maneras, y servir a su vez de justificación a efectos distintos de la reposada meditación sobre el propio pasado:

the narrative distance, which in the quasi-autobiographical first-person novel constitutes the prerequisite for the well-balanced and judicious attitude of the narrating self to his earlier experiences, almost always decreases with the withdrawal of the narrating self (...). Beckett’s first-person characters vegetate towards their existential disintegration, a disintegration which can also be observed in the absence of distance between the narrating and experiencing selves. (Stanzel, Theory 211)

No hay que confundir el uso del yo narrado como focalizador con la ausencia absoluta de distancia entre el yo narrador y el yo narrado. En el primer caso, se trata de una estrategia retórica atribuible al narrador; en el segundo caso, toda la retórica es del autor.
    Otra forma autodiegética que nos interesa es el diario. La diferencia principal entre autobiografía y diario a la hora de motivar un relato de ficción es que la autobiografía suele ir dirigida al público desconocido, mientras que en el diario el único narratario es el propio narrador. Así pues, tienen en principio menos justificación las maniobras retóricas, la creación intencionada de suspense, la exposición ordenada, etc. La ruptura de la motivación puede resultar grotesca: por ejemplo, Malone recordándose “a sí mismo” su situación presente en su diario, mezclando así en él una convención que para beneficio del lector utilizan otros géneros narrativos.
    Una forma próxima al diario es la novela epistolar con narrador único, como las Lettres d’une religieuse portugaise. Ya las diferencias son notables: el narratario es otro personaje; no estamos ante un monólogo sino ante un diálogo. Si la novela epistolar comenzó utilizando las cartas de un solo personaje, pronto adquirió una forma más específica. Se transforma en un dúo (Love Letters Between a Nobleman and his Sister, de Aphra Behn) o combina las narraciones epistolares de varios personajes, como sucede en las novelas de Richardson o Les Liaisons Dangereuses.  La novela epistolar es, pues, la forma espontánea de la narración múltiple. También es ésta una forma que se presta a ser “editada” e introducida por un personaje más o menos anónimo; también aquí se fosiliza pronto esta convención, transformándose en la excusa para un juego de voces ya en Richardson o Laclos. 
    Caben asimismo muchas otras formas de narración múltiple no epistolar: podemos tener una combinación del diario de dos personajes, colecciones de informes, combinaciones de diario, informe, carta, etc. como sucede en The Woman in White de Wilkie Collins, o de narración “real” y narración ficticia en segundo grado, como en Malone meurt. Las combinaciones son infinitas, y cada novela encuentra su propia fórmula.


3.2.1.9. El narrador testigo

En esta variedad de la narración homodiegética, el protagonista no es el narrador, sino un personaje conocido por el narrador (cf. Friedman 125). Con frecuencia, este personaje ha vivido una experiencia de importancia transcendental. Su carácter sagrado, terrorífico o simplemente indefinible hace necesario el desdoblamiento en narrador y protagonista. “There is a Platonic form behing these shadows, an ideal first-person narration, and such works as The Unnamable have approached it” (Kawin 37). Pero L’Innommable es un caso de reflexividad extrema, que subsume o más bien devora la estructura de la narración testimonial como devora toda otra estructura narrativa. En general, la narración testimonial se presta a una moderada reflexividad, predominando su aspecto de motivación realista.
    Según Kawin (34), esta técnica narrativa es adoptada a menudo por sus posibilidades dramáticas. El lector comparte la experiencia del narrador; ambos se encuentran excluidos de la experiencia fundamental del protagonista, que puede ser de un carácter no fácilmente comunicable. El narrador testigo es un intermediario ante la experiencia de lo innombrable: la señala, sin llegar a mostrarla, utilizando como excusa la relativa inferioridad de la experiencia del narrador. Es lo que sucede en Moby Dick:

Melville uses the limitations of the narrator’s metaphysical insights to hint things that could be meaningless if said directly.
    Thus the author of a secondary first-person novel is not forced to deal directly with transcendent experience but can deal with it through the mask of a compulsive narrator who has experienced as much as can be talked about, yet who urges himself, in the aim of relating the hero’s experience, even deeper into regions that can hardly be guessed at. (Kawin 49, 35)

En Moby Dick hay para Kawin toda una serie de acercamientos progresivos a lo inefable; esta experiencia es transmitida al lector a través de filtros sucesivos: el narrador Ishmael, Ahab y la misma ballena. Una estructura parecida descubre Kawin en Heart of Darkness, donde la experiencia de lo inefable es intuida por el narrador a través de la narración intradiegética de Marlow, de la aventura de Kurtz y del viaje al corazón de las tinieblas.  Otros ejemplos aportados por Kawin son Pale Fire o los relatos de Castaneda.

It is characteristic that a secondary first-person narrator be a man of words and blame his “inability” to deal with or adequately convey the hero’s experience in his own moody bookishness; it is also characteristic that this specific limitation is his chief asset. (Kawin 72)

    En el corpus beckettiano hay una obra, Watt, que presenta rasgos semejantes (Kawin 64 ss), si bien algo más complejos. La estructura narrativa duplica el tema de la obra. El narrador Sam es un intermediario entre Watt y el lector, como Watt es un intermediario entre la experiencia de lo inefable en la casa de Mr. Knott y la narración de Sam. El drama más angustioso de El Innombrable es que no hay intermediarios entre el yo y su propia experiencia. 


3.2.1.10. El narrador-autor

Es ya una especie de tradición en la teoría de la novela el confundir las atribuciones respectivas del narrador y el autor. Al narrador y al autor no los distingue sólo el hecho de que el narrador sea ficticio y el autor no lo sea. El autor es el creador de una obra literaria; el narrador no tiene por qué serlo. Hay narradores que son escritores (de ficción o no), que pueden incluso aludir con frecuencia a su actividad, hasta convertirla en un tema de la propia narración.  Este fenómeno tiene obviamente influencias enormes en la estructura de la narración: el narrador es consciente (dentro de la ficción) de enfrentarse a un público, y ésto facilita el acceso a la narración por parte del lector real: la motivación está en cierto modo asegurada de antemano, por la duplicación de la función narrativa. 
    Pero el narrador puede ser extradiegético, y en tal caso no es infrecuente que se presente abiertamente como un autor (escritor creador de ficciones). Este es el caso no marcado desde una perspectiva histórica. Si observamos las tempranas clasificaciones de voces narrativas, desde Platón a los formalistas rusos, veremos que dan por hecho que el narrador extradiegético en tercera persona es “el autor”.  Como se deducirá de nuestra teoría, no hay diferencias tajantes entre esta figura y el autor real, sino una difuminación gradual; puede tratarse de un narrador completamente ficticio, de un alter ego del autor, o sencillamente, de su ego. Si los escritores cobran derechos de autor en persona, es justo que se les conceda la oportunidad de contarnos sus historias en persona. 
    Esta posible duplicación (o multiplicación) de la función de autor es ignorada con frecuencia.  Por último, deberemos recordar que hay que diferenciar los narradores que no aluden a su actividad compositiva de los que explícitamente se nos presentan como no-escritores, es decir, como hablantes, pensadores, etc.
    En la tradición realista del siglo XVIII, el narrador puede escribir un diario, una carta o unas memorias. Así se hace necesaria la intervención de un nuevo personaje, implícito o explícito, perteneciente a la “esfera de acción” del narrador: el editor, el personaje ficticio que recoge ese documento privado para presentarlo después al lector. Su importancia puede variar, según sea un simple marco y un transmisor, o intervenga (como artificio de motivación) sobre la presentación del texto. También los editores tienen cierta autoridad retórica, en especial a la hora de reducir, censurar y suprimir. Pensemos en el “editor” de Roxana  o Moll Flanders de Defoe, que no sólo recoge su confesión y la transcribe, sino que mejora el estilo, sin por ello abandonar la primera persona de la protagonista.



3.2.1.11. El autor-narrador

Una vez rechazado el mito del discurso impersonal (3.2.1.2 supra), la semiótica actual insiste en señalar la presencia necesaria del enunciador en su enunciación (3.3.1.1 infra). En literatura podemos encontrarnos con el autor de manera implícita (3.3.1.2 infra) o apareciendo explícitamente, asumiendo el discurso como obra suya. Esta modalidad narrativa está relacionada con un tipo determinado de las clásicas “intrusiones del autor”, aquéllas en las que el autor comenta sobre su actividad creativa. Desde una perspectiva lingüística, estas “intrusiones” son un desarrollo a nivel discursivo de enunciados performativos “parentéticos” (Lyons 739) del tipo “pienso”, “creo”, etc. Se trata, según Lozano, Peña-Marín y Abril, de “indicadores metalingüísticos, expresiones de una relación del enunciador con su enunciado”.  En palabras de Greimas, “el enunciado llamado enunciación se muestra como una posible isotopía del discurso poético” (“Teoría” 28). Greimas propone clasificar semánticamente esta isotopía en tres tipos de contenidos: los relativos al ser del autor, los relativos a su hacer y los relativos a la finalidad de su hacer (28). Aquí nos interesa particularmente la actitud del autor frente a la naturaleza ficticia de la acción .
    El autor puede señalar su ficción como tal ficción, representándose en el texto como el creador del mundo ficticio; es lo que hace Diderot, por ejemplo, en Jacques le fataliste et son maître, así también el Fielding de Tom Jones, el Trollope de Barchester Towers o el Thackeray de Vanity Fair. Si preferimos, podemos precisar que no se trata del autor como tal, sino de un autor-narrador; habría que estudiar en cada caso la relevancia de esta distinción. Pero si el autor habla en tanto que autor no está delegando sus actos de habla a ningún otro enunciador: mientras esté comentando la ficcionalidad de su creación tiene las cartas sobre la mesa. O, mejor dicho, debemos suponer que las tiene, aunque sólo sea provisionalmente, para seguir el hilo de su estrategia narrativa. El autor-narrador ofrece a veces un aspecto un tanto esquizofrénico: se desdobla en autor (que comenta la ficcionalidad de la obra) y en narrador (que, sin inmutarse por ello, continúa inmediatamente narrando la historia a modo de cronista). En tanto que habla como autor, debemos suponer una interacción comunicativa entre él y el lector. La frontera entre la novela, el ensayo, la biografía o la historia puede ser muy tenue, debido precisamente a esta capacidad del autor para desdoblarse en narrador de ficción de manera casi imperceptible, sin un cambio visible de identidad. Nada impide al autor aludir al (probable) contexto real en el que su obra se leerá. Pero esos fragmentos se definen precisamente en relación a los fragmentos propiamente narrativos, los que nos transmiten el relato. Y en esos fragmentos el valor de verdad de las frases del narrador no es el mismo. Esas frases sí deben ser entendidas como “atribuídas”, si no a otro enunciador, sí a otra posición enunciativa: a la pose narrativa del autor-narrador, a su actuación como narrador. Al adoptar el papel de narrador, el autor se coloca dentro de la ficción, y habla en función de ella—se ficcionaliza. Es de gran interés estudiar la transición de unas actitudes a otras en estos tipos de discurso . El autor no tiene por qué adoptar una postura coherente: la figura autorial de una novela puede muy bien ser coherente con su papel de principio a fin, pero la de otra puede tan pronto jugar con las cartas sobre la mesa como cambiar las reglas del juego a su libre albedrío. Así, el autor-narrador “Diderot” en Jacques le fataliste, tras reconocerse como el creador de la ficción, finge ignorancia sobre un punto de la acción en un momento dado (Jacques le fataliste 264).
    La definición del autor-narrador es de gran complejidad teórica. A pesar de su aparente “naturalidad”, se subsumen en esta modalidad enunciativa otras formas de narración estructuralmente más simples, como la narración homodiegética y la narración heterodiegética ficticia; la definición de ésta, a su vez, presupone la narración heterodiegética real. Es decir, a un determinado nivel, debemos entender al narrador como si creyese aquello que está contando: el narrador, al menos en uno de sus roles simultáneos, está realizando actos de habla que se interpretan comunicativamente. El elemento de comunicación está implícito en la estructura de la narración ficticia, aunque otras funciones se le hayan superpuesto.





3.2.2. Narración
   

3.2.2.1. La motivación realista de la narración literaria

En lo que sigue, narración tendrá sus dos sentidos habituales en el lenguaje: o bien texto narrativo (escrito o no) o bien acto de narrar. Especificaremos alguno de los dos sentidos cuando sea preciso; muchas veces será relevante utilizarlos juntos. Sí limitaremos el alcance de los términos en el lenguaje corriente en un sentido: nos referiremos con ellos a la enunciación (escritura, etc.) del narrador en tanto que tal, por oposición a la enunciación (escritura, etc.) del autor en tanto que tal. Con frecuencia, pues, nos estaremos refiriendo en el caso de la novela o el relato breve a una narración ficticia o ficcionalizada.
    El que en un texto se nos presente una narración ficticia no es interpretado como una ruptura de la comunicación, sino como una complicación de sus convenciones (3.1.4.2 supra). “The fictional speaker”, señala Pratt, “(...) produces a lack of consensus, and the author implicates that this lack of consensus is part of what he is displaying, part of what he wants us to experience, evaluate and interpret”. La narración ficticia que se nos comunica es, pues, una parte esencial del mensaje literario.
    Hay con frecuencia estructuras de acceso a la ficción, por ejemplo mediante un anclaje realista de la misma. Gran parte de las narraciones ficticias se presentan como narraciones hechas por un personaje de la acción . El autor justifica así la existencia del discurso, naturalizándolo dentro del mundo ficticio, evitando que se ponga de manifiesto su carácter artificioso. Se trata de una aplicación al nivel del discurso de un principio que ya hemos visto funcionar de modo análogo en el nivel del relato.  En términos de los formalistas rusos, diríamos que el autor motiva el discurso de manera realista. Para Tomashevski es motivación “el sistema de los procedimientos destinados a justificar la introducción de motivos, o de conjuntos de motivos”.  La motivación realista justifica las estructuras del discurso mediante las estructuras de la acción: así, un personaje de la acción   puede escribir unas memorias que leeremos, quedando así “explicada” la existencia misma del discurso en términos de la acción. Esta circularidad acción-discurso produce un efecto de sutura característico, de la escritura mimética clásica.  A través de la motivación de la narración, el autor puede motivar también el relato. Por ejemplo, el orden de los acontecimientos. Van Dijk (Texto 316) señala los siguientes determinantes (semánticos y pragmáticos) del orden de representación de los hechos en la narración:
    (i) El orden de la secuencia de hechos.
    (ii) El orden de la observación / percepción / comprensión de la secuencia de hechos.
    (iii) El orden de la transmisión de información.
    (iv) El orden de los actos ilocucionarios
Podríamos decir que estas son las constricciones posibles en una situación discursiva real. El alegarlas o simplemente utilizarlas en un discurso de ficción es, por tanto, un ejemplo de motivación realista. El equivalente real imitado sirve de justificación para la introducción de unas constricciones que de hecho no tienen por qué aplicarse.
    Otra posibilidad es que exista una constricción semiótica, pero que su manifestación específica sea determinable por el autor. También en este caso podemos hablar de motivación. Pensemos en la perspectiva que transforma la acción en relato. Evidentemente, un cierto tipo de selección de acontecimientos es necesario, pero qué selección concreta se haga es algo a determinar. Así pues, podemos decir que el uso literario de la perspectiva está motivado de entrada, aunque corresponde al autor tomar esa necesidad y hacer de ella un principio estético (cf. Weimann, “Erzählerstandpunkt” 
388).
    Vemos que el concepto de motivación realista está estrechamente ligado por una parte a la definición estructural de los estratos del texto literario, y por otra a efectos de lectura como la verosimilitud. Muchas teorías narrativas están centradas alrededor de problemas de motivación. Así, la teoría de la perspectiva de Henry James podría resumirse como una llamada a la motivación intradiegética de la misma. De modo más general, la doctrina de James y sus seguidores enfatiza el hecho de que debe haber una conexión íntima entre el material presentado y la forma de presentación: ésta no se puede imponer arbitrariamente, sino que debe emanar de la misma naturaleza de lo narrado (cf. Sternberg 290 ss). Las referencias implícitas a esta cuestión son variadísimas. Un defecto de motivación narrativa parece ser lo que T. S. Eliot considera el principal defecto de The Moonstone de Wilkie Collins: “If Miss Gwilt did not have to bear such a large part of the burden of revealing her own villainy, the construction would be almost perfect” (“Wilkie Collins and Dickens” 468). La parafernalia narrativa utilizada por Collins en sus novelas es a veces difícil de motivar, y no es ésta la única incoherencia a la que le lleva. Otro ejemplo: Cohn (Transparent Minds 240) señala que en el monólogo interior la credibilidad exige la ausencia de una sensación de principio o de final. Lo cual viene a querer decir que no se puede distorsionar el flujo de pensamientos del narrador con fines de exposición: ésta habrá de respetar la motivación. En resumen, podemos decir que el concepto de motivación es fundamental para una teoría de la narración literaria, por la conexión que establece entre la técnica narrativa y el mundo narrado.
    La motivación puede funcionar a nivel de relato o a nivel de discurso; se puede motivar en mayor o menor proporción cada uno de estos niveles. Así, por ejemplo, la intervención de algunos personajes está subordinada a necesidades de motivación. Son lo que Hamon llama personnages-embrayeurs: personajes como los mensajeros del teatro, los interlocutores de los diálogos socráticos, los charlatanes que dan a conocer información al lector.  La proporción en que se den estos fenómenos es significativa. Además, las estrategias de motivación pueden ser más o menos originales, etc. Todos esto da lugar a rasgos estilísticos que ayudan a determinar la estructura de una narración.
    El que llamemos a este aspecto del discurso  “narración” no debe llevar a confusión: es un término genérico que utilizamos para lo que en realidad pueden ser muchos actos de habla diferentes. Cualquier actividad lingüística, y no sólo la narración, es utilizable para motivar el discurso narrativo:

Narrative structure has room for a large variety of acts of narrating, apart from reporting, describing or remembering. We find acts of teaching, reprimanding, exhorting, ridiculing, explaining, projecting, comparing, prophesying or abstracting. (Ruthrof 122)

Pero pocos de estos actos de habla son tan capaces de sostener la estructura narrativa de una novela entera como lo es el acto de habla de la narración propiamente dicha, cuando aparece explícitamente. “Reporting” o “describing” son susceptibles de interpretarse como macro-actos discursivos, en cuyo caso sería necesario especificar más su composición. Se puede narrar en circunstancias muy diversas y de muy diversas maneras. Las principales formas de la narración auténtica son familiares, y sirven de base a las clasificaciones usuales de voces narrativas. Así, Tomashevski distingue, aparte del “relato abstracto” (3.2.2.2 infra), la novela-manuscrito encontrado, la novela-relato del protagonista, la novela-diario, la novela epistolar…  Es importante analizar en qué consiste precisamente la motivación de estas técnicas narrativas, qué otros fenómenos estructurales posibilitan.
    Hay que considerar las formas motivadas como formas derivadas, mediante transformaciones más o menos complejas, de las formas elementales de la narración. Dos tipos de actos de habla son cruciales para llegar a esa definición. El primero es genética y lógicamente básico: el acto de la narración oral como representación de una experiencia temporal o una secuencia de acción (3.2.2.3.1 infra). El segundo es la narración no ficticia escrita. La novela es, por supuesto, un género escrito. Pero proviene en última instancia de formas narrativas orales, y puede conservar restos de oralidad, o simular la oralidad de formas diversas.  Podemos establecer una distinción básica entre narración épica y narración novelesca en base a su papel histórico y su forma de presentación.  La épica nace como un género oral, la novela como un género escrito. En su origen, la narración literaria es un acto oral, y no problemático. El narrador tradicional, el narrador épico, no ha de adoptar una postura especial ante su narración: esta postura le viene dada por la tradición y por su papel de sintetizador de los ideales comunitarias.  El autor de la novela, por el contrario, se plantea su posición enunciativa como un problema a resolver: la actitud narrativa no viene automáticamente dada, y debe ser motivada—o problematizada, en la escritura de vanguardia.  La manera en que sucede ésto en la novela es mediante la multivocidad descrita por Bajtín.  La novela más que ningún otro género se apropia de otros géneros discursivos, literarios o no, y los carnivaliza creando nuevas modalidades de enunciación y estructuras de enunciaciones complejas contenidas unas por otras. Más generalmente, los formalistas rusos ya señalaban que no existe un “estilo literario” definido; la literatura engloba y utiliza todos los estilos no literarios para sus fines.  Cada tipo de lenguaje literario tendrá un lenguaje utilitario correspondiente (cf. Erlich 235); y así habrá modos narrativos literarios que mimetizan y transforman otros modos no literarios.
    Por supuesto, algunos géneros discursivos son más productivos que otros para la novela, en razón directamente proporcional a su parentesco con la narración escrita auténtica (no motivada). Abundan las novelas-autobiografía. En cambio será rara, y evidencia de una tradición elaborada, una novela que imita la edición anotada de un poema (como Pale Fire, de Nabokov). También hay que tener en cuenta la variabilidad histórica de los artificios de motivación. Las novelas epistolares son abundantes en una determinada época, alrededor de la segunda mitad del siglo XVIII. Poco antes habían predominado las memorias ficticias, y en el siglo XIX será la narración autorial el modo favorito (Watson 15). A continuación examinamos a grandes rasgos los principales patrones discursivos utilizados para motivar la narración novelesca (cf. Chatman 168 ss).
• Orales:
    —La narración oral (skaz para los formalistas rusos). La narración literaria escrita imita a menudo formas orales en mayor o menor grado.  “Parfois la nouvelle côtoie la parole, d’où l’introduction d’un certain narrateur dont la présence est motivée par l’auteur ou laisée sans explication” (Eïjenbaum, “Prose” l99). El impacto de un lenguaje fuertemente oral, de los rasgos coloquiales, incoherencias, exclamaciones, etc. produce un efecto completamente distinto en boca del narrador y en el discurso directo de un personaje: el segundo caso no es especialmente notable, mientras que el primero fue durante mucho tiempo un rasgo de narración vanguardista (cf. Volek 115).
    —El diálogo, normalmente introducido por un narrador extradiegético (The Awkward Age, de James; Casandra, de Galdós). Esta subordinación del diálogo a la voz del narrador es manifestación de un fenómeno más general que señala Kristeva:

la novela absorbe la duplicidad (el dialogismo) de la escena carnavalesca, pero la somete a la univocidad (el monologismo) de la disyunción simbólica que garantiza una instrancia transcendental, el Autor, asumiendo la totalidad del enunciado de la novela. (Texto 64)

Sin embargo, el diálogo (y, más generalmente, el dialogismo implícito estudiado por Bakhtin y Kristeva) abre el texto literario a la multiplicidad de estilos y a la pluralidad ideológica, y le confiere un semantismo mucho más dinámico, pues multiplica los enunciadores y con ello las estrategias y los móviles discursivos (cf. Volek 100). Y con frecuencia es problemático suponer que las voces que se han dejado surgir a lo largo de la narración quedan suficientemente subsumidas o subordinadas en la autoridad ideológica del narrador.
    —El monólogo.  El monólogo suele tener un carácter marcadamente oral y coloquial. El narrador no debe primordialmente narrar, sino meditar, o exponerse a sí mismo ante un oyente más o menos hipotético (cf. Humphrey 35 ss): en literatura se trata, evidentemente, de una forma bastante artificiosa, y muy alejada de la forma efectiva de tales fenómenos en la vida real. La paradoja del monólogo es que rara vez es unívoco. No pone en evidencia la unidad del sujeto hablante, sino su fragmentación. En el hablante coexisten tendencias opuestas: su yo íntimo frente a su yo social son frecuentes interlocutores (Gullón 100 ss). Se nos presenta el narrador como una conciencia desdoblada, en pugna consigo misma. El monólogo es en realidad un “monodiálogo”, como lo llamaba Unamun; y los formalistas rusos ven en el monólogo una forma derivada del diálogo.
• Escritos:
    —La autobiografía o memorias (cf. 3.2.1.8 supra)
    —El informe
    —El diario
    —La carta
    —La obra literaria (incluída la novela)
Es obvio que la “consciencia de la propia escritura (o narración)” que tenga el narrador  no puede discutirse al margen de la motivación de su narración: la consciencia de la propia escritura no significa lo mismo en una novela epistolar que en una novela dialogada. Pensemos, por ejemplo, en el lapsus de Margarita de Navarra en el cuento XXV del Heptaméron, donde un narrador oral intradiegético hace repentinamente referencia a su narración como algo escrito.
• También hay patrones de motivación no estrictamente discursivos o verbales, como en el caso del monólogo interior. Podríamos distinguir:
    - El pensamiento
    - La percepción   
Así, también están parcialmente motivados diegéticamente los modos impersonales descritos por diversos críticos y que se basan en esquemas de pensamiento o percepción derivados de los utilizados por los personajes de la acción, o análogos a ellos, como la “mente dramatizada” de Lubbock, la “visión desde afuera” de Pouillon, los undramatized narrators de Booth (Rhetoric 151-152) o los covert narrators de Chatman (Story and Discourse 196 ss).
    Podemos clasificar las narraciones desde el punto de vista de la motivación en monomorfas o polimorfas. La narración monomorfa se basa en una sola modalidad discursiva, mientras que la polimorfa es motivada mediante varias modalidades de discurso (The Woman in White, La verdad sobre el caso Savolta,  Fragmentos de Apocalipsis, Mazurca para dos muertos, etc.). En general, la narración literaria no motivada es monomorfa, monológica, autoritativa, construída, no situada y estética (cf. Volek 100 ss). Pero algunos tipos de discurso utilizados en la motivación pueden tener de por sí alguno de estos rasgos (por ejemplo, si se utiliza como artificio narrativo un informe médico (Briefing for a Descent into Hell, de Doris Lessing), o un libro de crítica literaria como en el caso ya citado de Pale Fire).


3.2.2.2. La narración no motivada diegéticamente

La narración no motivada diegéticamente no tiene por qué ser narración “auténtica”, narración puesta directamente en boca del autor. Es igualmente posible la figura del narrador ficticio en tercera persona, incluso disfrazado de autor.

very often, novelists do not explicitly identify who the fictional speaker is or what real-world speech act is being imitated (...). We are intended to treat these novels as (imitation) written narrative display texts and to decode them according to the generic norms alone. (Pratt 207)

Ejemplos (hay muchos) podrían ser The Ambassadors de James o The Old Man and the Sea de Hemingway. En estos casos no se busca una motivación oral o de otro tipo para la narración. Podríamos decir que la motivación de estas novelas no viene de su propia acción, sino del hecho mismo de que son literatura. Sólo recurren a la motivación compositiva de Tomashevski (Teoría 199-200). El acto de habla que se imita no es el de los personajes sino el del narrador. Pero tampoco se trata de una forma primitiva. En las formas más simples, se imitan los protocolos de una narración auténtica; inmediatamente de ahí deriva el caso en el que se imita una narración autorial literaria (así sucede en una novela-pastiche postmoderna como The Sot-Weed Factor de Barth). Debemos tener en cuenta que estos casos están sucesivamente marcados unos respecto de otros, y que suponen una complicación del proceso de interpretación.    
    Los polos de la narración no motivada se sitúan en la narración autorial por una parte y lo que los formalistas llamaban “relato abstracto” o “narración impersonal” por otro.  El narrador impersonal no es neutral. Aun prescindiendo de la retórica de personajes y situaciones propia de la acción y del uso del ritmo y el punto de vista en el nivel del relato (que deben atribuírsele mientras no se nos indique lo contrario), en el propio nivel de la narración puede disponer de recursos valorativos e ideológicos que operan silenciosa pero efectivamente. Chatman observa cómo “a covert narrator can always establish something as given without actually asserting it”, mediante el uso de la presuposición y la topicalización de la frase.  No olvidemos, sin embargo, que esta topicalización se puede atribuir a veces a la influencia de un personaje focalizador, en cuyo caso deberemos ver un artificio de motivación realista.
    Las convenciones genéricas son de una importancia capital para determinar las expectativas del lector, la verosimilitud, etc. Por ejemplo, para el análisis de la trilogía novelesca de Beckett Molloy, Malone meurt, L’Innommable, es utilizable la distinción entre novela y anatomía establecida por Frye Según Frye habría cuatro grandes géneros literarios basados en la narracion escrita (opuestos a la narración oral de la épica). Serían la confesión (nuestro ejemplo era Rousseau), la novela, el romance (o novela romántica; así Los trabajos de Persiles y Sigismunda), y la anatomía o sátira menipea (la tradición de Luciano, Rabelais y Swift).  La novela busca una verosimilitud, una motivación. La sátira menipea descuida la motivación, o juega con ella, de la misma manera que juega con la acción. La lógica de la narración sufre grandes distorsiones en la sátira menipea: Frye señala el frecuente error de analizar estas distorsiones como defectos, resultado de la atención predominante que se suele dedicar a la novela. La sátira menipea es una narración “de ideas”, que puede llegar a ofrecer el aspecto de una enfermedad del intelecto: “At its most concentrated the Menippean satire presents us with a vision of the world in terms of a single intellectual pattern” (Frye 310). Sus formas usuales son el diálogo o el coloquio; sus temas normales son filosóficos o políticos, combinando en una mezcla grotesca el la especulación y el delirio intelectual con irreverencias y obscenidades. Las múltiples narraciones sobre utopías también están en la tradición genérica de la sátira menipea. A veces presenta la menipea una tendencia enciclopédica: la erudición, y no la narración, puede ser su principio de organización, como en el caso de la Anatomy of Melancholy de Burton (Frye 311), un tratado infectado por elementos de sátira menipea. Las formas intermedias entre sátira menipea y novela nos dan novelas enormes, digresivas y paradójicas como Tristram Shandy (Frye 311). La obra de Beckett tiene mucho de anatomía, pero de una anatomía solipsista, vuelta sobre sí misma, sólo ocupada de sus condiciones de existencia. Molloy es lo más semejante a una novela dentro de la trilogía, pero ya allí el realismo mimético se resquebraja. A la vez, la trilogía adopta la motivación externa de la confesión: muchos pasajes de L’Innommable se leen como las memorias de un Rousseau esquizofrénico, y poco en común tiene esta obra con escritos centrales de la tradición novelesca, como las obras de Dickens o Jane Austen, cuyas convenciones aparecen sólo como restos lamentables de una “normalidad” parodiada. Las narraciones de Beckett sólo se definen como novelas para destruir mejor la novela. El concepto de “trilogía novelesca” debe ser, pues, matizado. De hecho lo hace la misma trilogía, partiendo de la novela para ir a dar al extraño engendro (innombrable) que es L’Innommable .

3.2.2.2.1. Combinaciones de narraciones
El ejemplo de la trilogía nos lleva también al problema de las combinaciones de narraciones. Varias narraciones se pueden combinar en un todo mayor, que pasa a considerarse una gran narración con narradores múltiples (cf. Prince, Narratology 35 ss; Stanzel, Theory 71). Hay que distinguir en cada caso ante todo si se trata de una multiplicidad de narradores o de una multiplicidad más fundamental de acciones o mundos (cf. 3.1.4.2 supra). Cualquier combinación de unidad o multiplicidad de narradores y de mundos es perfectamente posible (Ruthrof 112).
    En cuanto al engarce de las diferentes narraciones, la sintaxis oracional nos puede servir de modelo para distinguir dos tipos de combinaciones básicas (cf. Shklovski, “Construction” 196). Ya hemos mencionado la combinación mediante la inserción narrativa o subordinación (cf. también 3.2.1.5 supra). El otro procedimiento es la concatenación, ya sea yuxtapositiva o coordinativa, de diversas narraciones. Cada narrador está en pie de igualdad con respecto a los otros, y no hay un solo narrador extradiegético, sino varios. “That their narratives are highly interdependent thematically speaking is no counter evidence” (Berendsen, “Teller” 155). Berendsen sostiene, sin embargo, que en la novela epistolar el editor representa el primer nivel narrativo, y las cartas son relatos insertos, aunque no haya un narrador primario que las contenga a todas en su narración. De ser así, habremos de reconocer que puede ser un primer nivel muy diáfano, cuya disolución (resultante en la concatenación pura de las cartas) puede ser casi imperceptible; habría que ver cada caso particular. El editor de la novela epistolar es un artificio para subrayar la unidad de una secuencia de narraciones parciales. Puede haber casos de unidad más problemática, como la trilogía de Beckett que mencionábamos, donde la relación entre las distintas novelas es en gran medida cuestión de interpretación. Piénsese también en casos de secuencias narrativas oscuras o parciales, en los que es la actividad interpretativa del lector quien construye la historia narrada. Mencionemos sólo dos casos muy distintos: 1) la secuencia de sonetos de Shakespeare, donde se trasluce una historia personal leída de modo diferente por diferentes críticos; 2) las secuencias de relatos breves que a la vez forman y no forman una novela, como Winesburg, Ohio de Sherwood Anderson o More Pricks than Kicks de Beckett.



3.2.2.3. Los movimientos narrativos

Volveremos ahora con una perspectiva más amplia sobre el problema de la distancia narrativa (2.4.1 supra), visto ahora ya en el marco del análisis del discurso. Hemos mencionado anteriormente diversos modos de presencia de la acción en el relato. Ahora partiremos de la superficie textual del discurso narrativo para contemplar la relación que éste mantiene con el relato y la acción. Este estudio nos servirá asimismo de marco para ver con mayor detalle los distintos tipos de motivación narrativa.
    Podemos dividir a grandes rasgos los fragmentos textuales según cuál sea su objeto principal, según el tipo de relación que mantienen con los niveles inferiores del texto. Una primera distinción intuitiva separaría las partes del texto que aluden a la acción de las que no lo hacen. Dentro de las primeras separaríamos la descripción de la narración; en la narración podríamos distinguir entre narración propiamente dicha y diálogo en discurso directo. Bonheim propone así cuatro movimientos narrativos, a los que llama comment, description, report y speech.  Preferimos sin embargo seguir una división ligeramente distinta en este último punto: a pesar de las peculiaridades del discurso directo, lo englobaremos junto con otras técnicas de narración de palabras  y lo opondremos a la narración de acontecimientos.  Estas divisiones u otras comparables, más o menos analíticas, pueden considerarse formas elementales, primitivas; están en la base de cualquier estudio sobre la narración.  En principio, parece que se trataría aquí de tipos de actos de habla que pueden ser realizados por el narrador (cf. Chatman, Story and Discourse 165). Pero dada la complicación a que se prestan en el análisis práctico, preferiremos ver en ellos problemas de la narratología, más bien que fenómenos claramente delimitados. Normalmente, un fragmento textual presenta una dominante, pero cada uno de los movimientos es susceptible de contener al otro en un grado variable de integración; habremos de tener en cuenta esta distinción entre modos dominantes e integrados a lo largo de esta exposición.
    Es difícil concebir una obra literaria basada en un solo movimiento narrativo. Normalmente estos se suceden, se alternan según una fórmula narrativa más o menos característica de la obra en cuestión, lo que Stanzel (Theory 69) denomina ritmo narrativo de la obra; la interacción de esta fórmula discursiva con la temática y el dinamismo propios del relato o la acción produce una dialéctica semántica cuyo estudio es básico para determinar la estructura narrativa de la obra.
    Si bien cada obra tiene su fórmula narrativa particular, es posible a veces distinguir fórmulas narrativas características de un género, u otras que son preferidas por un autor en el conjunto de sus obras o en una fase determinada de su producción (Stanzel, Theory 75). Los estudios de estilística deberían tener en cuenta esta posibilidad. Por otra parte, un estudio semejante no tendría sentido fuera de una teoría narratológica comparativa y diacrónica, que estableciese el uso y combinación de los movimientos narrativos en cada género, época y cultura.  Desgraciadamente, nuestra atención a este hecho ha de ser sólo marginal; pero es uno de los caminos por los que ha de dirigirse la investigación de historia comparada y literatura comparada: quede claro, en cualquier caso, que en el estudio de una obra concreta no es posible divorciar el estudio de su estructura del estudio histórico de las formas que hereda o transforma.

3.2.2.3.1. Narración de acontecimientos

Es éste el modo no marcado en la narración, el que corresponde más estrechamente a la definición que hemos dado de la narración como acto de habla. En tanto que verbalización de la acción (a través del relato) remitimos para su tratamiento a los capítulos correspondientes (secciones 1 y 2). En tanto que fenómeno discursivo, es, como decimos, el caso no marcado. Es una forma de la cual derivan las demás; observemos en nuestro análisis de la teoría enunciativa platónica (2.4.1.1 supra) que es de la narración simple de donde derivan la narración imitativa y la mixta; es una forma elemental y primitiva. Su definición es por tanto relativamente sencilla (cf. Stanzel, Theory 143).
    Según Martínez Bonati (55), la frase narrativa (como la descriptiva) es una frase “mimética”. Es decir: la base de la narración son las frases aseverativas que transmiten juicios singulares de sujeto concreto individual. Si el sujeto del enunciado al que nos referimos es una generalidad, si el juicio es universal, no tenemos narración; en principio, ésta tiene lugar en un mundo de individuos (56). Tampoco la tenemos si la proposición transmitida por la frase no es aseverativa, si es una pregunta o una orden.
     En este sentido, no todos los movimientos narrativos que hemos mencionado en el punto anterior son exclusivamente narrativos. El report de Bonheim parece en principio el único de sus modos que es propiamente narrativo: “Probably a work of fiction which contains little report will tend to slip off into another genre” (Bonheim 22). Son varios los críticos que denominan a este modo “narración propiamente dicha” o de manera equivalente (cf. Ludwig, Friedman, etc., cits. por Stanzel, Theory 47).
    La narración de acontecimientos es, pues, el modo narrativo por antonomasia, y el que sirve de transición entre unos modos y otros. La pureza de los fragmentos narrativos, como la de cualquier otro movimiento, varía, y podríamos distinguir entre narración como modo dominante y narración como modo integrado. Por ejemplo, la narración suele ser menos pura en los párrafos iniciales, cuando contiene altas dosis de descripción integrada (Bonheim, 99). Según Martínez Bonati, todos los estratos de la obra narrativa (p. ej., el discurso de los personajes) descansan en última instancia sobre el lenguaje narrativo, mimético, del narrador: sobre frases narrativas. “Al estudiar la frase mimética, estudiamos, pues, la esencia de la narración” (61). Si bien esto suele ser así, conviene no olvidar que en la ausencia de frases narrativas explícitas, la proyección mimética del mundo significado será realizada a partir del diálogo, o del pensamiento de los personajes, mediante procesos de inferencia por parte del lector. Las afirmaciones de Martínez Bonati o Bonheim son adecuadas para la narración oral o la narración literaria tradicional. Pero la narración literaria, en especial la moderna, puede independizarse mucho de la frase narrativa; puede especializarse mucho más. Así, Chatman puede separar la noción corriente de statement de la que opera en la narración:

Narrative discourse consists of a connected sequence of narrative statements, where “statement” is quite independent of the particular expressive medium (...). For example, a narrative statement may be manifested by questions or commands as well as by declarative constructions in natural language. (Story and Discourse 31)

Speech act theory helps us understand that fundamental narrative units—the story statements—cannot be equated with sentences, either their surface or underlying deep structures. (Story and Discourse 163)

Es decir: en la narración cualquier dato es bueno para proceder a la reconstrucción de la acción; así podemos tener “nonnarrated stories” o “‘found’ narratives” (168; 3.2.2.1 supra). Es evidente que la superposición de contextos comunicativos puede darse en la narración real, y con ella la posible multiplicación de fuerzas ilocucionarias de una misma expresión para cada uno de los contextos. Pero las convenciones de la narración literaria son mucho más inclusivas que las de la narración instrumental cotidiana; así, el monólogo interior, que poco tiene en principio de fenómeno narrativo y de comunicativo, es narrativo y comunicativo en literatura (3.2.2.3.3.2 infra). Hay que distinguir así distintas acepciones de “narrativo”; lo narrativo literario comprende una instrumentalización con fines narrativos de muchos tipos de actos de habla u otros fenómenos semióticos que no son narrativos lingüísticamente hablando.  (No olvidemos, sin embargo, que ya en la narración oral corriente un fenómeno lingüístico se nos puede mostrar en lugar de sernos narrado, por ejemplo cuando se citan palabras en discurso directo; cf. 3.2.2.3.2.2 infra).
    La narración literaria actual no se basa únicamente, pues, en el modo narrativo tradicional. Podríamos relacionar con ello el hecho de que en muchos textos de la vanguardia de nuestro siglo es cada vez más difícil distinguir en ella entre lo narrado y la estructura que lo narra (cf. Culler, Structuralist Poetics 197). La referencialidad de la narración se vuelve más y más indirecta y problemática. En principio, podríamos pensar que las nociones básicas de la teoría narratológica están pensadas para una literatura más primitiva, que opone de una manera mejor delimitada el objeto narrado y el texto que lo narra. Pero la literatura actual se basa en las mismas categorías que la tradicional: de hecho éstas actúan en ella a través de la dialéctica intertextual que les hace aparecer como tales textos de vanguardia. Y su descripción ha de partir de las formas lógicamente primitivas, que no se transforman. Es en sus relaciones, en la complejidad de los engarces entre ellas, en el intercambio de funciones a desempeñar donde se halla la complejidad narrativa, que de cualitativa deviene para el analista (por así decirlo) cuantitativa.

3.2.2.3.2. Narración de palabras

En términos generales, las modalidades de representación de palabras pueden ser más dramáticas o más narrativizadas, como la representación de acontecimientos en general que discutíamos en el apartado 2.4.1.  Pero en la representación del discurso del personaje en el marco del discurso del narrador se manifiestan fenómenos importantes y muy característicos de las formas narrativas que estudiamos, como son el contraste y la interpenetración de las voces de personaje y narrador. Examinaremos algunas modalidades de la representación de palabras y las cuestiones teóricas que plantea.
    Veíamos que según Halliday (“Language Structure” 152) los tipos de oraciones que organizan la transitividad de un texto pueden dividirse en oraciones de relación y oraciones de proceso mental. Entre las segundas distingue las oraciones de percepción, reacción, conocimiento y verbalización. En cualquiera de estos tipos nos podemos encontrar la expresión de un fenómeno o la de un metafenómeno, “a phenomenon which has already as it were been filtered throught the medium of language” (“Language Structure” 153). Ya hemos tenido ocasión de señalar este hecho en lo referente a las oraciones de percepción, donde resultaba en variedades de focalización. Y veremos que reacción y conocimiento experimentan modificaciones similares en la narración de pensamientos. Percepción, reacción y conocimiento pueden englobarse bajo el epígrafe de narración de acontecimientos, pero observamos en literatura una estrecha relación entre la representación de estos fenómenos intencionales y la representación de enunciaciones, pues no son representables aisladamente del lenguaje que los manifiesta en el texto. La diferencia entre fenómenos y metafenómenos aparece más o menos sistematizada en algunas teorías, referida a la multiplicidad posible de enunciadores o focalizadores en un texto.
    Una compleja cuestión que dejaremos bastante de lado (por inabarcable aquí, no por ajena) es el problema de la intertextualidad, de la enunciación ajena apropiada, de las citas no expresas. En estos casos el enunciador no cita a los demás, sino que es  los demás: “la entidad que pueda tener el enunciador está hecha también de otros personajes a través de los cuales habla” (Lozano, Peña-Marín y Abril 158). Es evidente que se trata de una cuestión de importancia trascendental, que afecta tanto al nivel del narrador como al del autor, y que abarca fenómenos tan diversos como la influencia literaria, el conocimiento común, los enunciados colectivos (refranes, etc.), el uso de la presuposición, patrones sintácticos específicos, la polifonía cultural del texto (estudiada por Bajtin o Kristeva)… En última instancia, todos estamos hechos de las enunciaciones recibidas, y el estudio de la intertextualidad es expandible hasta el infinito: históricamente, estructuralmente o interdisciplinariamente. Los objetivos de cada análisis particular han de determinar hasta qué punto será útil demarcar el terreno de lo propio y lo ajeno, a la hora de recuperar alguna conexión relevante con el lenguaje ajeno, alguna influencia que había pasado desapercibida al verse asimilada a la identidad del enunciador y su actuación lingüística “propia”.
    La distinción que Hare  establece entre los diversos contenidos de la proposición puede ser útil para determinar la diferencia entre el funcionamiento discursivo de la palabra propia y de la palabra ajena transmitida por ella. Hare distingue, además del elemento frástico o contenido proposicional el elemento trópico y el neústico. El elemento trópico es una señal de modo, que asocia la proposición al tipo de acto de habla que (en principio) está destinada a transmitir. En una aserción, el contenido trópico vendría a añadir al contenido proposicional la nota “esto es así”. El elemento néustico es una especie de signo de apoyo (“sign of subscription”) por parte del hablante: indica su compromiso con la factualidad o lo deseable del contenido proposicional (phrastic). En una aserción, el contenido neústico añade la nota “yo digo que esto es así”.  Observamos que, según esta diferenciación, el discurso citado difiere en su contenido neústico de la palabra propia.
    En el discurso narrativo, opondremos los segmentos discursivos con los cuales se compromete (néusticamente) el narrador y aquéllos a los que no se adhiere, declarándolos así palabra ajena. Así podemos distinguir, con DoleΩel y otros, entre discurso del narrador y discurso del personaje: “El discurso narrativo está caracterizado por la separación en dos zonas desiguales, de un status lógico y ontológico diferente y de distinta fuerza ilocucionaria: la del ‘narrador’ y la de los ‘personajes’”.  En principio, la enunciación del narrador tiene preeminencia lógica sobre la del personaje; el lector otorga a las palabras del narrador un “crédito básico” que no obtienen las de los personajes (Martínez Bonati 66).
    Pero además las frases de verbalización, de narración de palabras, han de recibir un tratamiento especial. Ya hemos señalado anteriormente la peculiaridad fenoménica que ofrece la narración de palabras frente a la de acontecimientos: la identidad semiológica de lo narrado (las palabras del personaje) y el discurso narrativo posibilita una mostración “inmediata” del discurso del personaje (2.4.1.1 supra). Es lo que se suele llamar “estilo directo”, y que aquí llamaremos por coherencia terminológica discurso directo. Esta peculiaridad justifica la separación metodológica hecha por Genette entre narración de palabras y narración de acontecimientos. 
    Ahora bien, la narración de palabras puede estar más o menos claramente delimitada respecto a la narración de acontecimientos. El uso de la palabra es también un acontecimiento, un acto de habla. Podemos enfatizar más el “acto” o el “habla”. Las gramáticas, y muchos estudios narratológicos, suelen distinguir solamente el discurso directo del indirecto.  A lo más, añaden el indirecto libre. 
    Genette (“Discours” 191 ss) presenta tres tipos básicos de inserción de las palabras del personaje en la narración: el discurso directo (discours rapporté), el discurso indirecto (discours transposé) con su variante el discurso indirecto libre, y por último el discurso narrado (discours narrativisé). Algunos teorizadores han intentado establecer tipologías más detalladas.  Las nociones de discurso indirecto y discurso indirecto libre son muy útiles, pero están separadas por una gradación y no por una frontera rígida. De hecho, veremos que lo mismo sucede entre el indirecto libre y el discurso directo, y entre el discurso narrado y el indirecto. En una caracterización teórica detenida, preferimos ver en el discurso directo y el discurso narrado los extremos de una gama que tiene infinitos matices. 
    Sin embargo, desde un punto de vista más formal es útil señalar algunos jalones formales que nos sirvan de orientación en ese continuo valorativo: el problema formal consiste en determinar cuántos jalones conviene distinguir. Bonheim señala que se necesita distinguir un mínimo de tres grados de inserción de palabras para que el sistema de análisis resulte útil. Hemos visto que Genette distingue cuatro, añadiendo el discurso narrado. Por ser éste uno de los polos, parece imprescindible aceptarlo. El uso de los otros términos está plenamente justificado por su uso generalizado en lingüística y teoría literaria.    
    Insistimos en que una visión puramente formal como la que estamos realizando puede resultar engañosa en un sentido: estas formas no son históricamente neutras, sino que están unidas al desarrollo histórico de la literatura y la sociedad de una manera en la que no nos podemos detener aquí.  Baste apuntar que la evolución histórica ha ido en el sentido de desarrollar las formas mixtas entre el área del narrador y del personaje (Cohn, Transparent Minds 138), las formas que juegan con la subjetividad, la trastocan y la desarrollan lingüísticamente, como se ha desarrollado y problematizado crecientemente a partir de la Edad Media en el plano social.
    Sólo una concesión nos podemos permitir hacer a este imprescindible enfoque histórico: tendremos en cuenta que las formas lógicamente primitivas son también lógicamente anteriores, y procederemos en primer lugar a su definición.  El discurso narrado es el más cercano a la narración de acontecimientos que acabamos de estudiar, y lo veremos por tanto en primer lugar.
   
3.2.2.3.2.1. El discurso narrado

Genette define el discours narrativisé como la mayor reducción posible de las palabras, su presentación como acontecimientos (“Discours” 191; cf. Bal, Teoría 147). El discurso narrado, pues, no nos presenta las palabras sino su valor de cambio: es decir, no nos presenta el acto locucionario del personaje, sino que nos informa ya sea sobre la fuerza ilocucionaria de sus palabras,  ya sobre la intención perlocucionaria o el efecto perlocucionario. Son estas posibilidades otros tantos límites del discurso narrado.  Las palabras del personaje llegan al lector de modo más indirecto, más interpretado, a medida que nos acercamos al polo del discurso narrado. Por ello, es frecuente que se utilicen éste o el discurso indirecto para modalizar afectivamente la intervención de un personaje (cf. Toolan 121).

3.2.2.3.2.2. El discurso directo

El diálogo de los personajes está en principio claramente delimitado respecto de las palabras del narrador: es ésta, como hemos visto (2.4.1.1.), una de las más tempranas distinciones narratológicas, debatida ya por Platón y Aristóteles. Otto Ludwig (“Formen der Erzählung”) opone la “narración escénica”, con predominio del diálogo, a la “narración propiamente dicha”. En efecto, en cierto sentido los otros modos de narración de palabras no narran palabras: en ellos las palabras no son “imitadas”, sino que se narran como cualquier otro hecho del mundo ficticio. 
    En el discurso directo se narran palabras de una forma bien delimitada y caracterizada: por convención tipográfica destaca sobre la página de una manera evidente, usualmente entre comillas, a veces en párrafo aparte. También por convención, consideraremos que el discurso del narrador ficticio no es una cita en discurso directo, sino un nivel de base, al igual que el discurso del autor (cf. Bonheim 33), en el que se insertan los parlamentos. Es evidente que un nivel de base es necesario para caracterizar la inserción como tal inserción.  Es fácil hacer una formulación demasiado radical de la diferencia entre el nivel de los personajes y el del narrador. Para Chatman, “the speech acts of characters differ logically from those of narrators” (Story and Discourse 165). Los parlamentos del personaje pertenecerían a la acción  (story), los del narrador al discurso (discourse). Pero esta división en apariencia sencilla se complica cuando el narrador es a la vez un personaje, y el discurso es lógicamente parte de la acción. Vemos que en un sentido, lejos de diferir, los actos de habla del personaje y del narrador son lo mismo. Claro que esto sólo se aplica a un acto de habla del narrador en primera persona: el de narrar la historia. Sus propios actos de habla citados y los actos de habla de otros personajes sí responden a la definición de Chatman. Pero deberemos tener presente que en última instancia los actos de habla del narrador están emparentados con los de los personajes, en un grado variable. No hay sólo diferencia.
     Veíamos que para Bonheim el speech o discurso directo era uno de los cuatro movimientos narrativos básicos. Bonheim reconoce, sin embargo, que su distinción no es uniforme (113). El discurso directo ha sido definido de acuerdo con un criterio formal, dice, mientras que en la definición de los otros se atendía al contenido. El contenido del discurso directo habría de ser estudiado no sólo descubriendo la presencia de los otros movimientos en su interior, sino incluyendo un análisis de las funciones no referenciales del lenguaje.  El lenguaje en discurso directo no sería homogéneo en tanto que acto de habla, mientras que los demás movimientos sí lo serían (114; cf. Martínez Bonati 64).
    De nuestro análisis del nivel de la acción y de la distancia narrativa (2.4.1 supra) se desprende que este planteamiento es insuficiente. Las palabras del personaje también son un hecho de la acción.  Es decir: el speech es, jerárquicamente, parte de la narración de acontecimientos; no es un elemento que se pueda colocar sin más al mismo nivel analítico. En tanto que acto de citar, el discurso directo usado por el narrador sí es un tipo particular de acto de habla. Ya hemos señalado su peculiar naturaleza semiótica: se trata esencialmente de palabras que son propuestas como especímenes (tokens) que remiten a especímenes idénticos (las palabras del personaje), que en el caso de la ficción son virtuales.  Pero es evidente que este caso funciona por analogía con el caso no marcado, el discurso real. También en la no ficción hay una complicación estructural en el modo de significar del discurso directo. Frege señaló que en el discurso directo las palabras no tienen su referencia normal: “se refieren entonces en primer lugar a las palabras del otro, y tan sólo estas últimas tienen la referencia corriente” (“Sentido” 53). O, en palabras de Bajtín, el discurso directo (“enunciado objetual”) está orientado al objeto para el personaje, pero es a su vez objeto de la orientación del narrador (cit. por Kristeva, Texto… 132). En principio no es modificado—una presuposición que aplicamos al uso del discurso directo en la ficción.
    El discurso directo tiene peculiaridades formales que permiten concebirlo como una modalidad bien definida. Pero la variedad que cabe dentro del lenguaje citado (a la que se suma la posible variedad del comentario del narrador y del lenguaje narrativizado en mayor o menor grado) hace que la narración sea un tipo de discurso extraordinariamente complejo y polimorfo: “un texto narrativo presenta todos los problemas teóricos que hay en cualquier otro tipo de texto, además de algunos que le son propios”.  Las funciones que se den al discurso directo en la narración pueden muy variadas, dado este infinito potencial semántico. Su primera misión es mostrarse a sí mismo, como parte que es de la acción.  Puede sencillamente ser un medio de caracterizar a los personajes.  Puede utilizarse como medio de transmitir una porción mucho mayor de la acción, filtrándola y fragmentándola a través de las palabras de los personajes, si se trasluce a través de una conversación.  También puede describir, comentar sobre la acción, narrar… En general, puede desempeñar las funciones del lenguaje de los actores en el drama, que son una modificación de todas las funciones del lenguaje (cf. Ingarden, “Functions”).
    No olvidaremos, sin embargo, (a) que el referente en la acción siguen siendo palabras, y que entre ellas y el discurso del narrador siempre habrá una gradación, no una diferencia tajante. (b) Que, como bien dice Platón, el narrador imita al personaje y hace lo posible por hacernos creer que se ha esfumado y le ha cedido el terreno. Pero las palabras en discurso directo son en principio palabras de los personajes y  del narrador: el discurso directo es la forma más indirecta en la que se manifiesta el discurso del narrador (Bonheim 56), sin que por ello llegue a ser una forma objetiva de aparición de los personajes. El narrador no “desaparece”, ni mucho menos; antes bien es el contexto original de las palabras citadas el que desaparece, para que éstas se inserten en el discurso del narrador, con la consiguiente manipulación de su finalidad original, real o virtual.  Las palabras “directas” del personaje en la narración no son drama: están jerárquicamente sometidas a la enunciación del narrador, y no son “ellas mismas”, sino sus signos. Podemos hacer extensiva al discurso directo la observación de van Overbeke sobre el discurso indirecto: “il ne s’agit simplement d’une phrase emboîtée dans une autre, mais d’un faisceau d’intentions, d’attitudes et d’actes subordonné à un autre faisceau qui représente l’eventuelle force illocutionnaire exprimée par le rapporteur” (van Overbeke 473). Hemos dicho que en principio presuponemos una fidelidad en las palabras transmitidas; también decimos que una enunciación que reproduce a otra nunca es “fiel” a ella, sino que la subordina a la finalidad de un nuevo acto de habla (y esto se aplica tanto a la ficción como a otras formas de discurso). El espacio entre estos dos fenómenos es el espacio que queda abierto a la interacción ideológica y retórica del hablante y el oyente.
    Además de la voz del narrador, detrás del personaje puede hacerse visible más o menos involuntariamente la voz del autor: los personajes de algunos autores hablan todos de una manera idénticamente inverosímil, la “manera” del autor. Esto se suele señalar como un defecto, pues el personaje queda puesto en evidencia como una simple marioneta.  En tanto que supone la superposición de dos hablantes, el discurso directo siempre es potencialmente una complicación de la estructura narrativa. Las palabras de los personajes proyectan un nuevo estrato de los objetos (object stratum en Ingarden, Literary Work 209) que puede incluso constituirse en un nuevo nivel de la acción independiente del principal.  “When a text contains an embedded text”, observa Berendsen, “we do not usually speak of direct discourse any more” (“Formal Criteria” 80). Seguiremos la tradición, y hablaremos de discurso (relato) intradiegético cuando un fragmento de discurso directo presenta cierta autonomía o completitud frente a su entorno.  Pero formalmente hablando, no hay diferencia cualitativa entre la introducción de un narrador intradiegético (3.2.1.4 supra) y la cita en discurso directo de las palabras de un personaje: en ambos casos el enunciador principal adopta la palabra y el centro de referencia de un enunciador secundario; en ambos casos, la convención nos lleva a creer que la palabra se cede a un personaje. Algunos críticos ven un problema a la hora de definir qué es un relato intradiegético y qué es un parlamento en discurso directo que no merezca tal nombre.  No vemos que haya aquí un problema específico. El límite entre discurso intradiegético y discurso intradiegético narrativo se determinará del mismo modo que el límite entre discurso y discurso narrativo generalmente hablando.
    Un elemento narrativo unido a la narración de palabras son los verba dicendi que introducen el discurso directo o indirecto y lo atribuyen a tal o cual personaje. Prince (cit. en Berendsen, “Formal Criteria” 81) llama a estas frases introductorias attributive discourse en el caso del discurso directo; Bonheim usa el término clásico de inquit: “The inquit acts as a hinge between passages of speech and the adjacent narrative modes, and belongs properly to the mode of report” (75). El inquit latino estaba restringido a la introducción del discurso directo (Jespersen 290 ss), pero en general los verba dicendi y sus sujetos introducen tanto el discurso directo como el indirecto. No son estrictamente necesarios, pero su ausencia total en el discurso directo suele traer problemas de comprensión, a menos que haya indicios muy claros de qué interlocutor está hablando en cada momento. Hay quien habla en estos casos de estilo directo libre (free direct style).  Existe por otra parte toda una gama literaria de usos de verba dicendi como recurso estilístico, al margen de los más frecuentes en el lenguaje oral (Rozental’ 292).
    Hemos dicho que el discurso directo se lee como la transposición inmediata de las palabras del personaje, sin que sufran alteraciones, interpretaciones o reducciones por parte del narrador. Pero está claro que éste es solamente el caso no marcado; su validez normativa sólo está garantizada por una convención que se puede romper. Hemos visto que no hay una presencia directa de las palabras del personaje, sino, como decía Platón, una imitación, una ilusión de presencia directa.  Un narrador puede presentarnos en discurso directo un parlamento reducido, imitado, traducido, mediatizado por otro personaje, o caricaturizado. Bonheim (57 ss) clasifica en este sentido una serie de fenómenos problemáticos. En estos casos, la presunción de literalidad que acompaña al discurso directo queda suspendida en su valor absoluto, pero sigue interviniendo en la interpretación como un factor manejado por la retórica del narrador. Si no contrastasen implícitamente con la norma no marcada, estos recursos estilísticos no podrían producir el efecto de extrañeza, humor o absurdo al que con frecuencia dan lugar. Puede servir como ejemplo el sarcástico narrador de Lolita de Nabokov, Humbert Humbert, “citando” una carta de amor inoportuna que ha recibido, y contaminándola con una ironía que contrasta con el sentimentalismo de la autora de la carta:

Let me rave and ramble on for a teeny while more, my dearest, since I know this letter has been by now torn by you, and its pieces (illegible) in the vortex of the toilet. My dearest, mon très, très cher (...). (Lolita 68)

Estos fenómenos son juegos reflexivos con la convención que ordena las diversas voces de la narracion, desvelando la convención por el sistema de reducirla al absurdo.
    El discurso directo, lo hemos visto, es un modo dramático, dinámico. Ello hace que su uso haya ido creciendo proporcionalmente en la narración literaria (Bonheim 8): de ser un cuerpo extraño en medio de la narración ha pasado a ser un elemento que compite con ella como modo narrativo.  “Direct speech”, observa Bonheim, “is now one of the most popular of the narrative modes, but it has not always been thought to be an essential ingredient of fiction at all, and some 19th-century narratives do almost wholly without it” (21). Hoy un libro como Mémoires d’Hadrien de Yourcenar se convierte en toda una excepción al no usar en absoluto el discurso directo (Watson 41). No es infrecuente que en la novela del siglo XX se sucedan escenas con un predominio de rápidos diálogos en discurso directo sobre cualquier otro movimiento (cf. Stanzel 65). La trilogía de Beckett Molloy, Malone meurt y L’Innommable es notable por el poco uso que hace del diálogo, pero poco antes Beckett escribe Mercier et Camier, novela con una altísima proporción de diálogo. El narrador se inhibe de tal manera que hay que deducir la acción a partir de las conversaciones de los protagonistas, hechas de intervenciones muy breves, frecuentemente alusivas y enigmáticas. Una novela, pues, que es un caso límite y una parodia de la pasión contemporánea por el diálogo narrativo. 
    Según los datos estadísticos de Bonheim, este uso de nuestra época contrasta con la narración clásica, en la que el discurso directo, si bien no es raro, tiende a concentrarse en largos parlamentos en boca de un personaje insertos en un contexto predominantemente narrativo: una herencia de la tradición retórica, que es un antepasado de la novela con frecuencia pasado por alto.  Bonheim observa que es especialmente vistoso el aumento de frecuencia de los principios y finales de narraciones con discurso directo. En los principios, éste suele ser una especie de fachada atractiva para abrir el relato, y da paso inmediatamente a tipos de exposición más tradicional, como la narración de acontecimientos con abundantes dosis de descripción integrada. Como conclusión (y sin olvidar usos más convencionales de tono moralizante o sentencioso) puede ser una de las formas más espectaculares de presentar un final abierto que escapa al control del narrador (el caso límite sería Changing Places de David Lodge).

3.2.2.3.2.3. Discurso indirecto

Si en el discurso narrado nos referíamos a los actos ilocucionarios o perlocucionarios realizados y en el discurso directo a las palabras pronunciadas, el discurso indirecto se caracterizará por referirse al significado de las palabras o frases pronunciadas (al acto locucionario fático, según la caracterización de Austin). “En el estilo indirecto se habla del sentido (...) del discurso de otro. (...) [E]n este modo de hablar, las palabras no tienen su referencia usual, sino que se refieren a lo que habitualmente es su sentido” (Frege, “Sentido” 53). Las características del discurso indirecto son el cambio de persona, tiempo, modo, y el cambio de la forma de las preguntas, órdenes o peticiones. Así lo define Jespersen (290 ss), quien señala asimismo que puede mezclarse en grados muy variables con el discurso directo. El discurso indirecto no suele demarcarse tipográficamente para diferenciarlo de la narración de acontecimientos; sin embargo, hasta el siglo pasado no era raro el uso de comillas para el estilo indirecto en inglés (Watson 43).
    Genette define al discurso indirecto (discours transposé) como una forma intermedia entre la pura mímesis del discurso directo y la condensación interpretativa del discurso narrado:

Bien qu’un peu plus mimétique que le discours raconté et en principe capable d’exhaustivité, cette forme ne donne jamais au lecteur aucune garantie, et surtout aucun sentiment de fidélité littérale aux paroles “réellement” prononcées: la présence du narrateur y est encore trop sensible dans la syntaxe même de la phrase pour que le discours s’impose avec l’autonomie documentaire d’une citation. Il est pour ainsi dire admis d’avance que le narrateur ne se contente pas de transposer les paroles en propositions subordonnées, mais qu’il les condense, les intègre à son propre discours, et donc lesinterprète en son propre style. (“Discours” 192; cf. Bonheim 21)

En efecto, el elemento interpretativo es mayor en el discurso indirecto que en el directo, y se vuelve cada vez más dominante a medida que avanzamos hacia el discurso narrado. Aún más que en el discurso directo, queda en evidencia que no existe una transformación indirecta pragmáticamente neutra: la modalidad originaria de las palabras citadas en discurso indirecto siempre se ve afectada (van Overbeke 473).
    Stanzel observa que el discurso indirecto es comparativamente raro en la narración literaria; ello parecería contradecir la aparente fluidez de su inserción en la narración de acontecimientos (Theory 68). Pero no es sorprendente: el discurso indirecto no es tan económico gramaticalmente como el discurso narrado o el discurso directo, ni tan dramático como el discurso indirecto libre. De hecho su inserción es sintácticamente más engorrosa que la del indirecto libre, pues la forma más usual del discurso directo requiere su introducción mediante un verbo de habla y en una oración subordinada, dos requisitos que en principio no se dan en el indirecto libre.

3.2.2.3.2.4. Discurso indirecto libre

Como concepto teórico, el discurso indirecto libre no se encuentra claramente definido en la retórica clásica, donde se le incluye bajo el nombre común de sermocinatio (cf. Lausberg, § 432-433) junto con otros fenómenos de multiplicación enunciativa. Las definiciones fundamentales originales son las de Bally (“Le style indirect libre en français moderne”) y Marguerite Lips (Le style indirect libre); cf. también el “relato representativo” de Eïjenbaum (“Manteau” 213). Se suele caracterizar el indirecto libre como una forma de discurso indirecto que reproduce con mayor fidelidad las palabras o pensamientos del personaje insertándolos sin embargo en un discurso procedente del narrador: lo que Hernadi llama una perspectiva dual (“Dual Perspective”). Lozano, Peña-Marín y Abril hablan de dos enunciaciones que son gramaticalmente una; Stanzel considera que pierde significación la oposición entre primera y tercera persona (Theory 110), y para Chatman (Story and Discourse 201) las voces del narrador y el personaje se unifican o neutralizan. Estas descripciones pueden ser confusas si se entiende que hay una simple anulación de la oposición “persona”. Después de todo están refiriendo la definición del indirecto libre a una oposición entre dos enunciaciones: y esta oposición que pretenden suprimir está dialécticamente implicada en su superación. 
    Voloshinov señala que el problema de las formas del indirecto libre no se debe enfocar como una cuestión tipológica abstracta, sino como fenómeno de generación simultánea del lenguaje y de la subjetividad. Su estudio sociolingüístico del indirecto libre en El marsixmo y la filosofía del lenguaje es crucial para una comprensión del discurso indirecto libre como un acto de habla intertextual. Para Voloshinov, el elemento valorativo es esencial en la generación del discurso indirecto libre, y tal valoración adopta infinitos matices basados en los valores y discursos sociales enfrentados en el dialogismo cultural. Es por tanto a esta función ideológica a lo que deberá ir encaminado el análisis crítico de un fenómeno dado de combinación entre dos actos de habla. Aquí, sin embargo, debemos limitarnos a estudiar la estructura formal de los recursos discursivos que son el vehículo de estos fenómenos ideológicos ideológicas.
    Según Hernadi, “la aplicabilidad del modo de narración dual va desde el discurso sustitutivo (...) a través del pensamiento sustitutivo (...) hasta la percepción sustitutiva” (Teoría 152). En efecto, el discurso indirecto libre suele ir asociado a la presencia de personajes focalizadores,  y Ducrot ha señalado cómo a veces una indeterminación entre lo que se dice y lo que se piensa es crucial para la definición de los efectos del indirecto libre.  Sin embargo, aquí distinguiremos en principio entre las dos formas, pues también en este sentido es necesario describir su diferencia antes de la anulación de esa diferencia. Discurso indirecto libre y pensamiento indirecto libre son potencialmente diferenciables, y por tanto sólo hablaremos de discurso indirecto libre en tanto en cuanto el narrador recoja palabras enunciadas por el personaje (para el pensamiento, cf. 3.2.2.3.3 infra). Bal ha establecido así una diferenciacion entre la narración focalizada por un personaje y el discurso indirecto libre:

dès que, dans le texte du narrateur, nous rencontrons une indication de l’opinion d’un acteur, il s’agit, aux yeux de DoleΩel et de Schmid, d’un état intermédiaire entre les deux textes. Schmid appelle ce phénomène Textinterferenz, interférence de textes. En fait, il n’est pas nécessairement question, dans un tel cas, d’un changement de parole, donc de texte. (...) Ce qui change, cela peut aussi bien être la vision. Le narrateur ne fait alors que raconter l’opinion de l’acteur, et s’il y a interférence, celle-ci n’est pas interférence de textes. (Narratologie 11; cf. “Laughing Mice” 207 ss).

Si insistimos en definir los efectos de cambio de nivel de focalización como una interferencia de textos, como hace Bronzwaer (“Bal’s Concept” 197 ss), tendremos que admitir que en el caso de la focalización inserta el texto es un texto virtual, creado por el narrador como “the expression of [the character’s] focalization”.  Por el contrario, en el caso del discurso indirecto libre debemos interpretar que el narrador imita unas palabras realmente pronunciadas por el personaje: el texto está presente como tal texto ya en la acción. Y es el narrador quien ha de imitar la voz del personaje, no el autor en cuanto creador del personaje. Pero el status del discurso directo puede ser notablemente complejo, aun en la no ficción. Así, Boswell nos dice de sus anécdotas de la vida de Samuel Johnson que “the authenticity of every article is unquestionable. For the expression, I, who wrote them down in his presence, am partly answerable”.   Ello no le impide transcribir las palabras de Johnson en discurso directo: son aceptadas por convención como pronunciadas por Johnson (y como muy características de él en cuanto a su expresión, por cierto). Vemos así cómo una obra con voluntad estrictamente referencial admite sin embargo dentro de sí una estructura narrativa ficcional.
    Los rasgos formales del discurso indirecto libre son muy variables. Banfield  pretende que no se hallan en el indirecto libre las formas lingüísticas típicas de una comunicación yo-tú entre dos interlocutores: no habría pronombres de segunda persona, ni marcadores discursivos del tipo “francamente”, etc. Genette ha señalado lo absurdo de esta teoría, según la cual no podría además darse el discurso indirecto libre en una narración autodiegética (Nouveau discours 36-37). Según algunos teorizadores, el discurso indirecto libre conserva las transposiciones temporales del discurso indirecto y los deícticos (“ahora”, “éste”) nos orientan con relación al personaje, y no al narrador.  No sería difícil encontrar ejemplos que desmintiesen esta afirmación, a pesar de que es cierta si nos atenemos a un criterio estadístico. Es preferible proponer una serie de rasgos distintivos posibles que podrían entrar en variadas combinaciones: el tiempo narrativo y la referencia pronominal gozarían de cierta centralidad, pero podrían desaparecer, en cuyo caso otros rasgos en principio periféricos (la deixis espacial, las peculiaridades léxicas) devendrían decisivos para la identificación del indirecto libre.  Según Genette,

la différence essentielle est l’absence de verbe déclaratif, qui peut entraîner (sauf indications données par le contexte) une double confusion. Tout d’abord entre discours prononcé et discours intérieur (...). Ensuite et surtout, entre le discours (prononcé ou intérieur) du personnage et celui du narrateur. (“Discours” 192)

Para nosotros la ausencia de verbo declarativo es un rasgo central, no esencial. La ambigüedad que observa Genette se debe también a la ausencia de marcas fijas y la variabilidad de las formas del discurso indirecto libre; también puede resultar en una ambigüedad sobre si lo que encontramos es discurso, palabras pronunciadas por el personaje, o pensamiento indirecto libre, verbalizado en mayor o menor medida por el narrator.  Pero como apunta Genette posteriormente, no son tan frecuentes los auténticos problemas de atribución:

On a (...) beaucoup insisté (les vosslériens [...], Hernadi, Pascal) sur la valeur d’empathie, entre narrateur et personnage, de la fameuse ambiguïté; à cela, Bally et Bronzwaer opposent justement la présence presque systématique d’indices désambiguïsants (Nouveau discours 37).

    El uso del indirecto libre no implica, ni mucho menos, que haya una comunidad de sentimientos o de opiniones entre narrador y personaje, como se afirma a veces.  De hecho, es muy frecuente la asociación de esta variedad discursiva a la ironía narrativa sobre el personaje. Podemos afirmar con Berendsen que no existe conexión necesaria entre la simpatía del narrador y el uso del indirecto libre. Este es sencillamente “a cue that an embedded point of view is presented, and whether the primary narrator-focalizor agrees or disagrees with [the character] is completely irrelevant” (“Teller” 143 ss). Lo que sí suele haber, por contraste con el discurso del narrador, es un fuerte elemento emocional en el lenguaje, que dependiendo del contenido puede trabajar a favor o en contra del personaje. Según Cohn, esto es aplicable tanto al discurso indirecto libre como al pensamiento indirecto libre que trataremos más adelante:

Precisely because they cast the language of a subjective mind into the grammar of objective narration, they amplify emotional notes, but they also throw into ironic relief all false notes struck by a figural mind. (Transparent Minds 117).

    Fenómenos de este tipo se dan también en la lengua hablada: el indirecto libre no es un fenómeno esencialmente literario, como se sostiene a veces (por ejemplo Genette, Nouveau discours 36). Como técnica literaria, el discurso indirecto libre está ligado a la novela del siglo XIX, siendo Jane Austen la primera que lo utiliza abundante y magistralmente: es un fenómeno estilístico que, como ciertos tipos de perspectivización en el nivel del relato, va unido históricamente a las formas ideológicas propias de la modernidad: presupone una organización narrativa en torno a la subjetividad, la individualidad del personaje, y su contraste con una voz narrativa autorizada.  Ello no quiere decir que el discurso indirecto libre no apareciera con anterioridad al momento de su triunfo histórico, pero era utilizado raras veces y de manera no sistemática. 
    Ahora bien, algunos tipos de desviación a partir del discurso indirecto “estándar” son más comunes que otros, y muchos sin duda sí son puramente literarios. Aún más: propios de la literatura escrita, pues a veces su procesamiento requiere una concentración y una finura a la que no se presta la comunicación oral. Bronzwaer ofrece un curioso ejemplo: en la versión de Great Expectations preparada para sus lecturas públicas, Dickens simplificó notablemente el complejo juego de uso de los deícticos en torno a dos puntos focales (el yo narrador y el yo narrado), restringendo el punto de orientación al más evidente, el del narrador: “In the novel, we are invited to identify with Pip; in the reading version, with Mr. Pirrip” (“Implied Author” 16).
    No es sorprendente que las formas puramente literarias de indirecto libre hayan contribuido a crear identificadores del discurso indirecto libre que sólo tienen aplicación en la lengua escrita. Algunos rasgos distintivos del indirecto libre son, pues, puramente grafológicos: se refieren a convenciones tipográficas. El uso de comillas, hoy restringido al discurso directo, solía extenderse en siglos pasados al discurso indirecto o al indirecto libre (Bonheim 61). De modo comparable, un escritor experimental de hoy (como Beckett en la trilogía, o Anthony Burgess en A Dead Man in Deptford)puede renunciar al uso de las convenciones tipográficas que identifican al discurso directo, produciendo así un cruce peculiar entre el discurso directo y el discurso indirecto libre. 

3.2.2.3.3. Narración de pensamientos

Las formas diferenciadas de la narración de pensamientos van ligadas al fenómeno que se ha llamado “interiorización” de la novela, su gradual acercamiento a los aspectos más íntimos y subjetivos de la experiencia. Recordemos que la novela es ya de por sí un género subjetivo, frente a la objetividad épica ; algunas de sus formas más características van por tanto unidas a la representación de la experiencia subjetiva.  Muchos tipos de narración de pensamientos son fenómenos restringidos a la narración literaria. “Die epische Fiktion”, señala Käte Hamburger, “ist der einzige erkenntnistheoretische Ort, wo die Ich-Originität (oder Subjektivität) einer dritten Person als einer dritten dargestellt werden kannt” (Hamburger 73). Las implicaciones culturales de este fenómeno son importantes. Si la novela es un laboratorio de la representación, donde se acuñan nuevas formas de percepción y donde cristalizan nuevas perspectivas sobre la realidad,  las implicaciones para el sujeto de este proceso (autor o lector), sujeto humano fluido y en perpetua configuración, son notables. En palabras de Vernon Lee,

in all those things, those finer details of feeling which separate us from the people of the time of Elizabeth, nay, from the people of the time of Fielding, who have been those that have discovered, made familiar, placed within the reach of the immense majority, subtleties of feeling barely known to the minority some hundred years before? The novelists, I think (...) the modern human being has been largely fashioned, in all his more delicate peculiarities, by those who have written about him; and most of all, therefore, by the novelist.

A pesar del lenguaje un tanto idealista (el sentimiento, el énfasis primordial sobre la representación literaria) no es difícil reconocer aquí algunos elementos relevantes para una teoría de la narración como self-fashioning o construcción semiótico-cultural de los sujetos.
    Sin embargo, las formas estrictamente lingüísticas a que dan lugar la peculiaridad fenomenológica de la novela y su exploración de la subjetividad no son radicalmente novedosas. El pensamiento funciona de modo similar al lenguaje a la hora de su clasificación narrativa.  Nociones como discurso directo, discurso indirecto y discurso narrado se podrían aplicar tanto a la narración de palabras como a la de pensamientos. Hansen (cit. por Bonheim, 4) distingue el pensamiento indirecto (Gedankensreferat) del discurso indirecto (Redereferat). Genette observa que el “análisis” de pensamientos de la novela psicológica tradicional equivale a una extensión del pensamiento narrado (narrativisé). El monólogo interior del siglo XX, por el contrario, es una forma emparentada con el discurso directo. De modo similar, Bonheim (50) propone clasificar el discurso de los personajes en base a dos criterios: tendremos por un lado el eje discurso directo / discurso indirecto; por otro, el eje discurso interior (pensamiento) / discurso exterior. Los cuatro tipos principales que surgen de esta clasificación son el discurso directo, el pensamiento directo, el discurso indirecto y el pensamiento sustitutivo (substitutionary thought). Lanser (212) presenta un equivalente más desarrollado de estos ejes. La “profundidad de visión” se daría en multitud de grados diversos desde del inconsciente a la verbalización, pasando por distintos grados de pensamiento preverbal y de endofasia. Cada una de estas fases podría presentarse de una manera más directa o más narrativizada, según las diversas gradaciones que van de lo narrado a lo directamente presentado.
     Dorrit Cohn propone que se distingan en el pensamiento tres fases de integración al texto del narrador (que corresponden aproximadamente a los tipos de discurso de Genette). En la narración heterodiegética (third-person narrative) las denomina quoted monologue (≈ discurso directo), narrated monologue (≈ discurso indirecto libre) y psycho-narration ( ≈ discurso narrado o discurso indirecto). La narración homodiegética (first-person narrative) presenta equivalentes formales: “psycho-narration becomes self-narration (...) and monologues can now be either self-quoted or self-narrated” (14). Tras esta simetría formal hay que ver, sin embargo, una gran diferencia de sentido entre las formas homodiegéticas, “naturales”, y las heterodiegéticas, que, como observa Hamburger, son propiamente literarias. Las primeras tienen un valor rememorativo que no se da en las segundas, al no haber identidad entre el personaje y el pasado del narrador. Aun teniendo en cuenta esta diferencia, que por otra parte no se limita al ámbito de la narración de pensamientos, es útil hablar de la narración de pensamientos de modo paralelo a la narración de palabras, distinguiendo dos polos: el pensamiento directo y el pensamiento narrado, entre los cuales se sitúan las variadas formas de pensamiento indirecto y pensamiento indirecto libre.
    Bonheim señala que las convenciones en la narración de pensamientos devienen cada vez más complejas en la literatura contemporánea a medida que se interioriza el fenómeno narrado. Los escritores han de romper las convenciones gramaticales existentes, y aun las mismas convenciones literarias que otros autores han propuesto anteriormente. Hay un límite a la ruptura de convenciones, la inteligibilidad. Así, cualquier innovación en la técnica narrativa es un compromiso entre la voluntad innovadora y la gramaticalidad (tanto lingüística como literaria; cf. Bonheim 69). Pero la inteligibilidad y la “gramaticalidad” literaria son límites móviles, pues la técnica que se consideraba ilegible o vanguardista en su momento es a veces asimilada por una diversidad de autores y se vuelve un tanto menos desconcertante. Acto seguido presentamos a grandes rasgos algunos de los principales tipos de narración de pensamientos usados en la narración moderna.

3.2.2.3.3.1. El pensamiento narrado - El pensamiento indirecto

Aunque se trata potencialmente de fenómenos aislables, suelen darse juntos en la técnica narrativa denominada por Cohn psycho-narration o self-narration (refiriéndose a la narración heterodiegética y homodiegética, respectivamente). Naturalmente, nos estaremos refiriendo tan sólo a la reproducción del aspecto verbal de los pensamientos. Pero lo verbal puede ser sólo una pequeña parte de la conciencia de un personaje. La vida psíquica, como señala Cohn, no se limita a la palabra interior, y no puede tratarse sólo con aquéllos conceptos gramaticales. Decisiones, sentimientos, fantasías, etc. no son forzosamente verbales. Esto es tanto más cierto cuanto más profundo es el nivel de pensamiento que se desea representar.
     El pensamiento indirecto o narrado es una forma clásica de exploración de la conciencia del personaje, y no tiene el tono de técnica vanguardista característico del monólogo interior. En conjunto es semejante al discurso indirecto o narrado. Hay algunas diferencias obvias, sin embargo. Los pensamientos no son introducidos por verbos de habla; los verbos de pensamiento no son verbos de comunicación.

If (...) indirect discourse represents thoughts, it is introduced by other classes of verbs that take that-clauses:
    1 - emotives like “to regret” and “to be delighted”
    2 - verbs of inference like “to deduce” and “to prove”
    3 - epistemic predicates like “to believe” and “to realize”
                    (Berendsen, “Formal Criteria” 85)

Bal engloba todos estos fenómenos en su concepto de focalización: cualquier representación de la actividad mental (no discursiva) de un personaje en el discurso del narrador sería un fenómeno de focalización. 
    Según la definición de Cohn (Transparent Minds 21 ss), en esta técnica es evidente y fundamental la actividad del narrador, analizando e interpretando los pensamientos del personaje además de informarnos sobre ellos; es una técnica que se presta además al resumen, a la compresión y abstracción generalizadora, producto todo ello de la actividad del narrador. El uso de un narrador superior al personaje permite una profundidad de reflexión y de análisis mucho mayor que la de técnicas más dramáticas. Ello lleva a Cohn a afirmar su mayor inclusividad en cuanto a la variedad de fenómenos mentales así presentados:

contrary to a widely held belief, the novelist who wishes to portray the least conscious strata of psychic life is forced to do so by way of the most indirect and the most traditional of the available modes. (Cohn, Transparent Minds 56)

Pero esto no parece necesario. El pensamiento directo o monólogo interior puede revelar dramáticamente todo lo que en el caso del pensamiento narrado queda a cargo del comentario y análisis del narrador. El inconsciente del personaje queda entregado a la tarea analítica del lector. Naturalmente, la tarea del lector (y del autor) se complica en extremo: lo revelado depende en parte del poder de interpretación del destinatario de la revelación, pero eso es otra cuestión más de hermenéutica general que de narratología. La diferencia básica entre el pensamiento dramatizado y el tamizado por el narrador está en que el pensamiento directo o monólogo interior se ata a la exposición  literal de la superficie verbal o sensorial de la consciencia; el pensamiento narrado o indirecto interpreta  palabras, impresiones sensoriales, emociones, inclinaciones, en un análisis total de la vida psíquica del personaje. No se obvia así empero el problema hermenéutico: decía T. S. Eliot que el destino de toda interpretación es ser interpretada de nuevo.
    Genette señala que en el caso de pensamientos no verbales ya no estamos hablando de narración de palabras, sino de narración de acontecimientos. Lo que no tiene sentido es distinguir formas propias de una narración de pensamientos (Nouveau discours 42). Por lo mismo, no podemos decir que tengamos en el caso del pensamiento indirecto un fenómeno claramente delimitado, una forma exclusivamente destinada a la narración de pensamientos; sus fronteras con la narración de acontecimientos son muy borrosas (Cohn, Transparent Minds 12).
   
3.2.2.3.3.2. El pensamiento directo y el monólogo interior

Hablaremos de pensamiento directo cuando nos enfrentemos a un párrafo que recoge directamente la consciencia de un personaje, enmarcado dentro de un texto perteneciente a otra modalidad narrativa. 
    El pensamiento directo suele aparecer, como el discurso directo, entre comillas; el uso es sin embargo bastante laxo (Bonheim 64). Un texto que prescinda de las señales más obvias de transición entre el discurso del narrador y el pensamiento directo del personaje puede parecer desconcertante a primera vista. En la mayoría de los capítulos de Ulysses es ésta la técnica utilizada (y no el monólogo interior): un discurso de un narrador anónimo y el pensamiento directo del personaje, que se suceden sin enlace aparente, sin comillas ni verba dicendi (o mejor, cogitandi; cf. Cohn, Transparent Minds 62 ss). Sus diferencias con el discurso hablado son bien conocidas, y se deben a la voluntad de imitación del lenguaje interior. A primera vista, encontramos una fragmentación sintáctica.  Vygotsky  señala cómo se suprimen los “sujetos” de las oraciones y se conservan sólo los “predicados”. Como observa Cohn, no se refiere Vygotsky a los sujetos gramaticales, sino a los sujetos “psicológicos”; más bien deberíamos decir que se suprime la redundancia del tópico (herramienta comunicativa que no tiene sentido en la endofasia) y se nos proporciona un texto que parece una superposición atropellada de comentos.  Un análisis semántico más detenido nos revelaría el grado en que las ideas están sometidas a ligazón asociativa y no deliberada por parte del personaje. Esta reproducción permite una dramatización de la mente del personaje, más o menos sutil y elaborada (Cohn 76 ss). Toda reproducción del pensamiento es, por supuesto, una estilización forzosa, que puede producir una mayor impresión de realidad, pero que siempre simplifica la complejidad de los procesos psicológicos (empezando ya por el problema de representar los elementos no verbales de la consciencia). Los “pensamientos” de la novela decimonónica nos chocan hoy por su verbalidad y su evidente organización retórica. Como observa Cohn, un caso extremo de voluntad mimética está representado por Joyce y algunos de sus seguidores. El inconveniente de esta técnica es la relativa ininteligibilidad a la que acaba conduciendo. La gran corriente novelística post-Joyceana (desde Faulkner) recurre a técnicas intermedias, que si en cierto modo son una simplificación del pensamiento directo tal como fue usado por Joyce por su mayor legibilidad, en otro sentido utilizan  ese recurso junto con otros ingredientes, y pasan con ello a ser una forma más compleja  (cf. 3.2.2.3.2.3 infra).
    Frente al pensamiento directo, el monólogo interior es algo más que una técnica narrativa; según Dorrit Cohn, deviene un género narrativo independiente (Transparent Minds 15). La primera definición del monólogo interior parece ser la de su “inventor” Edouard Dujardin:

discours sans auditeur et non prononcé par lequel un personnage exprime sa pensée la plus intime, la plus proche de l’inconscient, antérieurement à toute organisation logique, c’est-à-dire en son état naissant, par le moyen de phrases directes réduites au minimum syntaxial, de façon à donner l’impression du tout venant. 

Vemos que ya se resalta el parentesco con el estilo directo. En esta definición hay algunas paradojas (por ejemplo, el concepto de “expresión” o la ecuación monólogo interior = pensamiento íntimo = preconsciente) que serán evitadas por definiciones posteriores, como la de Robert Humphrey:

Interior monologue is (...) the technique used in fiction for representing the psyche content and processes of character, partly or entirely unuttered, just as these processes exist at various levels of conscious control before they are formulated for deliberate speech. (Humphrey 24)

El fenómeno que nos interesa aislar aquí es en particular lo que Humphrey denomina monólogo interior directo: “direct interior monologue is that type of interior monologue which is represented with negligible author interference and with no auditor assumed” (Humphrey 25). La única mente que conocemos es la del personaje: su monólogo no va inserto en una narración marco en boca de otro narrador. La narración consiste así únicamente en los pensamientos del personaje, que se convierte así en una especie de narrador involuntario. El monólogo interior directo presenta una interesante excepción a la motivación comunicativa del texto narrativo (cf. Humphrey 3). Como en muchos otros casos, el texto del autor difiere ampliamente de la narración del narrador. Pero ¿tenemos derecho en este caso a hablar de narrador? No, en el sentido habitual y coloquial del término; sí, en el sentido específico que aquí damos a ese término.
     Obviamente, el problema del monólogo interior es distinto en este punto del que nos planteaba la narración impersonal (3.2.1.2 supra). En aquel caso, el texto se identificaba sin lugar a dudas con un texto narrativo; el monólogo interior no es una actividad narrativa para sus sujeto: las palabras ficticias no proceden de un speaker (cf. J.-K. Adams, 3.1.4.2 supra); el contexto comunicativo y el oyente no están “implícitos” o “ausentes”, sino descartados de entrada. El lenguaje no aparece en el monólogo interior como aquello que nos permite comunicarnos, sino como aquello que somos. No hay enunciador, no hay enunciación, no hay receptor. El “narrador” no habla ni escribe, ni “narra” en un sentido abstracto, ni realiza tipo alguno de acto de habla: piensa y percibe.  Conocemos su pasado a través de sus pensamientos, pero no porque nos lo narre: más bien exclama sobre él o lo comenta (mentalmente). Conocemos sus acciones presentes por deducción, pero si se las narra a sí mismo de una manera que no se corresponde con una representacion creíble del pensamiento real, sino que está encaminada a facilitar la comprensión del lector, la motivación fracasa: es lo que sucede en Les lauriers sont coupés de Dujardin, la obra inaugural de esta técnica.
    El monólogo interior se distingue de la narración tradicional por representar un fenómeno no comunicativo; por ello, se hacen especialmente evidentes “las limitaciones de una palabra estructurada en y por la comunicación” (Kristeva, Texto 144). Adaptaremos nuestros términos a la descripción de esta situación postulando que la narración (entendida como la actividad del sujeto de un texto de ficción que permite la reconfiguración narrativa realizada por el lector) no es forzosamente un fenómeno comunicativo, aunque siempre es instrumentalizada ulteriormente con fines comunicativos (literarios) a un nivel estructuralmente superior. También podremos llamar narración al discurso producido por esta actividad, entendiendo que en este caso extirpamos de los términos “narrador” y “narración” todo matiz de deliberación y toda intención comunicativa. En cuanto al narratario, consideraremos que no existe en el caso del monólogo interior puro. Puede haber narratarios virtuales, interlocutores imaginarios (cf. Cohn, Transparent Minds 229 ss), pero no son necesarios. Salvo en la medida, por supuesto, en que se considere inscrito al “Otro” en la naturaleza misma del lenguaje monológico:

Collapsing the normal dichotomy of speech, in which “you” always refers to the person spoken to, “I” to the person speaking, monologic language makes these two persons coincide, each pronoun containing the other within itself. (Cohn 90).        
   
En todo caso, el narratario desaparece aquí como un sujeto diferenciado del narrador. No es de hecho un caso radicalmente distinto a otros casos en que la narración funciona como sistema de comunicación del sujeto consigo mismo o de su yo consciente con otros elementos de su estructura psíquica. En la escritura automática, diarios secretos, etc. el narratario es en principio el propio narrador; también pueden surgir narratarios virtuales más o menos diferenciados, en la medida en que haya producción deliberada del discurso con  intención comunicativa, ya sea ésta plena, inconsciente, o retórica. Y hay de hecho un elemento de autocomunicación en cualquier actividad narrativa, aun si va dirigida a un narratario externo claramente individualizado. Todo esto subraya el parentesco entre un fenómeno psíquico “no narrativo” como el monólogo interior con otras formas más habituales de la narración. A pesar de sus peculiares características, el monólogo interior literario es un modalidad narrativa, pues posee las características fundamentales que hemos venido señalando en los textos narrativos: un discurso verbal que nos hace acceder a un relato y a una acción.   Las características peculiares del monólogo interior hacen que Dorrit Cohn lo clasifique como un género narrativo aparte cuando no va incluido en un marco narrativo diferente (en cuyo caso sería una técnica narrativa; cf. Transparent Minds 15). Es “a meeting-place, or better, a vanishing point, for anti-narrative tendencies of all sorts contained within narration itself” (174).
    Ya hemos señalado algunas de esas tendencias cuando contraponíamos la dramatización a la narración (2.4.1.1 supra). Cohn señala la proximidad del monólogo interior autónomo tanto al drama como a la lírica.  Como en el drama, el personaje (narrador) aparece ante nosotros inmediatamente, se ofrece a nuestra interpretación. No se nos describen las características de la personalidad del personaje, sino que las deducimos directamente de sus pensamientos y asociaciones de ideas, los fenómenos que atraen su percepción, su vocabulario, etc. Tal es la intensidad de la presencia del personaje que Pouillon (111 ss) prefiere hablar de “participación” y no de “dramatización”. Las posibilidades interpretativas son infinitas si el personaje está bien construido, si tiene un “idiolecto mental” consistente. 
    Otro rasgo antinarrativo ya hemos señalado: al contrario que los narradores convencionales, el narrador del monólogo interior medita o exclama, pero no narra: Cohn señala que la secuencia “yo + verbo de acción”, base del modo narrativo en primera persona, es tabú en el monólogo interior que se precie de tal. El lenguaje del monólogo es predominantemente emotivo, y choca por ello con las necesidades referenciales propias de la narración (Transparent Minds  220, 227, 208). El monólogo interior representa así un límite posible y una culminación lógica de la evolución de la novela, que ya desde su origen evolucionaba hacia un alejamiento de lo estrictamente (lingüisticamente) narrativo para desarrollar una narratividad sui generis, una narratividad propiamente literaria.  La desviación sistemática respecto de las previsiones del sistema lingüístico acaba por constituir un sistema nuevo, una gramaticalidad peculiar de la narración literaria (cf. van Dijk, Text Grammars 199 ss).
    Tanto el soliloquio como el monólogo interior se sitúan en la tradición de la literatura “mimética inferior” tal como es definida por Frye. El modelo es la lengua oral. Denham habla de un “neurotic, compulsive babble of the ego, as in Dostoevsky’s Notes from Underground and in Beckett” como una de las derivaciones del uso literario del lenguaje coloquial y familiar.  La tendencia a imitar el lenguaje corriente y reciclarlo con fines literarios se lleva aquí a un límite.
    Una complicación del monólogo interior viene cuando toma como motivación el pensamiento de un personaje en el curso de su vida activa. Allí la asociación espontánea de ideas debe mezclarse con impresiones visuales, diálogo, etc., procedentes del exterior. Es la diferencia, a grandes rasgos, entre el monólogo nocturno de Molly Bloom y el pensamiento directo diurno de Bloom, que debe refugiarse en una narración en tercera persona que dé cuenta de la realidad objetiva que le rodea. El riesgo de incomprensibilidad sería mucho mayor en el segundo caso, de no recurrir a un modo narrativo diferente del monólogo interior (cf. Cohn, Transparent Minds 232 ss).
    El narrador no tiene por qué ser consciente de su actividad mental, pero no es éste un requisito imprescindible. Este problema está ligado al sentido exacto que se atribuye a las palabras en el monólogo interior. Esas palabras, ¿son literalmente acción, son efectivamente pensadas por el personaje, o son sólo discurso, una representación verbal de un fenómeno no verbal? Observemos que en este último caso la motivación intradiegética del discurso sería menor: el personaje no sería responsable de la verbalización de sus pensamientos. Julia Kristeva parece creer que el monólogo interior es no verbal, por definición: “la novela se debate contra el signo (la palabra) quedándose en la palabra (en la “phoné” considerada como la expresión de una idea anterior a su formulación lingüística)”.  Ya hemos visto la postura contraria. Cohn opina que, al contrario, el monólogo interior es comparable al pensamiento directo, y representa en principio un fenómeno (si bien mental) verbal:

The phenomenon that interior monologue imitates is, contrary to its reputation, neither the Freudian unconscious, nor even the Jamesian stream of consciousness, but quite simply the mental activity psychologists call interior language, inner speech, or, more learnedly, endophasy. (Transparent Minds 77)

Pero no siempre tiene que ser así. Por su naturaleza ficticia, puede el monólogo interior imponer un patrón verbal a fenómenos no verbales, propios incluso del más profundo subconsciente. Puede, por ejemplo, revelar la multiplicidad de impulsos que subyacen a la aparente unidad del yo, disgregando al narrador en un haz de voces que se alternan, se superponen, se contradicen. O, más moderadamente, puede reproducir las distintas líneas de pensamiento presentes a la consciencia simultáneamente, pasando la atención de una a otra (cf. Cohn 92).
    Cohn  observa que pueden darse diversos tipos de monólogo interior, según se nos transmita un pensamiento más o menos verbal, o bien más o menos consistente en percepciones o imágenes. Por eso, arguye Cohn, no se pueden identificar sin más las variedades de focalización interna con categorías lingüísticas:

One of the drawbacks of this approach is that it tends to leave out of account the entire nonverbal realm of consciousness, as well as the entire problematic relationship between thought and speech.

    Pero de hecho el monólogo interior no tiene por qué someterse de manera “realista” a la representación de ningún fenómeno psicológico. Al igual que la narración, fenómeno comunicativo, es instrumentalizada y deformada de diversas maneras para proporcionar una motivación intradiegética al texto narrativo, el monólogo interior puede ser (es de hecho) una simple apariencia de transcripción de fenómenos psíquicos, y presenta formas paradójicas que se hallan a mitad de camino entre lo psíquico y lo puramente textual, formas imposibles de justificar intradiegéticamente. Kawin descubre este fenómeno en las obras de Faulkner, que ocultan un misterioso transcriptor del mónólogo interior de sus personajes: “[t]his transcriber may be described as the textuality of Quentin’s or Benjy’s consciousness, or the agency of their having been made textual” (257). Esta instrumentalización da lugar a una forma emparentada con el monólogo interior, el soliloquio.


3.2.2.3.2.3. El soliloquio


Humphrey define el soliloquio como una simulación de situación comunicativa: “although it is spoken solus, it nevertheless is represented with the assumption of a formal and immediate audience” (Humphrey 35). Presenta, por tanto, una combinación de características del monólogo interior y del discurso narrativo coloquial: una mayor coherencia e inteligibilidad que el primero, y una asociación de ideas extrañamente libre para el segundo. Humphrey lo presenta como una técnica ecléctica, que permite utilizar las adquisiciones del monólogo interior sin por ello romper con la narración tradicional (cf. también Cohn, Transparent Minds 216). Está claro que este eclecticismo puede dar lugar a formas “inverosímiles”. Por supuesto, el monólogo interior es de por sí inverosímil como es inverosímil la narración autorial omnisciente. Pero el caso del soliloquio es aún más provocativo: conocemos los pensamientos de un personaje por medio de un texto que no se presenta explícitamente ni como un escrito del personaje, ni como una transcripción de sus pensamientos, ni siquiera como un harto convencional monólogo dramático. Un texto, sin embargo, que combina características de todos estos fenómenos: su motivación es múltiple, ambigua, problemática. Algo parecido sucede, en menor grado, con la forma original de este tipo de fenómenos: los monólogos dramáticos o las “exclamaciones” de la novela del siglo XVIII o de la primera mitad del XIX, donde los personajes novelescos meditan en voz alta y nos comunican sus pensamientos (cf Cohn 58 ss). Ambos son una verbalización forzada de los pensamientos del personaje, debida a exigencias del guión. Imaginemos ahora la extensión de este fenómeno al conjunto del texto narrativo, y tendremos una primera forma del soliloquio.   El término “soliloquio” es un mal menor a la hora de clasificar estos textos a veces contradictorios en su propio interior, que se presentan tan pronto como pensados, hablados o escritos (cf. Cohn 176). Por supuesto, el problema del receptor es paralelo (Cohn 178 ss). ¿Oyente imaginario, virtual? ¿Identidad de narrador y narratario? Cada soliloquio define su propia fórmula en este sentido.
    Una variedad, entre otras, será el memory monologue descrito por Cohn. Algunas obras de Faulkner o Claude Simon (As I Lay Dying, La Route des Flandres), son ejemplos canónicos. En ellas, “the monologist exists merely as a disembodied medium, a pure memory without clear location in time and space”.  Estos textos con frecuencia presentan complejos problemas de análisis. El momento de narración suele ser virtual: es decir, la narración en primera persona puede no ser un acontecimiento de la acción, al contrario de lo que sucede en cualquier otra narración homodiegética. Así sucede en los monólogos de As I Lay Dying.
    Los casos mixtos son innumerables. Podemos tener una narración homodiegética autobiográfica perfectamente normal de no ser porque el personaje no ha podido escribirla en ningún momento, por incapacidad o defunción, como en L’Étranger. Es lo que Tacca llama “escritura numénica” (128). Podemos tener una narración escrita perfectamente motivada y coherente, pero que imita deliberadamente al estilo oral o incluso a la asociación mental de ideas (ya desde Tristram Shandy) de tal manera que deviene problemática. “The more digressive a fictional autobiographer,” observa Cohn, “the greater his likeness to a monologist” (Transparent Minds 187). También se da el caso inverso, un texto en apariencia no problemático que es traicionado por una pequeña incoherencia temporal o perspectivística. Para Cohn, los narradores de la trilogía de Beckett ejercen esta problemática modalidad narrativa:

Beckett’s narrators—Molloy, Moran, Malone—though they often mention working with pencil and paper, also “sound” more like monologists than like authors. For their ultimate successor, the Unnamable, the origin of the text remains undecided, though it is discussed at some length. His immobile position, “seated, my hands on my knees,” let alone his identity as “a big talking ball,” offers little promise for the scribal act. “How, in such conditions, can I write, to consider only the manual aspect of that bitter folly? I don’t know.” And yet, he reasserts as a fact: “It is I who write, who cannot rise my hand from my knee. It is I who think, just enough to write, whose head is far.” We have here a last, ironically twisted vestige of the traditional imperative to motivate the connection between head and hand—in a text that, in most other respects, abandons all semblance of realistic motivation. (Transparent Minds 177)

Es conocida la crítica de Lukács a Beckett como el representante por excelencia de la inesencialidad de la vanguardia moderna, que se pierde en el subjetivismo y en técnicas abstrusas sin llegar a la gran meditación integradora sobre el mundo contemporáneo que se da según Lukács en las grandes obras realistas. A ello se ha respondido que a pesar de la aparente no referencialidad histórica de las obras de Beckett, alusivas a un mundo abstracto o ahistórico, estas obras son objetivamente polémicas en tanto que creaciones históricas: lo son por su estructura misma, expresión inevitable y magistral de la condición alienada del sujeto moderno.  Las auténticas obras de vanguardia, como el monólogo interior o el soliloquio, no han de preocuparse por su justificación histórica: la llevan impresa en su misma forma.

3.2.2.3.2.4. El pensamiento indirecto libre


Los teorizadores suelen englobar el pensamiento indirecto libre en su definición del discurso indirecto libre. Por una parte, las fronteras entre el pensamiento indirecto libre y el discurso indirecto libre no siempre están claras. Ya hemos señalado anteriormente que no es infrecuente la ambigüedad sobre si las palabras son pronunciadas o pensadas:

By leaving the relationship between words and thoughts latent, the narrated monologue casts a peculiarly penumbral light on the figural consciousness, suspending it on the threshold of verbalization in a manner that cannot be achieved by direct quotation. (Cohn, Transparent Minds 103)

De modo más general, los dos fenómenos son paralelos en su definición: “A transformation of figural thought-language into the narrative language of third-person fiction,” observa Cohn “is precisely what characterizes (...) narrated monologue” (100). Como en el caso del discurso indirecto libre, esta transformación es gradual, sobre todo en la dirección que lleva al discurso del narrador (Cohn, “Narrated Monologue” 98). No se ha cruzado la frontera de la citación directa, y ello permite pasar sin saltos bruscos de un grado mayor a uno menor de integración, o vice-versa, entre el discurso del narrador y el pensamiento del personaje: “psycho-narration flows readily into a narrated monologue” (Cohn, Transparent Minds 104). La diferencia entre el pensamiento indirecto y el indirecto libre es también la ausencia en el último de verbos introductorios (de actividad mental en este caso).
     Según Bonheim (66), el pensamiento indirecto libre puede estar diferenciado del pensamiento directo por nueve tipos de señales: la puntuación, los verba dicendi, el tiempo verbal, la persona pronominal, la deixis temporal y la espacial, las idiosincrasias fonológicas, gramaticales o léxicas del personaje. A la hora de definir estas diferencias habría que tener en cuenta que varían de un idioma a otro, según de los recursos gramaticales de que disponga cada lengua para indicar distanciamiento enunciativo. Todo ello es comparable a la diferencia entre discurso directo y discurso indirecto libre. Cohn observa que las formas del indirecto libre están más marcadas en alemán y en francés que en inglés, cuyo sistema verbal ofrece posibilidades de contraste más limitadas (“Narrated Monologue” 103 ss). Pero los rasgos más centrales son comunes a todas las lenguas. La forma más frecuente mantiene la referencia pronominal en tercera persona (en el caso de la narración heterodiegética) y el tiempo pasado característico de la narración, que son los rasgos más frecuentemente utilizados para caracterizar a esta modalidad narrativa ; los demás rasgos se combinan con mayor libertad. Por supuesto, el contenido narrativo responde a la focalización del personaje, y no a la del narrador. Convendría restringir el término “pensamiento indirecto libre” a la narración de pensamientos, denominando a la narración de percepciones simplemente narración focalizada por tal o cual personaje (cf. Cohn 110 ss). Con frecuencia coinciden de hecho (al igual que suelen coincidir la narración autorial y el pensamiento indirecto; cf. Cohn 138). Los primeros estudios narratológicos suelen englobar ambos fenómenos bajo una sola denominación: por ejemplo, dramatized mind en Lubbock (143, passim). Las fronteras pueden ser muy borrosas, pero también muy claras. Por ello es oportuno distinguirlos teóricamente.
    Creemos que es precipitado hablar del efecto producido por esta forma narrativa como si se tratase de algo unívoco. A veces se dice que produce “ironía”, otras veces, al contrario, “desaparición de la distancia entre narrador y personaje” (Cohn, “Narrated Monologue” 99). Es evidente que puede prestarse a usos muy variados, que deberán estudiarse en cada contexto.
    Esta modalidad narrativa no está en modo alguno restringida a la interacción entre un narrador heterodiegético y un personaje; es perfectamente posible su aparición en una narración homodiegética.  Según la definición de Cohn, en este caso la relación yo narrador / yo narrado equivale exactamente a la existente en la narración heterodiegética entre el narrador neutro y el personaje focalizador: “the narrator momentarily identifies with his past self, giving up his temporally distanced vantage point and cognitive privilege for his past time-bound bewilderments and vacillations.” Como ejemplo, “it is the form in which Beckett’s Moran asks his seventeen questions” (Transparent Minds 167-68). Esta técnica representa la mayor proximidad entre narración homodiegética y heterodiegética: es, sin duda, lo que permitió a Kafka reescribir el manuscrito de Das Schloss mediante el sencillo método de sustituir todos los pronombres de primera persona por nombres y pronombres de tercera persona (Cohn 169). Al contrario de lo que podría parecer, este estilo es puramente novelesco, y no deriva de la autobiografía. En la autobiografía, señala Cohn, el momento favorito de reflexión es el presente del narrador, y no el presente del personaje (171), un esquema seguido además por la mayoría de las novelas digresivas y meditativas (Tristram Shandy, A la recherche du temps perdu, Molloy, etc.).


3.2.2.3.4. Descripción

Uno de los límites mostrativos del relato es la explotación de sus recursos dramáticos (2.4.1.1 supra). La descripción es otro fenómeno que atañe a la distancia narrativa. y nos lleva a otro posible límite del relato. La dramatización del relato parecía mostrarnos la esencia última del mismo, su desarrollo natural. La descripción, cuando está sustancialmente presente, parece sin embargo algo ajeno al discurso narrativo, algo que se inserta en él como un cuerpo extraño. Al igual que el comentario, es un modo no narrativo (Watson 44). Por supuesto, es algo más íntimamente ligado a la narración que el comentario: podríamos englobar el conjunto descripción / narración como los movimientos narrativos diegéticos (relativos al mundo narrado y a la acción), frente al comentario extradiegético (cf. Genette, “Frontières” 158). Para Martínez Bonati, las frases descriptivas, al igual que las narrativas, son frases miméticas (cf. 3.1.4.2 supra). Pero dentro de la diégesis, el objeto propio de la descripción, los seres del mundo narrado, es distinto del objeto de la narración, las acciones. La acción tal como la hemos definido no se limita a una secuencia abstracta de acontecimientos, sino que atañe a toda la fenomenidad del mundo narrado que esté ligada de alguna manera a estos acontecimientos. Gran parte de ese mundo narrado es conocido mediante la inferencia a partir de los acontecimientos; otra parte es descrita.
    La descripción es, pues, un “fragmento textual en el que se le atribuyen rasgos a objetos” (Bal, Teoría 135). Las definiciones suelen caracterizar a la descripción como algo atemporal, mientras que la narración se liga necesariamente al tiempo de la acción. Obsérvese que no nos estamos refiriendo a la temporalidad del discurso: veremos que la descripción no va necesariamente unida a la pausa narrativa. La descripción es la actividad textual que recoge los aspectos no dinámicos de la acción:

Narración se llama, preferentemente, a la representación puramente lingüística de la alteración de determinadas personas, situaciones y circunstancias en el curso del tiempo. Descripción, en cambio, es, según este uso, la representación de aspectos inalterados de las cosas, permanentes, momentáneos o recurrentes, o de hechos sin mayor duración. (Martínez Bonati 53)

Como vemos, resulta de esta definición que los fenómenos descriptivos tienen una importante dimensión a tratar en términos de aspecto narrativo (ver 2.3 supra). Lo descrito puede ser en grado variable una cualidad permanente, un proceso o un acto puntual. Por otra parte, puede haber frases descriptivas y narrativas claramente identificables, pero también casos muy borrosos o fronterizos:

There is often little difference between report and description: the depiction of a person at rest is (...) description, the depiction continued when that person begins to move is report. The element of volition is also important (Bonheim 22)

Así pues, Bonheim define la descripción como el acto de nombrar la existencia y /o las cualidades de algo que está en reposo o que no se mueve deliberadamente (24).
     Se puede oponer narración a descripción como las dos direcciones, temporal o espacial, que puede seguir el proceso de selección que da lugar al relato: 

la narration s’attache à des actions ou des événements considérés comme purs procès, et par là même elle met l’accent sur l’aspect temporel et dramatique du récit; la description au contraire, parce qu’elle s’attarde sur des objets et des êtres considérés dans leur simultanéité, et qu’elle envisage les procès eux-mêmes considérés comme des spectacles, semble suspendre le cours du temps et contribue à étaler le récit dans l’espace. (Genette, “Frontières” 158).

Convendría aquí introducir la diferencia establecida por Bonheim (24) entre descripción expositiva (expository description), o fragmento textual con dominante descriptiva, y descripción integrada (fused description), que se inserta a nivel de palabra o de frase en textos predominantemente narrativos y comentativos.  En el caso de la descripción expositiva, al que parece referirse ante todo Genette, el estatismo propio a la descripción puede afectar notablemente a la temporalidad del relato, y dar lugar a la pausa descriptiva. La descripción parece constituirse en una alternativa a la narración, otra perpectiva sobre el mundo narrado.
    La descripción ocupa un lugar incierto en el análisis de textos; se discuten tanto su función como los elementos que la componen, y hasta su misma naturaleza. Veamos primero la función. Habrá que identificar la función de las descripciones tanto en su contexto como en la obra en su conjunto. Genette señala dos grandes funciones posibles:

La première est d’ordre en quelque sorte décoratif. On sait que la rhétorique traditionnelle range la description, au même titre que les autres figures de style, permi les ornements du discours: la description étendue et détaillée apparaît ici comme une pause et une récréation dans le récit, de rôle purement esthétique, comme celui de la sculpture dans un édifice classique. (...) La seconde grande fonction de la description, la plus manifeste aujourd’hui parce qu’elle s’est imposée, avec Balzac, dans la tradition du genre romanesque, est d’ordre à la fois explicatif et symbolique: les portraits physiques, les descriptions d’habillements et d’ameublements tendent, chez Balzac, et ses succésseurs réalistes, à révéler et en même temps à justifier la psychologie des personnages, dont ils sont à la fois signe, cause et effet.(...) [L]a description a sans aucun doute perdu en autonomie ce qu’elle a gagné en importance dramatique. (“Frontières” 157)

Subrayemos que se trata de funciones de la descripción, no de tipos de descripción sustancialmente diferentes (aunque, como observa Genette, la primera función es particularmente evidente en la descripción expositiva). Ambas funciones pueden encontrarse en mayor o menor grado en toda descripción. La referencia a Balzac, por supuesto, debería entenderse como una orientación histórica y genérica, y no como una atribución de patente; Dickens sería el equivalente más claro en la literatura inglesa. Philippe Hamon destaca en su estudio sobre las descripciones de Zola la misma función simbólica observada por Genette, y describe así la contribución de la descripción (expositiva) al dinamismo textual:

La description est donc le lieu où le récit s’arrête, où il se suspend, mais aussi l’endroit indispensable où il se “met en conserve”, où il “stocke” son information, où il se noue et se redouble, où personnages et décor, en une sorte de “gymnastique” sémantique (…) entrent en redondance; le décor confine, précise et dévoile le personnage comme faisceau de traits significatifs simultanés, ou bien il introduit une annonce (ou un leurre) pour la suite de l’action. (Hamon, “Description” 483).

Y Bal llega a ver en ciertas descripciones de Madame Bovary un “icono diagramático” (icône diagrammatique), en el sentido de que la descripción establece analogías con la acción en su desarrollo; la descripción puede ser un símbolo no ya de un personaje, sino una mise en abyme de todo el texto. una metáfora de una macroestructura semántica de la obra relevante para su sentido global (Narratologie 89 ss).
    Otra función, más familiar, asigna Barthes a la descripción en su artículo “L’effet du réel”. Para él, la descripción es un “denotador de mímesis”, un “efecto de realidad”. Aunque ve en la descripción una “notación insignificante”, que no afecta a la estructura global del discurso, no tenemos por qué aceptar esa parte de su razonamiento; el efecto de realidad es una función posible pero no exclusiva ni necesaria de la descripción. Mas’ud Zavarzadeh (The Mythopoeic Reality 63ss) establece a este respecto una distinción entre descripción nouménica  y descripción fenoménica; la primera revela la verdad de la cosa, la segunda su mera apariencia fenoménica. La descripción puede muy bien realizar a la vez estas funciones tan diversas; puede ser un efecto de realidad, un ornamento, una “gimnasia semántica” o un “icono”, aunque no toda descripción tiene que desempeñar cada una de estas funciones. 
    Hemos visto que, tradicionalmente, la descripción expositiva aparece como un elemento de por sí subordinado a la narración, una digresión frecuentemente ornamental, un excurso que interrumpe el desarrollo de la acción.   La forma tradicional de aparición de la descripción expositiva es la pausa descriptiva.  Genette (“Discours” 133 ss) estudia la pausa descriptiva como un elemento de la temporalidad del relato, recalcando que no toda pausa es descriptiva ni toda descripción tiene por qué detener el relato. Este tipo de observaciones tiene su origen en el Laocoonte. Lessing se opuso a la poesía descriptiva tanto como a la pintura narrativa, por considerar que limitaban indebidamente la esencia de ambas artes. Los signos utilizados en la literatura, signos lingüísticos que se desarrollan en el tiempo, son más aptos para la narración que para la descripción visual. En la literatura, arte temporal, la narración es jerárquicamente superior a la descripción. Así, Lessing indica alguna manera de introducir la descripción en un poema de manera efectiva, aceptando esta subordinación. Es un artificio ya utilizado por los mejores poetas desde Homero, sostiene Lessing:

Si quiere Homero presentarnos cómo iba vestido Agamenón, hace que se vista a nuestros ojos pieza por pieza todo su atavío (...). Es indudable que vemos el atavío completo mientras el poeta pinta la acción de vestirse; otro, en su lugar, hubiera descrito los vestidos hasta la más pequeña franja, y nada hubiéramos podido ver de la acción. (154)

Otras veces se nos presentará la historia de un objeto, o su fabricación… nunca una descripción “congelada” que nunca alcanzaría su fin, presentar una visión de conjunto de los objetos: la simultaneidad espacial de éstos le es inaccesible. Por tanto, el artificio de una buena descripción “consiste en cambiar el carácter coexistente de dichos objetos en una real sucesión de fenómenos” (162). La descripción deja así de ser una interrupción del relato, y se vuelve dinámica.
   Genette presenta la cara inversa de este razonamiento:

En principe, il est évidemment possible de concevoir des textes purement descriptifs, visant à représenter des objets dans leur seule existence spatiale, en dehors de tout événement et même de toute dimension temporelle. Il est même plus facile de concevoir une description pure de tout élément narratif que l’inverse, car la désignation la plus sobre des éléments et des circonstances d’un procès peut déjà passer pour une amorce de description (“Frontières” 156)

El estudio de la temporalidad no parece, pues, el lugar más adecuado para tratar la descripción. En cuanto fenómeno del relato, es la naturaleza selectiva de la descripción su rasgo predominante, y ello nos llevará a considerarla ante todo en su faceta perspectivística; la inserción de la descripción, a nivel de relato, es tratable en términos de focalización, igual que el resto de la acción.  Bonheim (28) introduce además una diferenciación entre descripción perceptiva y aperceptiva; la descripción perceptiva tiende a presentar una suma de fenómenos; la aperceptiva muestra la interpretación o reacción psicológica del perceptor a esos fenómenos. La descripción aperceptiva tiende a fundirse con el monólogo interior (si procede de un personaje) y con el comentario (si procede del narrador).
     Por otra parte, la descripción no se limita a ser una percepción: tambien es, a veces ostentosamente, una variedad de discurso, una verbalización.  Puede establecerse una tipología de las descripciones atendiendo al papel de las dos instancias determinantes del relato, el narrador y el focalizador, así como al objeto descrito (o focalizado; 2.4.2.3 supra). Este será un estudio de la forma de la descripción:
• Una descripción puede ser efectuada por el narrador extradiegético (3.2.1.4 supra) o por un narrador en segundo grado, un personaje. La interpretación que el lector haga de la descripción está condicionada por este sujeto de la enunciación. Así, en una novela dada las descripciones procedentes de un personaje no son fiables, mientras que las del narrador serán “objetivas”; etc. El carácter de las descripciones efectuadas por el narrador primero determina en gran medida el grado de dramatización o personalización, objetividad o subjetividad, de esa narración. Habrá que considerar la proporción existente entre la actividad descriptiva del narrador y la del personaje, así como el tipo de objetos que se encomiendan a la descripción de cada uno. También habrá que determinar hasta qué punto el lenguaje utilizado en la descripción es introducido por el narrador y cuál por el personaje. Este punto está ya muy ligado al siguiente punto, el uso de la focalización.
• El narrador que describe puede ser o no el focalizador del objeto descrito (2.4.2.3 supra). El narrador primero puede asumir la responsabilidad de la descripción o ver el objeto a través de los ojos de un personaje. Pueden presentarse numerosos grados intermedios entre un caso y otro. Habrá que determinar cuál es la estrategia de un texto determinado sobre este punto, qué percepciones o pensamientos corresponden al personaje y cuáles al narrador. Un personaje es normalmente el focalizador de sus descripciones, pero no olvidemos que desde el punto de vista de la narratología esto no deja de ser una convención del género “realista”.
• En cuanto al objeto descrito, se tratará de un actante clasificable según una determinada competencia modal en su relación con el sujeto o sujetos de la descripción. Una clasificación más familiar y somera nos daría una lista de posibles objetos descriptibles cuya presencia y distribución estratégica en los distintos espacios textuales contribuye en gran medida a determinar el tono del relato: paisajes, interiores, objetos, personajes, estados de ánimo.  Especialmente notable es la diferencia entre objetos perceptibles e imperceptibles, por la distribución de papeles que normalmente ocasiona entre los diversos sujetos de la enunciación. De hecho, también ésta es una cuestión de focalización, categoría que rige en gran medida tanto la descripción como el resto de los elementos del relato.
    Como sucede con cualquier elemento de la estructura textual, el papel de la descripción y las maneras en que se manifieste están histórica y genéricamente condicionados. Así, la descripción masiva inicial típica de cierto realismo novelístico decimonónico ha desaparecido en favor de exposiciones más dramáticas y dinámicas (Bonheim 93 ss). El estudio de la estructura textual ha de situarse siempre sobre el telón de fondo de las convenciones de época sobre las que trabaja el texto; no es definible la función estructural de un elemento sino con referencia a una intertextualidad histórica.


3.2.2.3.5. Comentario

Además de narrar la historia, el narrador puede comentarla, darnos sus opiniones sobre ella. El drama puede en ocasiones hacer oír la voz del autor de manera harto directa, superponiéndola incluso a la acción dramática (como sucede en la parábasis de las obras de Aristófanes) o articulándola con el elemento dramático (en personajes “sabios” o en el coro de la tragedia clásica). Pero es una obvia baza del novelista la posibilidad de comentar directamente sobre la acción e introducir materiales no estrictamente miméticos, ajenos a la acción. El comentario es frecuentemente el movimiento narrativo equivalente al coro en el drama clásico, y suele ser aquí donde la ideología del autor se deja oír con mayor claridad.  Sus contenidos son muy variados: “commentary can, of course, range over any aspect of human experience, and it can be related to the main business in innumerable ways and degrees”.  Mediante el comentario, el texto se refiere a sí mismo o se remite a la enciclopedia extratextual, y ayuda así a su propio procesamiento por parte del lector (Prince, Narratology 115).
    Hay un peligro claro en el comentario: que el autor deje de ser “poeta” como diría Aristóteles, y en lugar de mostrar dejando que emane el significado espontáneamente de la acción, de relato y de su reconfiguración por el lector, pase a hablar como un predicador, apresurándose a cerrar el sentido en un tono didáctico. Es un peligro frecuentemente denunciado por los teorizadores de la novela: el sentido narrativo debe ser algo a lo que se llega a través del argumento y la forma, algo mostrado, y no algo dicho.   Estas indicaciones un tanto prescriptivas, especialmente frecuentes en la crítica británica, deberían entenderse como una defensa de papel de la configuración narrativa y de la actividad del lector en la elaboración del sentido (tal como estos conceptos son teorizados por Ricœur) y son por tanto valiosas intuiciones sobre la especificidad semiótica de la narrativa de ficción. Ahora bien, en otro sentido sí pueden resultar excesivamente ingenuas: en el comentario es la voz del narrador lo que oímos, y esa voz pasa a ser un elemento más de la configuración narrativa global, estando su autoridad en relación dialéctica con otras voces y con los demás elementos de la estructura narrativa.
    El comentario no es un tipo definido de acto de habla, aunque sí hay una serie de actividades del narrador que son definibles en conjunto como comentario: interpretaciones, juicios, generalizaciones, referencias a la propia narración,  a las circunstancias de la enunciación,  evaluaciones...  Según Bonheim, “we expect [commentary] to use evaluative modifiers, generalizations not imputed to one of the fictional characters or judgements using a fairly high level of abstraction” (30). Podríamos encontrar diversos tipos de fundamentación lingüística para el comentario narrativo. El uso de conectores lógicos elaborados o de adverbios del tipo possibly, it might be that, etc. suele ser revelador de una actividad organizativa del narrador que es un comentario disimulado.  Estas actividades son concebibles como un todo propiamente discursivo frente a la pura verbalización del relato.  La narración de palabras y acontecimientos o la descripción están destinados ante todo a transmitir el relato. El comentario, sin embargo, se coloca frente al relato como algo que no es relato, algo que es actitud hacia el relato o señal de la mediatización discursiva del mismo. 
     Esto nos permite considerar el comentario como movimiento discursivo determinado dentro del marco de la narratología. Deberemos tener en cuenta, sin embargo, la variedad enorme de formas y funciones que puede adoptar en la narración literaria, y la importancia diversa de éstas: desde el puro ornamento o la digresión panfletaria hasta el comentario integrado al progreso de la acción.  Es el tipo de comentario que aparece, según Booth, en A Tale of a Tub o en Tristram Shandy, donde el auténtico progreso de la obra se halla en las digresiones, y no en la acción (Rhetoric 221 ss). El valor del comentario, por tanto, no se puede determinar al margen de sus relaciones con el resto de la obra, y particularmente al margen de la relación entre narrador y lector.
    El comentario es el elemento más explícitamente modalizante de la narración, que puede manifestarse no ya a nivel léxico sino en fragmentos textuales bien delimitados, constituyendo un acto discursivo. En los términos usados Martínez Bonati, podríamos decir que si la base lingüística de la narración (en cuanto transmisión de un relato) es la frase del narrador apofántica de sujeto concreto y singular, una base del comentario será la frase del narrador no aseverativa o de sujeto universal o abstracto. Pero al igual que la descripción, el comentario no siempre aparece como el modo narrativo dominante en un fragmento textual: puede insertarse a nivel de frase, de palabra o incluso de rasgo distintivo en secciones predominantemente narrativas o descriptivas.  Su identificación se vuelve progresivamente más difícil (Bonheim 30), y sus fronteras con la modalización lingüística son borrosas.
    La modalización no tiene por qué constituirse en comentario. En el análisis lingüístico de la proposición es posible distinguir el conjunto “verbo + nombre” de lo que Fillmore llama “modalidad constituyente”, que incluye la modalización conjunta de la frase mediante categorías como negación, tiempo, modo, aspecto.  De modo similar, a un gran nivel de abstracción analítica, un texto aparentemente carente de comentario podría revelar grandes dosis de comentario integrado en elementos como la terminología del narrador, el uso de la sintaxis o del punto de vista. A ello atiende nuestra delimitación de diversos niveles analíticos en el texto: acción, o contenido textual no modalizado; relato, o contenido modalizado mediante categorías narratológicas; discurso, o contenido modalizado mediante el conjunto de maniobras semióticas y concretamente lingüísticas.
    Bonheim (31) propone clasificar los tipos de comentario basándose en la clasificación hecha por Melanchton de las variedades de sermones, o en los niveles de interpretación textual escolástica: así, tendríamos un nivel de comentario literal, otro alegórico destinado a reforzar creencias y otro moral, que pretende influir en la actuación del receptor. El comentario del narrador autorial puede servir para generalizar de manera explícita sobre el significado total de la obra (Booth, Rhetoric 197). Normalmente tal juicio se encomienda al propio lector, en base a la evidencia espontánea presentada por la obra; ya hemos dicho que la tradición crítica valora el mostrar narrativo por encima del decir; y muy especialmente desde la novela esteticista de James, influenciada por el culto simbolista de la sugerencia, está más valorada la dramatización de las actitudes que el juicio explícito y literal sobre el mundo ficticio por parte del autor: “it is better, in the great majority of cases certainly, that his sympathy should be implicitly rather than explicitly expressed” (Perry 101). Pero en otras  estéticas no está prohibida esa explicitación del juicio autorial. Con frecuencia es fundamental el papel del comentario como un puente, una transición entre lo extradiegético y lo diegético, en cuestiones tales como la verosimilitud o la valoración. Chatman observa que en la ficción tradicional, el comentario general sirve para normalizar o naturalizar los momentos difíciles de la acción (52); para Booth, su necesidad y la eficacia de su uso aumentan en proporción directa a la complejidad del personaje o situación que son su objeto (Rhetoric 183).
     Señalábamos con Martínez Bonati el crédito básico que otorga el lector de la narración literaria a la palabra del narrador. No sucede lo mismo en principio con el comentario:

sólo la frase mimética del narrador es objeto de esta aceptación inmediata. No así sus otras afirmaciones, las no narrativo-descriptivas (generalizaciones, sentencias, creencias, normas morales: juicios teóricos, universales y particulares no miméticos)., de las cuales se toma nota (...) con reserva. Estas afirmaciones se deponen en otro plano lógico de validez; son opiniones, ideas propias del narrador; están desde el comienzo relativizadas a su persona; y no es imagen de mundo lo que fluye de esas frases, sino imagen del narrador, pues estos juicios generales se presentan y quedan como tales, como juicios, pensamiento, interioridad, y como lenguaje, acto, expresión. 

El comentario no es narrativo, y ni siquiera es mimético en el sentido que da Martínez Bonati a esta expresión. Se presta a ser el vehículo directo de la ideología del autor, frente al modo relativamente dramático en que la acción expresa esa ideología. No es de extrañar, por tanto, que en un determinado momento se haya visto el comentario como un elemento ajeno a la esencia de la narración, una “intrusión del autor” (Friedman, “Point of View” 121; Pratt 63). Los personajes portavoces directos del autor ya habían sido condenados con anterioridad: seguidamente le llegó el turno a la figura del narrador. La crítica anglonorteamericana de la primera mitad de nuestro siglo rechaza el comentario, en favor de una narración sin valoración explícita por parte del narrador, una narración supuestamente objetiva y dramática (ver 2.4.1.1 supra), más intensamente realista (véase Booth, Rhetoric 23 ss). Este es el elemento común que hay en conceptos críticos como el objective correlative  de T. S. Eliot,  y la “visión con” o “desde afuera” de Pouillon.
     Estas ideas han sido suficientemente relativizadas por Booth y por varias décadas de postmodernismo. La retórica explícita del narrador no es una impureza, sino un elemento del todo artístico, con funciones más sutiles y variadas de las que discernían en él los críticos que lo condenaban. Según Booth, el comentario del narrador puede reforzar las creencias que el público debe aportar a la lectura de la obra; puede relacionar los detalles de la acción con las normas sociales establecidas, realzar el significado de los acontecimientos, generalizar el significado total de la obra, manipular el estado de ánimo del lector. Al margen de la información explícita que aporte, el comentario produce un sentimiento de alianza entre el lector y el narrador (Booth, Rhetoric 98, 200 ss).  También puede usarse como simple volumen textual, para crear una pausa narrativa que puede tener efectos de suspense (Sternberg 160).    
    Por otra parte, la ausencia de comentario (explícito) no significa, ni mucho menos, neutralidad u objetividad por parte del autor; la retórica de personajes, situaciones y punto de vista es en este sentido tan determinante como el comentario, si no más (Booth, Rhetoric 144, 274 ss, passim). La acción ya es elaborada con vistas a que el lector haga una evaluación determinada (cf. Klein 239).
    El comentario ha sido rechazado sin embargo por la corriente general de la novela contemporánea, influenciada por la estética modernista, y que favorece la dramatización sobre la voz explícita del autor.  Bonheim observa que el comentario está en franco retroceso estadísticamente hablando; así, por ejemplo, ha desaparecido prácticamente de los comienzos y finales de narraciones, donde solía ser un medio de exposición favorito y un colofón triunfante, en favor de métodos expositivos dramáticos y conclusiones simbólicas o irónicas (92, 112). El final con comentario autorizado es característico de obras cerradas; el final simbólico o irónico se presta más a las obras abiertas; también muestran éstas una preferencia por el final con discurso directo o narración (Bonheim 135). 
    Pero pueden establecerse diferencias significativas, como la que opone los comentarios ficticios a los reales. A veces, según Searle, “the author of a fictional utterance will insert utterances in the story which are not fictional and are not part of the story” (“Logical Status” 331). Otras veces sus comentarios son ficticios en el mismo sentido en que lo son sus frases narrativas. Otra distinción relevante emparentada con ésta separaría el comentario irónico del que no lo es. Con otro criterio más exclusivamente narratológico podemos distinguir entre el comentario sobre la acción y el comentario sobre el relato o sobre el discurso. Oigamos, por ejemplo, a Fielding comentando sobre sus comentarios:

Reader, I think proper, before we proceed any farther together, to acquaint thee that I intend to digress through this whole story as often as I see occasion; of which I am myself a better judge than any pitiful critic whatever. (Tom Jones, I. 3)

Como señala Booth, este tipo de comentario ironiza con frecuencia sobre las convenciones de la narración y sobre sí mismo (Rhetoric 207 ss). Sus formas varían según la motivación de la narración. Algunos narradores no pueden dirigirse a su narratario para comentar sobre su narración, pero se hablan a sí mismos (Malone). Otros en cambio, como Fielding o Diderot, gustan de hacer alardes de sus aptitudes y poder de narradores. Los narradores-escritores de las memorias o la novela epistolar suelen comentar el proceso físico de la escritura. No sólo en su relación con el estilo, el contenido narrado, etc., sino llegando a describir el ruido de la pluma, la calidad del papel (cf. Cohn, Transparent Minds 209 ss). Malone nos proporcionará abundantes ejemplos. Bonheim (13) propone llamar metanarración (metanarrative) a este tipo de comentario, y lo considera un modo narrativo aparte.  Para Kristeva (Texto 150) deberían considerarse elementos metanarrativos enunciados por el autor elementos tales como los epígrafes, títulos de capítulos, etc. Pero estos elementos no suelen pertenecer al nivel de la narración, sino al de la obra literaria. Normalmente no son responsabilidad del narrador, sino del autor textual (cf. 3.3.1.3 infra). En cualquier caso, el comentario siempre es en cierto modo una crítica del texto sobre sí mismo, un elemento potencialmente metatextual, y una clasificación de los tipos de comentario podría ayudarse de una clasificación de los tipos de lectura crítica.




3.2.2.4. El tiempo de la narración

Ya hemos mencionado (2.1 supra) la noción de los tiempos del discurso. Cada una de las enunciaciones reales o ficticias que necesitamos postular para el análisis del discurso está ligada a un espacio y un tiempo concretos (cf. Bühler 169). La mayoría de estos loci espacio-temporales no son sino centros de orientación tan ficticios como los enunciadores mismos: constituyen así focos temporales virtuales, instalables en cualquier punto del continuo temporal (cf. Lozano, Peña-Marín y Abril 127). Para Bühler son transposiciones del yo-aquí-ahora originario de la enunciación: “en todas las narraciones épicas e históricas desempeñan un importante papel las trasposiciones bien ordenadas”.  Este hecho es un desarrollo a nivel discursivo y literario de fenómenos ya presentes en el discurso corriente, y que incluso dejan su huella en el sistema lingüístico.
    Por supuesto, en toda enunciación hay un elemento de base que es el aquí y ahora del enunciador, que sirve de base para proyectar otros puntos focales. Ricœur extrae la importante conclusión de que de esta manera el tiempo ficticio nunca está completamente aislado del tiempo vivido e histórico (Time and Narrative 2, 75). Con frecuencia, una narración consiste en un paseo por la temporalidad de la acción, paseo en el cual la temporalidad del discurso es a la vez el punto de salida y el de llegada—pero también es el vehículo. Este es el caso más sencillo, frecuente en la narración natural (cf. Labov, Language 369). La base enunciativa manifiesta es la enunciación real. Pero las relaciones temporales con este punto de origen no tienen por qué estar gramaticalmente explicitadas en el discurso: el discurso de ficción suele proponer una temporalidad inmanente a él como nivel de base. La estructura de la narración ficticia permite al autor ser tan indirecto como lo desee en este sentido. Naturalmente, nunca escapará a una fijación temporal no mencionada en el texto: la que se desprende del conjunto del texto como indicio, en tanto que forma histórica concreta situada dentro de una tradición literaria. Tampoco el lector escapará a su propia localizacion histórica, que determina su perspectiva en relación al texto. Todos estos factores son relevantes para el estudio del tiempo del discurso.
    Para Genette (“Discours” 228), la expresión del tiempo de la narración es obligatoria. El espacio en el que se realiza el acto narrativo es menos trascendente: el tiempo, en cambio, iría necesariamente indicado en la forma misma del lenguaje.  Pero cada punto temporal tiene su espacio correspondiente, y vice-versa. El espacio mismo de la hoja de papel en la que está impreso el texto narrativo puede constituirse en campo mostrativo y dar lugar a su propia temporalidad, por referencia al tiempo que se tarda en recorrerlo con la vista: así encontramos los deícticos “ahora”, “antes”, “dentro de poco”, referidos al tiempo de lectura (cf. Bühler 383).
    Las relaciones ontológicas del tiempo de la narración con el tiempo de la acción son evidentemente las mismas que existen entre el narrador y la acción o los personajes (cf. 3.1.4 supra).  En lo que se refiere a las relaciones puramente temporales, será útil distinguir en el tiempo de la narración las categorías de orden y duración.    

3.2.2.4.1. Orden

La ordenación temporal de la enunciación puede verse ya implícita ya en una definición de Platón: “Todo lo que dicen los poetas y los autores de fábulas, ¿es otra cosa que una narración de las cosas pasadas, presentes o futuras?“ (República III, 101). De hecho, hay varios puntos de referencia posibles para determinar el orden de la narración: la acción, otra narración, el momento de la lectura, el momento de la escritura o de la publicación. Con respecto a cada uno, la narración puede mantener una relación de simultaneidad, anterioridad, posterioridad, intercalación, indeterminación o neutralidad.

3.2.2.4.1.1. Orden respectivo de la narración y la acción

La más activa de estas relaciones de orden es la que se da entre narración (acto de enunciación del narrador) y acción. Muchas veces es de la posterioridad de la narración a la acción de donde surge la ocasión misma de la narración. Narrar es reelaborar la experiencia, y a veces el significado de la experiencia sólo surge a posteriori, en una reelaboración o en la distancia temporal. Este principio se puede aplicar a la narración en primera persona, donde el narrador suele hablar desde una experiencia superior adquirida precisamente tras la acción  que nos va a contar: toda novela en primera persona se engendra a sí misma en este sentido amplio.  Y por extensión, también la novela en tercera persona es eminentemente retrospectiva. Derivando estructuralmente de la narración de acontecimientos pasados, el narrador (aun si no se presenta como un autor-narrador) está virtualmente en posesión de los destinos subsiguientes de los personajes; el significado global de la narración está orientado por lo que llegarán a ser, por la síntesis argumental que tendrá lugar.  El mismo principio de retrospectividad podríamos aplicar a la novela histórica: su justificación suele hallarse en un aspecto de la historia que sólo aparece desde una perspectiva lejana.  Aparte de ligarse así la ocasión narrativa en sí, el orden de la narración también incide sobre muchos aspectos formales más concretos, como por ejemplo, la temporalidad de los verbos.
     Damos, pues, por supuesto que la relación normal entre la narración y la acción es la de posterioridad del acto narrativo. Pero otras son posibles:

il faudrait donc distinguer, du simple point de vue de la position temporelle, quatre types de narration: ultérieure (position classique du récit au passé, sans doute de très loin la plus fréquente), antérieure (récit prédictif, généralement au futur, mais que rien n’interdit de conduire au présent, comme le rêve de Jocabel dans Moyse sauvé), simultanée (récit au présent contemporain de l’action) et intercalée (entre les moments de l’action). 

Esta narración intercalada es la que se da en la novela epistolar, género favorito en el siglo XVIII, que frecuentemente se deleita (señala Genette) en jugar con los más pequeños matices de la distancia temporal, retratando todas las alteraciones de la psicología del personaje.  Anterioridad, simultaneidad y ulterioridad, tal como son descritas por Genette, son la derivación a nivel textual de los tiempos pasado, presente y futuro a nivel gramatical (véase la definición de éstos en van Dijk, Text Grammars 84).
    Es dudoso, sin embargo, que esas cuatro relaciones temporales, que podríamos llamar determinadas, agoten todo el panorama. Convendrá añadir una cuarta relación: la indeterminación, e incluso una quinta: la neutralidad.  En el caso de las narraciones determinadas, podremos además intentar establecer la distancia que separa la narración de la acción (cf. Lanser 199 ss). Al hacerlo, deberemos tener en cuenta las variaciones que provienen del progreso en el tiempo de ambas, un progreso que en general las hace converger, pero que puede también hacerlas diverger.
    La narración ulterior es por razones obvias la más frecuente y menos llamativa. Constituye así una especie de ordenación no marcada. “The degree zero for novelistic ordination”, señala Lanser, “is the posterior view with relative silence about the relation of the narrative instance to the narrated world” (200). Pero aquí es donde se impone una diferenciación. La narración ulterior y la narración indeterminada se caracterizan por emplear ambas (en principio) el tiempo pasado. Para Genette (“Discours” 232), el simple hecho de que se use un pasado indica en principio una narración ulterior, sin que ello signifique que la distancia temporal entre narración y acción quede explícita. Existe también la postura opuesta. Para Käte Hamburger los tiempos narrativos del relato de ficción carecen de valor temporal, siendo una simple “marca de ficción”.

Die Fiktionalisierung, das als Jetz und Hier der fiktiven Personen dargestellte Geschehen vernichtet die temporale Bedeutung des Tempus, in dem eine erzählende Dichtung erzählt ist: die präteritive des grammatischen Imperfekts, aber ebenso auch die präsentische des historischen Präsens (84).       
               
El pasado en el relato en primera persona tiene un auténtico valor de pasado, pues nos remite a la distancia entre el yo narrador y el yo narrado. Pero este incremento rememorativo no se da en la narración “épica” (heterodiegética autorial). Allí lo narrado se desarrolla inmediatamente, dramáticamente podríamos decir, en un presente disfrazado de pasado.  Ya veíamos que para Benveniste o Weinrich el pretérito indefinido era propio del relato histórico, que hace abstracción de su enunciación: “la referencia temporal del pretérito perfecto es el momento del discurso, mientras que la del aoristo es el momento del acontecimiento”.  Según Hamburger, toda narración “épica” se centraría en esta referencia sobre la acción, y presentaría en tanto que discurso una indeterminación temporal con respecto a la acción. Pero ya hemos visto lo manipulables que son estos aspectos verbales: el hecho mismo de que la narración en primera persona haga el mismo uso del pretérito indefinido lo demuestra. Además, otros autores atribuyen valores completamente diferentes al pasado narrativo.  Y todavía complica más la situación la ficcionalidad del propio narrador, pues la hipótesis de Hamburger se basa en la imposibilidad de un narrador ficticio en tercera persona.
    La interpretación de Hamburger es obviamente falsa si se propone como ley universal,  pero la indeterminación de la posición del narrador con relación a la acción se da de hecho con bastante frecuencia. Entenderemos por tal indeterminación el efecto producido cuando el narrador no sólo no proporciona indicaciones sobre su posición temporal (al margen del pasado verbal) sino que no explota su conocimiento del conjunto de la acción para introducir anacronías objetivas. Observa Genette que la medida en que debamos interpretar el pretérito épico como un tiempo pasado (indicador de narración ulterior) no puede determinarse a priori, al margen de los datos de un texto concreto. Hay señales, como las prolepsis fiables, que nos pueden inclinar a postular un relato ulterior aun en ausencia de toda posición explícitamente adoptada por el narrador (Nouveau discours 54 ss). Nuestras observaciones anteriores sobre la relación entre niveles de narración y niveles de ficcionalidad nos ayudarán a distinguir los casos posibles.
    El fenómeno señalado por Hamburger es una posibilidad entre muchas otras para el relato en tercera persona. Así, distinguiremos una narración temporalmente definida (normalmente ulterior) de una narración temporalmente indeterminada y una narración temporalmente neutra. La narración neutra, al contrario que la indeterminada, se colocaría explícitamente (y no implícitamente) fuera del universo temporal de la acción. El narrador nos informaría de su situación temporal anómala con respecto a los personajes (así lo hace por ejemplo Nabokov en Transparent Things). Y ello no quita para que un narrador neutralmente situado respecto a lo narrado utilice luego como artificio de motivación una narración temporalmente determinada (anterior, simultánea o ulterior), indeterminada o incluso neutra. Lo mismo podríamos hacer extensivo a los otros tipos de temporalidad narrativa.  Hay que señalar que los casos indefinidos o neutros son formas derivadas de la  forma básica ulterior, y que este origen mismo conecta estas formas narrativas a la experiencia narrativa general como reelaboración del tiempo vivido. Los efectos de disociación entre la narración y la experiencia tienen lugar sobre el marco básico de esta relación entre la narración y lo que Ricœur llama el tiempo de la vida. 
    En cuanto a la inmediatez dramática de la narración épica señalada por Hamburger, creemos que no es un fenómeno exclusivo de la narración heterodiegética, y que no está en absoluto reñido con una significación intrínseca de distanciamiento temporal.  La misma inmediatez se puede dar en la narración homodiegética, siempre que el narrador no nos remita a su presente de narrador, acentuando el efecto de distanciamiento.
    El relato simultáneo está en principio asociado al tiempo presente, aunque también podría utilizar otros tiempos, si así lo dispone el narrador. Deberá tenerse en cuenta, además, que no toda frase en presente es relato simultáneo: puede tratarse sencillamente de un comentario inserto en una narración ulterior, y que no constituye por sí mismo una narración aparte. Tampoco hay que creer que en la narración simultánea todo tiempo presente indica simultaneidad. Podemos señalar tres valores básicos que corrientemente se asocian al presente verbal en las gramáticas:
• El presente gnómico, o atemporal, utilizado para enunciar verdades permanentes. Este uso no es propiamente narrativo.
• El presente habitual, que nos dará una variedad de narración iterativa (cf. 2.3.1 supra) pero que no indica en absoluto simultaneidad de acción y narración. Como observa Cohn, el uso de este tiempo es masivo en la trilogía de Beckett, y crea una peculiar visión de la inercia de un yo y su mundo, “in which the present becomes a kind of dead and deadly time, eternal in the worst sense of the word”.  La figura del círculo vicioso y la reflexividad de la trilogía de Beckett están ligadas a esta peculiar temporalidad.
• El presente puntual, que en principio indicaría aquí simultaneidad entre enunciación y acontecimiento enunciado, aunque también se puede usar para referirse al futuro y al pasado. Pero ni siquiera en el primer caso el acontecimiento enunciado pertenece necesariamente a la acción narrada: el relato en presente puede orientarse ya sea hacia la acción, dándonos la ilusión de una absoluta transparencia del discurso, ya sea hacia el discurso. En este caso los verbos en tiempo presente no se refieren al desarrollo de la acción, sino a la producción del discurso. Se trata del fenómeno que ya hemos visto como comentario sobre la acción o la propia actividad de escritura. La narración autobiográfica suele oscilar, como ya hemos visto, entre el presente-pasado del yo narrado y el presente del yo narrador.  En casos extremos, este comentario en presente se hace dominante: la acción queda reducida a un pretexto, y puede llegar a desaparecer, “effet déjà sensible chez Dujardin, et qui ne cesse de s’accentuer chez un Beckett, un Claude Simon, un Roger Laporte” (Genette, “Discours” 231). Esta diversidad de efecto va muy unida a la posición del narrador: un narrador extradiegético y heterodiegético que use el presente desaparece de nuestra vista y se convierte en un instrumento para la aparición de la acción ; un narrador homodiegético e intradiegético, como los de las novelas en monólogo interior, está constantemente ante nosotros. Precisamente el monólogo interior constituye el extremo de la narración simultánea dirigida hacia la acción: debemos tener en cuenta, sin embargo, su peculiar estructura narrativa. En cuanto al soliloquio, con frecuencia da la impresión de un monólogo interior ulteriorizado. Los tipos de soliloquio más próximos al monólogo interior presentan, en efecto, esta interferencia con la narración tradicional: véase la diferencia entre los monólogos de The Sound and the Fury y los de Ulysses. Los primeros no contienen ninguna referencia al momento presente de los narradores, excepto en la medida en que localicemos el momento (virtual) de enunciación a partir de los últimos datos narrados; los segundos mezclan constantemente pasado, presente y futuro (ver Cohn, Transparent Minds 182, 247 ss).
    Un fenómeno emparentado con la narración simultánea es el uso del presente histórico intercalado en un relato ulterior. Constituye una especie de simulación de la narración simultánea, colocando un punto secundario de orientación temporal en el momento mismo de la acción, contribuyendo así a crear la impresión de inmediatez y precipitación de acontecimientos.  Recordemos que en la fenomenología temporal de los géneros literarios el tiempo por excelencia del drama es el presente, y el de la narración el pasado. Hablaremos de presente histórico y no de relato simultáneo cuando el momento de enunciación sea obviamente posterior a los hechos, ya sea porque se trata de una narración de hechos reales o porque el uso del presente es una evidente figura retórica del narrador, que contrasta súbitamente en el marco de una narración ulterior  (véase, por ejemplo el capítulo XIII de la novela de George Eliot Adam Bede).  El punto focal puede coincidir con la situación temporal de un personaje: es lo que sucede en el discurso o el pensamiento indirecto libre, que aunque no utilicen tiempos presentes sí suelen transponer los indicadores temporales de la deixis, y producen una fuerte impresión de simultaneidad : el contexto de la narración indica que se trata de una transposición transitoria a una pseudo-narración-simultánea. El uso del presente en estos casos es un recurso retórico bastante análogo a otros fenómenos ya señalados (la focalización restringida no motivada, la deixis en fantasma…) en el sentido de que presupone la proyección un punto (temporal) virtual sobre el que se orienta una categoría que tiene su centro de orientación básico en otra parte.   
    La narración anterior a la acción es un fenómeno muy limitado, pues o bien no responde totalmente a la definición de narración o bien presupone un elemento fantástico. De no haber elemento fantástico, quizá deberíamos hablar de narración de proyectos, o de narración hipotética.  Genette señala que “[l]e récit prédictif n’apparaît guère, dans le corpus littéraire, qu’au niveau second “ (“Discours” 231). Los verbos pueden aparecer en futuro, en presente (cf. Genette 229) o incluso en pasado.
    La narración intercalada podría describirse como una combinación de narraciones ulteriores (Prince, Narratology 166 n. 10), o bien como una narración ulterior en la cual el punto de enunciación se mueve en el tiempo, siguiendo con poca diferencia el curso de la acción narrada.  Suele asumir la motivación del diario o de la carta. No debe esperarse una coherencia matemática en este punto, sin embargo. El narrador que sea además creador de sus personajes puede situarse respecto a ellos en cualquier posición virtual: no por ello dejará de ser una ficción su relación con ellos, y sólo aparentemente se encuentran en una relación temporal. Así, Fielding tan pronto nos dice que puede hacer lo que desee con sus personajes de ficción como nos confiesa que Allworthy quizá está vivo todavía en el momento en que leemos la novela. El mundo ficticio se calca en gran medida sobre el mundo real, y eso lleva a curiosas incoherencias en todos los planos, entre ellos el temporal. Ulterioridad, indeterminación o neutralidad son en muchas narraciones sólo polaridades, conceptos que nos permiten describir ciertos hechos discursivos, no principios organizativos inflexibles. En algunos textos, como los que presentan una cierta convergencia con el presente del narrador (Genette pone los ejemplos de Eugénie Grandet o Madame Bovary) la diferencia entre la ulterioridad y los otros status temporales se hace evidente; en otros muchos casos, las mismas categorías de neutralidad, posterioridad e indeterminación parecen anularse en un solo bloque indiferenciado.
    La convergencia que hemos señalado es especialmente clara en los textos en primera persona. Aquí, “la convergence finale est presque de régie” (Genette, “Discours” 233); la culminación lógica y casi cómica es el caso en el que el narrador narra su vida hasta el momento mismo en que está escribiendo, llegando a repetir su propia narración. Es el ideal que Tristram Shandy no puede alcanzar, porque su relato es más minucioso que su vida, y la distancia entre ambos crece en lugar de disminuir. Otros, sin embargo, se acercan más a ese momento: si al final de Molloy hay un amago cuando parece que el narrador va a alcanzarse a sí mismo por detrás, el drama del Innombrable es que se ha alcanzado ya sin encontrarse.
    También puede fecharse una narración con respecto a otra narración (a veces, se trata de una variante del caso anterior, por ser las dos narraciones parte de una misma acción). Nos limitaremos a poner algún ejemplo. EnWuthering Heights, la narración de Lockwood es posterior a la narración de Nelly Dean; de ahí que pueda incluirla. En The Sound and the Fury, la narracion de Quentin sigue en el texto a la de Benjy, pero es varios años anterior a ella en la acción. En The Wild Palms, también de Faulkner, hay dos narraciones que se alternan en su distribución textual pero que son temporalmente neutras una respecto de la otra.

3.2.2.4.1.2. Orden respectivo de la narración y de la recepción ficticia


• Anterioridad de la enunciación del narrador con respecto a su recepción ficticia por parte del narratario: es el caso no marcado, debido a su analogía con la comunicación escrita no ficticia.
• Posterioridad de la narración a la recepción ficticia. Este caso carecería de toda lógica en el nivel de la comunicación real, extradiegética. Pero la máquina del tiempo de Wells es un artefacto intradiegético, y no resultaría difícil utilizarlo para proporcionarnos un ejemplo. En diversas películas de ciencia-ficción (como Terminator) un personaje recibe un mensaje del futuro que le apremia a actuar precisamente para que dicho futuro pueda realizarse: es una variante sobre el clásico motivo del destino y los oráculos.
• Simultaneidad de narración y recepción ficticias. Los relatos internos de la Odisea, las Mil y Una Noches, Manon Lescaut, Wuthering Heights, etc., dejan claro que este caso es mucho más natural y frecuente. Es el de la conversación corriente y sus derivados literarios. También podemos mencionar un equivalente virtual no literario, como es el uso en latín de los llamados “tiempos epistolares”, “in which the writer of a letter transports himself to the time when it will be read, and therefore uses the imperfect or perfect where to us the present tense is the only natural one” (Jespersen 295).
• Intercalación de narración y recepción ficticias; por ejemplo, en las novelas epistolares.
• Indeterminación y neutralidad entre narración y recepción ficticias: la prolepsis con que termina Hard Times, de Dickens, nos sugiere poner esta novela como ejemplo de indeterminación o de neutralidad: tal es la vaguedad temporal que produce. No sabemos si el novelista nos habla como a lectores futuros o si se transporta virtualmente a nuestro lado para aconsejarnos.

3.2.2.4.1.3. Orden respectivo de la narración y de la escritura del autor
 
También en este caso son perfectamente posibles las relaciones que hemos señalado:
• Anterioridad de la narración a la escritura: Las novelas históricas en primera persona, como I, Claudius o Sinuhé el egipcio.
• Posterioridad: Looking Backward,  de Bellamy, o casi cualquier otra novela de ciencia-ficción anticipatoria. No hay que confundir este caso con la narración ulterior.  
• Simultaneidad: en los casos en que narrador y autor tienden a coincidir, como en la escritura histórica. Se emparentan con ella a este respecto las novelas con “autor-narrador”.
• Intercalación: Imaginemos un diario escrito perezosamente al día siguiente después de los hechos, pero ignorando ese desfase en la narración. No es una posibilidad tan rebuscada como parece: es el caso de muchos, por ejemplo del London Journal (1762-63) de James Boswell. 
• Indeterminación: Incontables novelas, por ejemplo The Old Man and the Sea.
• Neutralidad: Hay muchos casos en que se puede anular la relevancia de estas relaciones; pensemos por ejemplo en las series de aventuras de héroes del comic, publicadas a lo largo de muchos años, pero que supuestamente transcurren son narradas de forma continuada a lo largo de pocos meses o años de la vida de un personaje: el héroe no envejece, creando así muchas paradojas narrativas. Es parte del arte del comic el utilizar de modo creativo estas condiciones peculiares que impone la continuidad de la serie.

3.2.2.4.1.4. Orden respectivo de la narración y del momento de la lectura


• Anterioridad de la narración a la lectura: Este es el caso más frecuente, no marcado en literatura debido a las circunstancias normales de la comunicación escrita.
• Posterioridad de la narración a la lectura: Este es el caso que suele darse en las novelas de anticipación y ciencia-ficción. La acción transcurrirá en el futuro del lector, y su narración es posterior a ella, “ce qui illustre bien l’autonomie de cette instance fictive par rappport au moment de l’écriture réelle” observa Genette (“Discours” 231). Observemos que no siempre coincidirá este caso con sus “equivalentes” en los apartados anteriores. Por ejemplo, hemos leído la novela de Orwell 1984 en dos situaciones estructuralmente distintas antes y después del año 1984, y otro fenómeno comparable sucederá al releer Looking Backward, narrada desde principios del siglo XXI.
• La simultaneidad de narración y recepción real es estándar en el caso de la narración oral (la forma estándar de recepción de la narración durante milenios). La escritura convencional no presenta formas paralelas, pero sí se dan en fenómenos como los subtítulos del cine, algunos tipos de mensajes informáticos, etc., casos que a su vez pueden ser ficcionalizados.
• Intercalación de narración y lectura: en la narración epistolar (real) continuada, o en la lectura del Quijote para un contemporáneo que esperase la segunda parte.
• Indeterminación temporal entre narración y lectura: Caso frecuente en las narraciones ficticias de sucesos “recientes”; los lectores de Tom Jones o de Hard Times podrían haber sentido una indeterminación en esas obras; hoy este efecto se ha perdido en ellas.
• Neutralidad: La de las narraciones que se sitúan fuera del tiempo histórico. Abundan en la obra de Beckett: L’Innommable, Comment c’est,  Le Dépeupleur, Lessness, Worstward Ho...
    Esta fastidiosa clasificación podría todavía alargarse, pero realmente no vale mucho la pena. Tampoco volveremos más adelante sobre la situación respectiva de la acción respecto de la escritura, o de la lectura real, situación que puede someterse a una clasificación comparable a éstas. La productividad de algunos de estos tipos narrativos es muy baja, por razones obvias. Bástenos tener presentes los principios que hemos aplicado para determinar la ordenación temporal entre unos y otros aspectos del discurso. Lo que sí es importante resaltar es que muchos de los fenómenos estructurales que señalamos dependen del tiempo real de la historia y de la tradición literaria: con el paso del tiempo, lo escrito cambia y ni siquiera el pasado se queda donde estaba; la estructura narrativa de las obras está intrínsecamente ligada a la perspectiva histórica que adoptamos sobre ellas.

3.2.2.4.2. Duración

Ya hemos tenido en cuenta anteriormente la noción de duración narrativa para estudiar la temporalidad del relato. Remitimos allí, por tanto, para un primer acercamiento a esta cuestión.
    “Speech is of time”, decía el profesor Teufelsdröck de Carlyle (Sartor Resartus III, 532). Los actos de habla reales se desarrollan en un tiempo y un espacio concretos, aunque no necesariamente coincidan los del enunciador y el enunciatario (cf. van Dijk, Text Grammars 320). El acto narrativo ficticio no sólo puede tener una situación temporal: tambien puede ocupar un tiempo, tiene una duración: “ Raconter prend du temps (la vie de Schéhérazade tient à ce seul fil), et lorsqu’ un romancier met en scène, au second degré, une narration orale, il manque raremente d’en tenir compte” (Genette, “Discours” 233). También es frecuente esta indicación en la narración simultánea (Prince, Narratology 31). No sucede lo mismo con la narración extradiegética ulterior: Genette señala que en este caso la narración ficticia,

dans presque tous les romans du monde, excepté Tristram Shandy, est censée n’avoir aucune durée. (...) Contrairement à la narration simultanée ou intercalée, qui vit de sa durée et des relations entre cette durée et celle de l’histoire, la narration ultérieure vit de ce paradoxe, qu’elle possède à la fois une situation temporelle (par rapport à l’histoire passée) et une essence intemporelle, puisque sans durée propre. (“Discours” 234).

La trilogía de Beckett es otra excepción en este sentido, siendo el caso más claro de narración durativa el de Malone meurt. Las tres novelas utilizan la duración de la narración paradójicamente, a la vez contraponiéndola e identificándola a la de la acción. El drama ha jugado siempre con el desfase entre el tiempo representado y el de la representación, pero en el caso de la enunciación narrativa suele evitarse aludir a la duración del proceso narrativo. Quizá por una razón simple: el mencionarlo lo alarga; el signo temporal que se nombra a sí mismo despilfarra ostentosamente el tiempo del lector.


3.2.2.5. La narración como secuencia temporal

Ya hemos nombrado la diferencia entre dos maneras de concebir la obra literaria: como una estructura total o como un proceso de recepción. No se trata simplemente de dos alternativas ajenas una a la otra. En la concepción estructural debería incluirse la secuencialidad de la obra, la manera en que la estructura está ligada a una secuencia narrativa más sutil que la de la acción: la construcción gradual de las estructuras discursivas. Hawthorn sugiere que la visión “secuencial” estricta corresponde a la obra tal como es leída por primera vez, y que la relectura de la obra hace resaltar los elementos estructurales, más perceptibles una vez conocemos el texto completo (Hawthorn18 ss). 
    La secuencialidad temporal del texto narrativo está sobredeterminada: la acción es secuencial, el relato es secuencial, el discurso también lo es, sin que cada una de estas secuencialidades implique necesariamente las otras. Se superponen, sin embargo, se entremezclan y se complementan.  Su conjunto produce una secuencialidad peculiar de la obra, que no tolera ser alterada o invertida.
    Aristóteles ya distinguió entre las partes de la acción de una obra (en la tragedia, exposición, nudo y desenlace) y las partes sucesivas de la obra como tal, es decir, como discurso (en la tragedia, prólogo, episodio, cantos corales [párodos, commos o estásimon], y éxodo; ver Poética, caps. XVIII y XII ).
     Ingarden (Literary Work 313) propone describir las partes secuenciales de la obra como una estructura de fases sucesivas en las que la acción progresa más o menos, la tensión del lector crece o decrece, etc. En este sentido, cada estrato es susceptible de tener su dinámica interna particular, pero la interacción de todos crea la secuencialidad del discurso, que presupone a las demás. Ya hemos señalado las diferentes relaciones que las diversas estructuraciones del relato pueden producir entre la sucesión de la acción y las partes del discurso. Así pues, no volveremos aquí sobre las modulaciones de la temporalidad producidas medinate recursos como el final anunciado, el comienzo in medias res, etc. Sí volveremos algo sobre los conceptos de exposición y de clausura.
    “It is the function of exposition”, dice Sternberg,” to introduce the reader into an unfamiliar world, the fictive world of the story, by providing him with the general and specific antecedents indispensable to the understanding of what happens in it.” Una acción que adopte una forma convencional no supone problemas de comprensión si se respeta su orden natural. En el drama clásico, la exposición se halla al comienzo. La preceptiva dramática neoclásica recomendaba presentar una situación casi estática en el primer acto, para permitir al lector familiarizarse con los principales personajes y su problemática inicial antes de que sobrevenga la complicación argumental, que se hace progresivamente más compleja; la acción sólo se complica una vez que el espectador ya domina el estado de la cuestión (Corneille 222; Dryden, “Essay” 31).
    Pero la narrativa siempre ha sido mucho más libre en cuanto a las relaciones temporales entre acción y relato. Esto repercute en la actividad del lector. El retraso en la exposición provoca curiosidad, pero puede dificultar la comprensión. Las novelas suelen defenderse de este peligro mediante comienzos que son cualitativamente bastante diferentes a sus secciones intermedias. Comienzos y finales suelen ser fragmentos de una intensidad semántica mayor a la media. Por ejemplo, las referencias espaciales y temporales son básicas al comienzo de un texto, para instalar al lector en él cuanto antes (cf. Segre, Principios 44 ss). Aunque sólo sea virtualmente: las primeras palabras de la narración folklórica nos remiten a “un reino” donde “había una vez” un héroe. En las primeras frases de una novela suelen también fijarse las expectativas sobre la técnica narrativa, el punto de vista, la voz del narrador: se establece el decorum o normativa interna de la obra (Lanser 235 ss). El principio de una narración es de una importancia significativa crucial, y en él suele aparecer de manera especialmente nítida la técnica narrativa que se utilizará (Stanzel, Theory 155).  El comienzo de una obra es el equivalente a nivel textual de la topicalización oracional.  Y la misma topicalización oracional es especialmente reveladora en los primeros párrafos de la obra, pues se utiliza para determinar las presuposiciones del narrador y debe tenerse en cuenta. Comienzo y final tienen una carga significativa añadida al actuar como marcos que separan el universo estético de la obra del universo discursivo habitual desde el cual se solicita la atención del lector.
     Las reacciones a la ley general, en esta materia como en otras, son casi otra ley general en literatura. Varían en radicalidad, según la medida en que redistribuyan las relaciones de lo que sería una estructura no marcada. Un comienzo convencional en una narración de vanguardia puede confiar al lector de manera que las sorpresas posteriores sean mayores. Lo mismo podríamos decir de los finales. “Two novels, Sterne’s Sentimental Journey (1768) and Samuel Beckett’s Malone meurt (1951) end whimsically without even a mark of punctuation” (Watson 77). El caso de Sterne es whimsical aunque su novela también se interrumpe así por muerte del autor. En Malone, en cambio, no hay punto final porque muere el narrador (lo mismo sucede en Le noeud de vipères de Mauriac). Este tipo de final u otras variedades del final abierto  (ver 3.3.2.4) contrastan precisamente con la tradición narrativa que concede una importancia significativa crucial a la clausura dejando los finales bien atados y cerrando estructuralmente en ellos a la vez la acción, relato y discurso.  Tal es la relevancia estructural de la clausura que estos finales “abiertos” sólo lo son en sentido muy limitado, y la mayoría de las funciones estructurales de la clausura narrativa se conservan intactas también en este tipo de obras. Se afirma incluso que una obra literaria que renuncia a la clausura renuncia a una configuración estética o a una voluntad artística.  Aun señalando que hay muchos otros valores estéticos que pueden mantenerse, convenimos en que la clausura es una herramienta significativa crucial en la narración. Veamos pues cúales son las características fundamentales de la clausura como elemento estructural de la narracion.


3.2.2.6. La clausura narrativa

Al ser la estructura narrativa un todo secuenciado, un conjunto de relaciones que se construyen y se modifican como un proceso, la totalidad estructural sólo está disponible para el receptor una vez se ha cerrado el proceso. La clausura es algo más que una interrupción de la narración: es el fin de un largo proceso de reconstrucción narrativa emprendido por el lector y ofrece una perspectiva privilegiada sobre el conjunto de la estructura; podríamos decir que desde la clausura se determina finalmente el valor estructural de cada parte, que está en suspenso hasta que el final confirma o modifica por fin la función y sentido de cada elemento y relación. Para Frank Kermode, la narración y en concreto su cierre son así esquemas cognoscitivos de primer orden, pues consisten en imponer un orden, que Kermode considera ficticio, en una masa de acontecimientos que de otro modo carecerían de estructura. La narración impone una configuración, y de este modo crea un sentido humano en la acción y en la interpretación de los hechos. Para Kermode, la configuración narrativa, y el deseo de clausura, responde a una necesidad humana de coherencia más que a la estructura inherente de los hechos; de ahí su tendencia un tanto precipitada a englobar todo tipo de estructura narrativa (religiosa, literaria, histórica) bajo el término de “ficción.”
    Si la clausura organiza el sentido, no es sorprendente encontrar que los distintos géneros y modalidades narrativas presenten variedades de clausura acorde con el tipo de configuración semiótica que les es propia. La narración tradicional, por ejemplo, presenta finales altamente codificados que expresan con claridad los valores comunitarios: así los finales moralizantes de los cuentos maravillosos, o los relatos míticos de hazañas heroicas. Las clausuras descritas por Campbell en el monomito o por Propp en su estudios de los cuentos maravillosos (1.1.3.1. supra) pertenecen a formas narrativas estructural e ideológicamente estables; la clausura solucionan de modo satisfactorio las ansiedades y problemas cuyo planteamiento y clausura es la esencia misma del proceso narrativo tradicional. Obsérvese que la problemática narrativa de las formas narrativas populares (y de la manera popular de procesar la narración) sigue respondiendo en gran medida a este simple proceso de saturación de las líneas de acción previamente desencadenadas.
    De hecho la clausura es tan intrínseca a lo narrativo que suele producirse virtualmente aunque desaparezca del nivel explícito. Autores como Kermode han señalado la importancia del final como un elemento organizador del sentido. La narración es un modo de dar forma al tiempo de la experiencia humana, ya sea en la ficción o en las “ficciones” narrativas que proyectamos a nuestra interpretacion del mundo real. El tiempo adquiere sentido organizándolo narrativamente, y la conclusión va así ligada a la consecución de objetivos, a la afirmación de valores y a la interpretación del sentido de la acción humana en su conjunto.  La vida humana se organiza de por sí en secuencias narrativas; la percibimos como un fenómeno estructurado narrativamente. Recordemos las palabras finales del coro de Edipo Rey:  ningún mortal puede ser llamado feliz o desdichado hasta que han terminado sus días. Según esta lógica narrativa, el final tiene el privilegio de reorganizar retrospectivamente lo que le precede. El final tiene una primacía hermenéutica pues toda la estructura narrativa es revisada y reinterpretada desde esta especie de atalaya estructural. Kermode ve en la persistencia de esta estructura narrativa una influencia del concepto cristiano del tiempo. La cosmogonía cristiana es de hecho altamente narrativa, pudiendo leerse la Biblia como un gran mito con su origen, peripecias y clausura apocalíptica.  Para Kermode, toda obra con principio, medio y final es una versión reducidad del gran mito que aparece en su forma plena y literal en el gran relato bíblico que va del Génesis al Apocalipsis. Pero si esta es una manifestación importante y una influencia indudable, la preeminencia estructural de los procesos narrativizados va más allá de influencias o movimientos culturales específicos. Observemos cómo incluso en el pensamiento científico materialista supone un desarrollo significativo de las disciplinas su narrativización: así la biología estática propuesta por la “filosofía natural” clásica cede el paso en el siglo XIX a una biología evolucionista que necesariamente ha de presentarse en forma narrativa. La física newtoniana, compatible en sus presupuestos con un universo estable y eterno, se ve reemplazada por una nueva física “narrativa” al desarrollarse el concepto del espacio-tiempo y las teorías del origen de la materia. La termodinámica que postula la irreversibilidad de la flecha del tiempo y somete así la estructura de la materia y la energía a una narrativización. La historia que comienza en el Big Bang y que según algunos físicos concluiría en el Big Crunch, la forma avanzada de la disciplina en nuestros días, es a la vez la moderna formulación de la más vieja narración de Occidente, el mito de los orígenes de la Teogonía o del Génesis.
    Cualquier proceso temporalizado, pues, se interpreta mediante una estructuración narrativa. Esto es tanto como decir que la experiencia humana, necesariamente temporal, es también necesariamente narrativa. La frase, el texto secuenciado, el argumento y el proceso hermenéutico de la interpretación son distintas fases de un continuo narrativo cuya fundamentación última es la temporalidad humana. Como vemos, la clausura narrativa tiene relación no sólo con una plenitud de sentido, sino también con la muerte. Todo final es una pequeña muerte. En su estudio del deseo narrativo, motor de la narratividad, Peter Brooks señala que la satisfacción del deseo va unida psicológicamente a un deseo del final, el principio tanático descrito por Freud en su ensayo Más allá del principio del placer:

If the motor of narrative is desire, totalizing, building ever-larger units of meaning, the ultimate determinants of meaning lie at the end, and narrative desire is ultimately, inexorably, desire for the end. (Brooks, Reading for the Plot 52)

Toda narración vive en cierto modo de su propio final, y las más conscientes pueden elaborar en torno a su conclusión toda una parafernalia de símbolos y ceremonias del final: conclusiones parciales, emblemas de clausura, alegorías del propio deseo de finalidad y conclusión del lector. El ejemplo analizado por Brooks es la piel de zapa de la novela de Balzac, que va encogiendo a medida que consumen la vida y el deseo del protagonista, así como la narración que los contiene. Un argumento es para Brooks un mecanismo de saturación gradual del deseo, una máquina de posponer el final; en este sentido la narración es profundamente ambivalente. Postpone lo que desea, pues el haber narrado es una finalidad inherente en todo narrar. Pero es una postposición que tiene y crea sentido. Según Freud, cada vida busca el final que le es más propio. Así, cada narración necesita encontrar su propia modalidad de clausura narrativa. Las modalidades estructurales son muy diversas: desde obras con múltiples clausuras menores, nuevas aperturas de secuencias y un ritmo global de continuidad (así Orlando Furioso o Tristram Shandy) hasta obras obsesionadas con un desenlace total, que viven sólo de cara a su final (como Hamlet o Macbeth).  Un personaje de la novela de David Lodge Small World habla a este respecto de narrativas con patrones orgásmicos femenino y masculino, respectivamente—y la analogía entre deseo narrativo y deseo sexual, si bien humorística en este caso, no es de despreciar.
    La clausura apropiada se encuentra al nivel de la acción, mediante la representación de logros y conclusiones que expresan los valores propuestos por el narrador, o se rechazan implícitamente (mediante el contraste intertextual) las modalidades de representación de acciones predominantes en otros géneros u obras. Se encuentra también la clausura apropiada a nivel de relato. Es el relato una reconfiguración de la acción que mediante el uso de las alteraciones temporales, el punto de vista, y las demás categorías que le son propias (ver sección 2) da forma a una secuencia de intereses, identificaciones, deseos e interrogantes que se propone como un problema y halla su solución en la clausura. Qué es lo que se oculta, qué es lo que se desea y cómo sale a la luz o cómo se satisface el deseo—son éstas estructuras narrativas del relato relevantes para determinar qué tipo de clausura narrativa se ha alcanzado. El valor de la clausura, como señala Ricœur, no es sólo instantáneo, pues una clausura satisfactoria supone una reconfiguración retrospectiva de lo que la precede;  relaciones ocultas salen a la luz y crean a posteriori una coherencia en aspectos de la obra hasta entonces disgregados.
    La clausura también tiene un valor interactivo a nivel de discurso. Si la narración es el producto de un contrato narrativo establecido entre dos interlocutores, la clausura es también el cumplimiento del contrato y el retorno ritual al mundo público de la acción (discursiva o no) después del paréntesis abierto por el mundo (a veces mundo ficticio) de la narración. Toda interacción discursiva manifiesta señales interactivas que señalan el acuerdo de ponerle fin.  En este sentido, la clausura narrativa es una adaptación de este ritual interactivo a los distintos géneros narrativos. La clausura también manifiesta así de modo privilegiado la justificación comunicativa, el sentido en suma, de la interacción que ha tenido lugar.
    Se ha señalado con frecuencia una crisis de la clausura en la narración moderna. Esta crisis puede adoptar distintas formas, por ejemplo, la clausura misma puede devenir una crisis, en lugar de una restauración de un orden estable.  Formas paradójicas y reflexivas del final pueden sustituir a la clausura sencilla. La trilogía de Beckett es una vez más un ejemplo adecuado de un final que, por así decirlo, tiene lugar en otra dimensión de la realidad; un final imposible y a la vez necesariamente realizado, situación difícil que se resuelve metaficcionalmente (ver mi Samuel Beckett 215-26). No olvidemos, sin embargo, que la función cultural exploradora de estas subversiones de la clausura se ve compensada por la función estabilizadora de la gran masa de lecturas y lectores que siguen esquemas de clausura más tradicionales.



3.2.3. El narratario


Ya hemos aludido con frecuencia al narratario. Este es el destinatario de la narración, de los actos de habla realizados por el narrador. Genette define así su posición estructural:

Comme le narrateur, le narrataire est un des éléments de la situation narrative, et il se place nécessairement au même niveau diégétique: c’est-à-dire qu’il ne se confond pas plus a priori avec le lecteur (même virtuel) que le narrateur ne se confond pas nécessairement avec l’auteur. (Genette, “Discours” 265; cf. Prince, “Introduction” 178).

Hasta aquí la definición parece acertada. Según Genette, sin embargo, el narrador intradiegético se dirige necesariamente a un narratario intradiegético; “Le narrateur extradiégétique, au contraire, ne peut viser qu’un narrataire extradiégétique, qui se confond ici avec le lecteur virtuel et auquel chaque lecteur peut s’identifier” (266).  Esta parte de la definición puede llevar a confusión. El narratario extradiegético no tiene por qué confundirse con el lector virtual (o textual) tal como lo definimos más adelante (3.3.3). Puede ser un personaje tan bien definido y diferente del lector textual como lo es el narratario intradiegético. Tampoco nada impide que un narrador de un relato inserto (un narrador intradiegético) se dirija al público en general (narratario extradiegético). Aquí como en otras ocasiones el problema viene de la vaguedad de los términos “intradiegético” y “extradiegético” tal como son utilizados por Genette. Recordemos que gran parte de lo “intradiegético” puede aparecer también en el nivel extradiegético si no hay un cambio de nivel de ficcionalidad.
    En tanto que aparece como una figura independiente, el narratario, como el narrador, deviene un personaje interno a la ficción.  Pero el caso no marcado es su identificación con el lector textual, y, por tanto, la ausencia en él de rasgos de personalidad muy definidos. Prince (“Introduction” 181-182) ha hablado de un “narratario grado cero”, un caso no marcado que satisfaría el mínimo de condiciones comunicativas para desempeñar adecuadamente su papel (conocer el idioma del narrador, no conocer previamente la historia, saber extraer las presuposiciones del de la narración, seguir el relato ordenadamente de principio a fin… Sin embargo, no deja claro que todas estas condiciones hacen que el rol de narratario pierda identidad frente al de lector textual.  El caso no marcado, lógica y filogenéticamente, es precisamente esa identidad. Es el caso de la narración oral y de la narración escrita auténtica. Como en otras cosas, el polo del narratario es en esto paralelo al del narrador. Y precisamente porque los autores tienen valores e ideología, estos casos no marcados de narrador y narratario no pueden ser ideológicamente neutros.
    Toda desviación de ese imposible grado cero construirá la imagen de un narratario individualizado. Estas desviaciones se pueden producir muy calladamente. Por definición, el narratario no es una voz en el texto, y no puede, como tal narratario, tomar la palabra (actuaría en ese caso como personaje o como narrador). Pero es el receptor de la voz del narrador, y se ha señalado que en la ausencia de cualquier otro rasgo, hay una imagen del narratario que emana de la misma estructura pragmática de la narración. Ya hemos visto cómo la ficción mimética se definía por una activación inversa de la dinámica discursiva: en lugar de determinarse los actos discursivos y el significado del mensaje a partir de la situación comunicativa, se determinan los elementos de la situación comunicativa (reales o imaginarios) a partir de los elementos discursivos. Lo que por redundante no se dice en la actuación discursiva corriente debe ser reconstruido en la ficción a partir de los datos disponibles. Entre estos elementos está el narratario. No es accesible a través de un indicio propio, como lo es el narrador a través de su discurso.  Pero sí es accesible la imagen que el narrador tiene del narratario: los elementos apelativos de su narración definirán esa imagen. En palabras de Martínez Bonati, esto sucede de manera paralela a como conocemos la imagen del narrador: “lo expresado intrínseco se enajena en hablante ficticio, lo apelado intrínseco, en oyente ficticio”. Esta apelación se puede manifestar de diversa manera. La más evidente son los pronombres de segunda persona, o los pronombres de primera persona del plural si son inclusivos (cf. Prince, Narratology 18). También puede manifestarse en el tipo de contacto que mantiene el narrador, el lenguaje formal o familiar utilizado, pseudo-preguntas que se dirige el narrador a sí mismo, etc. Pero, sobre todo, a partir de la estructura informativa del mensaje.
    El proceso discursivo es analizable como una sucesión de temas y de remas, de información conocida por el oyente que se pone como marco de fondo para la información nueva.  El hablante parte de la base de que el oyente está familiarizado con los elementos que él introduce como temas. El narrador efectúa una serie de presuposiciones, a partir de las cuales podemos inferir la figura del narratario.  Da por supuestos conocimientos comunes, da explicaciones sobre objetos, acciones o lugares que supuestamente desconoce el narratario, etc.  Un caso particular entre éstas son las presuposiciones del narratario que son desmentidas anticipadamente por el narrador (cf. Prince, “Introduction” 183). Nombrando algo sin más, dándolo por sabido, se sienta como algo irrefutable de manera más segura que parándose a dar explicaciones. (cf. Prince, Narratology 44). Se crea así una cierta comunidad entre narrador o narratario, ante el que en ocasiones des difícil resistirse: la retórica narrativa amenaza al lector con pasar por un ignorante si cuestiona una presuposición. La medida en que debamos fiarnos de este procedimiento tan indirecto estará en función de la naturaleza del narrador y las intenciones del autor textual, que puede hacer que un narrador no fiable nos dé (a sabiendas o no) una imagen fiable de su interlocutor. Por otra parte, es cierto que lo que se halla implícito no es matemáticamente determinable: está en función de la capacidad de interpretación del lector o crítico (Prince, Narratology 37).
     Jon-K. Adams señala que la interpretación que hace el lector de los actos de habla del narrador pasa por la situación comunicativa ficticia y por el narratario (hearer): “Since the speaker’s rhetoric is directed at the hearer, the hearer always represents a potential rhetorical model for the reader”.  El lector ha de ocupar así distintos espacios textuales, desempeñar roles variados que le son asignados por el texto como condición de su interpretación. Así, el narratario puede constituirse en una motivación de ciertas actitudes discursivas dirigidas al lector. Adams señala cómo en los Evangelios (Marcos 4.10, Lucas 8.9-10, Mateo 13.10; 13.36) los discípulos piden a Jesucristo que les explique el significado de la parábola. Así se transforman en una analogía del lector dentro del texto. De modo similar, Dios, el narratario de las Confesiones de San Agustín, garantiza la veracidad y sinceridad de la palabra del narrador con vistas a su recepción por el lector textual, el cristiano medio (cf. Starobinski 289). El narratario puede servir de justificación para otras maniobras narrativas, como la ironía (cf. Prince, “Introduction” 192), dirigida contra él mismo o incluso contra el narrador, al que servirá de contraste (así en La chute de Camus). Otro contraste posible es el del narrador ignorante que presupone otro narratario igualmente ignorante, y contribuye a magnificar así la solidaridad irónica del autor y lector textuales (así sucede en Huckleberry Finn). En general, podemos decir que el narrador se define a sí mismo a la vez que define a su narratario, mediante su actitud interlocutiva (cf. Prince, “Introduction” 192-193). Desde el punto de vista del lector, por tanto, el narratario es un rol virtual que se le pide asumir. Pero esto no debe entenderse como una característica exclusiva de la narración, literaria o no. Lozano, Peña-Marín y Abril (227 ss) proponen, siguiendo a Récanati, describir la actitud de todo receptor como una posibilidad de desdoblamiento en destinatarios distintos, para recoger las múltiples fuerzas ilocucionarias que se pueden desplegar en un mismo texto. Subrayemos que esta polifonía discursiva no se da sólo en literatura, como se supone a veces.
    La figura del narratario siempre existe como posición teórica en un relato (excepto quizá en el caso del monólogo interior, 3.2.2.3.3.2 supra), pero puede estar más o menos definida o diluida. Prince señala que es inútil intentar una clasificación según la personalidad: el criterio habrá de ser la situación narrativa (“Introduction” 187 ss). Puede existir como una simple huella de una convención retórica en una narración que no va dirigida a nadie en el nivel comunicativo ficticio. O bien puede asimilarse a una instancia que desempeñe otro papel en la estructura textual. Puede asimilarse por ejemplo al narrador; Genette propone los ejemplos de relatos en segunda persona como La Modification de Butor o Zone de Apollinaire. Más corriente es que se asimile a un personaje (Prince, “Introduction” 188). Por tratarse de una figura un tanto pasiva, es corriente que de personalizársele se le dé el papel de algún personaje secundario (Gide, L’Immoraliste). Por lo mismo, es más raro que se asimile al protagonista (Prince, “Introduction” 178); pensemos sin embargo en Cinco horas con Mario de Delibes, donde el narratario (que por cierto está muerto) es al menos el coprotagonista. El narratario también puede presentarse en diversos grados de virtualidad que son otras tantas posiciones que el narrador marca frente a su discurso (cf. Prince, “Introduction” 183). Un narratario muerto como Mario es menos narratario que uno vivo; en el monólogo en el cual narrador y narratario coinciden el narratario no pasa de ser un rol proyectado ficticiamente por el narrador, una simulación de comunicación. Tacca (159) recuerda el caso tan explícito del diario de Anna Frank, donde asistimos a la patética creación de un narratario ideal e imaginario, la amiga que no tenía Anna.
    El narratario desempeña potencialmente un papel activo en la recepción del relato. Tanto más activo podrá ser su papel cuanto más personalizado esté, y cuanto más inmediata sea su relación comunicativa con el narrador. El narratario puede ser un interlocutor en una conversación. En este caso los papeles de narrador y narratario se intercambian rápidamente entre ambos interlocutores. Los términos aquí nos traicionan: en estos casos podemos llegar a hallarnos más cerca del drama que de la narración (cf. 2.4.1.1 supra). Las intervenciones de cada uno de los interlocutores no tienen por qué ser narraciones, y quizá convenga llamarlos simplemente interlocutores, y no narrador y narratario. Pero uno de ellos puede asumir un papel dominante, tener una historia que contar; tenemos así el narrador de un relato oral, como en las novelas-marco (Mil y Una Noches, Cuentos de Canterbury, el Decamerón,  el Heptamerón) o como en tantas novelas de Joseph Conrad. El “narratario” puede interrumpir al narrador, comentar sobre la calidad de la narración o el interés de la acción, etc. En esos momentos deja de ser narratario y se convierte en interlocutor, pero no olvidemos que sí es el narratario de los parlamentos de su interlocutor.
    Muy diferente será el papel del narratario si la situación comunicativa ficticia no es un relato oral, sino un relato escrito (cf. Prince, “Introduction” 188). Su posición se aproxima un grado más a la del lector, pero puede aún ser muy diferente. Es la situación que se da en las novelas epistolares, donde la acción es real para narrador y narratario, y ficticia para el lector. En ellas los papeles de narrador y narratario están bien fijados en cada carta, pero se alternan en la contestación a esa carta. Un caso más frecuente, sin embargo, es el del narrador-autor que se dirige al público en general. Aquí no es raro que el narratario pierda sus rasgos ideológicos diferenciadores, para convertirse en el reflejo ideológico del propio narrador.
    Otras diferencias relevantes para clasificar los narratarios son paralelas a las utilizadas en la clasificación de los narradores: narratario único o múltiple, de personalidad fija o variable, que cambia o no de status a lo largo de la narración, con conocimiento parcial o desconocimiento de la acción, con una competencia modal más o menos lejana de la del narrador, el autor o el lector textuales, narratario que se corresponda o no con la imagen que de él tenía el narrador, narratario intradiegético o extradiegético, etc.  Si la situación comunicativa ficticia es a su vez una creación literaria, su semejanza con la real es mucho mayor, y el papel asignado al narratario es potencialmente coincidente con el del lector textual aunque persiste siempre la posibilidad de diferenciación. Mientras el texto no tome medidas que aseguren lo contrario, el lector adoptará el papel del narratario y responderá por él al discurso del narrador.
    Lo que hemos dicho es aplicable tanto a los narratarios intradiegéticos como a los extradiegéticos. En la mayoría de las narraciones, el narratario extradiegético se asimila de facto al lector textual, de la misma manera que se asimilan autor textual y narrador. Pero este caso debe describirse como una misma identidad desempeñando diversos roles discursivos potencialmente diferentes. No podemos identificar sin más al narratario extradiegético y al lector textual. Es lo que hace Rimmon-Kenan, que cree ver en el sistema de Genette

a partly false symmetry between the narrator and the narratee (...) confined to the extradiegetic narrator / narratee. While the extradiegetic narrator is a voice in the text, the extradiegetic narratee, or implied reader is not any element of the text but a mental construct based on the text as a whole. In fact the implied reader parallels the implied author (...).

Por tanto, Rimon-Kenan propone suprimir el concepto de narratario extradiegético: hay siempre lector implícito, pero nunca hay un narratario extradiegético diferenciable de él.
    De lo dicho anteriormente sobre la diferencia entre el narrador y el autor textual debería quedar claro que esa construcción mental que es el narratario se realiza de acuerdo con convenciones diferentes en cada caso, aun cuando se parta del conjunto del texto.  Es decir, sucede en el área del narratario lo mismo que en la del narrador: aunque sean teóricamente diferenciables como posiciones estructurales, el lector textual y el narratario pueden coincidir en todo lo demás, y éste es el caso no marcado. El diferenciarlos es una maniobra retórica por parte del autor, que puede por así decirlo atacar al lector por dos frentes, el del lector textual y el del narratario. Se le ofrece un rol evidentemente inadecuado, el de narratario, para que se resista menos a adoptar el de lector textual. Aun cuando no hubiese un solo texto que ejemplificase esta diferencia, no habría por qué suprimirla. Pero esos textos existen: en Le Rouge et le Noir o La Chartreuse de Parme el narratario es un personaje convencional que contempla al protagonista con condescendencia e ironía: el lector textual lo admira. Los efectos retóricos, señala Adams, pueden resistirse, “but doing so fractures the speech act and foregrounds the speaker’s rhetoric” (66). Podemos negarnos a colaborar en la acción discursiva de un hablante o sencillamente observar que sus actos de habla no alcanzan el efecto perlocucionario deseado: si afirma o promete algo, podemos no creerle; si nos amenaza, podemos no asustarnos. El lector puede responder de este modo, por transferencia, a los actos de habla del narrador. Pero el lector también responde a los actos de habla del autor textual. Para aceptar a ‘Faulkner’ en The Sound and the Fury habremos de rechazar a Jason. Es necesario, pues, mantener la figura del narratario extradiegético como una posibilidad teórica que se hace muy real en numerosos textos.
   



3.3. Discurso



Notas

         Vendryès, cit. por Genette (“Discours” 226). Esta definición de voz gramatical es un poco sospechosa: como observa Jakobson, “la Voix caractérise la relation qui lie le procès de l’énoncé à ses protagonistes sans référence au procès de l’énonciation ou au locuteur” (“Les embrayeurs, les catégories verbales et le verbe russe” 183). De hecho, el sujeto al que se refiere la definición de Vendryès es el sujeto de la acción, y no el de la enunciación, como parece creer Genette. Podemos conservar, sin embargo, el término voz narrativa para referirnos a todos los problemas de la enunciación narrativa, aun despreciando la analogía gramatical.
         Jakobson, “Embrayeurs” 181. Cf. Kristeva, Texto 133.
         Cf. Greimas y Courtès (sub “Narrateur”); Segre (Principios 20). No es infrecuente leer que el narrador es el sujeto de la enunciación (por ej. en Todorov, Poética 74). Esto puede llevar a confusión. Ya hemos visto que en el fenómeno literario hay con frecuencia una superposición de enunciaciones. El narrador es el sujeto de una enunciación, pero no de la enunciación global del fenómeno literario: para eso está el autor (textual; 3.3.1 infra). En “Catégories”, la confusión creada por Todorov analizando una novela epistolar, Les liaisons dangereuses, es aún mayor. “Le narrateur dans les Liaisons dangereuses n’est évidemment pas Valmont, celui-ci n’est qu’un personnage provisoirement chargé de la narration (146). Ahora Todorov niega el papel de narrador a un enunciador ficticio, e identifica narrador y autor textual: un uso del término que es contrario a toda la tradición crítica.
         Lintvelt (37) considera que la oposición básica es la oposición narrador - personaje. Pero una figura tan derivada como es el narrador (ficticio) no puede hallarse en la base de una clasificación. Además, de los cuatro planos que Lintvelt toma de Uspenski para organizer su tipología narrativa (perceptivo-psíquico, temporal, espacial, verbal) sólo el último es competencia exclusiva del narrador; los demás se refieren a la focalización.
         Cf. Georg Lukács, “Die Theorie des Romans”; Weimann, “Erzählerstandpunkt”.
         Entre las obras dedicadas a la narración experimental y postmodernista, merecen destacarse las de Alain Robbe-Grillet, Pour un nouveau roman; Jean Ricardou, Nouveaux Problèmes du Roman; Patricia Waugh, Metafiction; Linda Hutcheon, A Poetics of Postmodernism; Brian McHale, Postmodernist Fiction y las colecciones Surfiction (ed. Raymond Federman) y Metafiction (ed. Mark Currie).
         O, más exactamente, a un referente (ver 3.2.2.3.3.2 infra).
         Ver también infra 3.2.2.3.2.2, 3.2.3.3.2.3.
         Boileau, Art poétique III, versos 295-307; Ignacio de Luzán, La poética IV. xi, 606; cf. William Blake, A Descriptive Catalogue 415; Coleridge, Biographia XV, 177; Ruskin, “Of the Pathetic Fallacy” 619; Emile Zola, “The experimental novel” 652; James, “Art” 167; Irving Babbitt, “Romantic Melancholy” 793 ss.; Stanzel, Theory 11; Labov 372-373.
         Dryden se refiere al Ovidio de las Heroidas.
         Cf. Booth, Rhetoric; Weimann, “Erzählerstandpunkt”; Lanser 49; Bronzwaer, “Implied author”.
         Por ejemplo, Todorov, Poética 58; cf. 3.1.1 supra.
         Lintvelt 58. Cf. Lozano, Peña-Marín y Abril 102.
         Cf. esta misma idea referida a la extensionalidad de nombres y predicados en J. Lyons 172; Van Overbeke 432.
         Que puede utilizarse para crear subjetividad, o más bien para objetivar la subjetividad. La autobiografía, señala Starobinski, pretende objetivar y des-formalizar este pronombre vacío, llenarlo de contenido (290). Cf. también las observaciones sobre lenguaje y subjetividad en Jacques Lacan, “Fonction et champ de la parole et du langage en psychanalyse”, en Écrits I. Para una crítica a la rigidez del sistema de Benveniste, cf. Starobinski 287; Ducrot, Dire et ne pas dire 99; Culler, Structuralist Poetics 198; Cohn, Transparent Minds 188-189.
         Según la teoría semántica a la que se adhería en este momento van Dijk, esto no sería más que un caso particular de este tipo de transformaciones, que siempre suprimirían en las oraciones de superficie elementos como los verbos performativos, las presuposiciones, etc. (Cf. Ross, “On Declarative Sentences”; Jerrold M. Sadock, “Super-Hypersentences”). Para una aplicación específica de esta teoría a la literatura y a la narración ficticia, cf. Samuel R. Levin, “Consideraciones sobre qué tipo de acto de habla es un poema”; Gisa Rauh, Linguistische Beschreibung deiktischer Komplexität in narrativen Texten. Para una crítica a este modelo de descripción, cf. Gazdar, Pragmatics, cap. II.
         Cf. Tomashevski, Teoría 13-14; Aguiar e Silva, Teoría 16 ss. Un ejemplo extremo de flexibilidad en el uso de los pronombres para referirse a un sujeto problemáticamente ausente puede encontrarse en El Innombrable de Beckett. Ver mi artículo “Personne”.
         Ver 2.4.2.3 supra; cf. Lozano, Peña-Marín y Abril 102; Bronzwaer, “Implied author” 11 ss.
         Cf. Martínez Bonati 169; Fowler, Linguistics and the Novel 83; Tacca 67; Sternberg 255-256; 3.2.1.10 infra.
         Cf. supra, nuestra diferenciación entre identidad ficticia y rol narrativo, así como las observaciones sobre el autor-narrador (3.2.1.11 infra).
         Es decir: la casilla del autor y la del narrador (siempre teóricamente diferenciables, infra) están ocupadas por el mismo sujeto. Cf. Tomashevski, “Thématique” 278; Friedman, “Point of View” 125; Booth, Rhetoric 151; Weimann, “Erzählerstandpunkt” 373; Genette, “Frontières” 162; Miller, “Three Problems” 29; van Dijk, Text Grammars 302; Tacca 35; Pratt 173; Chatman, Story and Discourse 147 ss; Bronzwaer, “Implied author” 8; Lanser 44, 152; Segre, Principios 26; Hawthorn 94. Ello equivale a decir que, si bien en un sentido tanto la narración autorial como la ficticia son fenómenos de la estructura superficial del discurso (como afirma Stanzel, Theory 15 ss) en el segundo caso esa estructura superficial es más compleja, y consta de más niveles enunciativos (lo cual nos revierte parcialmente a la posición de Hamburger que refutaba Stanzel). La coincidencia entre autor textual y narrador es el caso no marcado lógica e históricamente. Esta flexibilidad de la estructura narrativa plantea problemas terminológicos, que sólo se resolverían con una fastidiosa exactitud en el uso de términos: “autor textual no identificado con el narrador ficticio”, etc. Normalmente daremos por supuesta esta flexibilidad, dejando que el contexto aclare cuándo nos referimos a un autor textual en funciones de narrador y cuándo a un narrador ficticio.
         Cf. Bajtín, The Dialogical Imagination; Weimann, “Erzählerstandpunkt” 392; Ruthrof viii ss.
         Cf. Jakobson, “Embrayeurs”; Eco, Lector 88; Greimas y Courtés 125; Lozano, Peña-Marín y Abril 42, 90; Lanser 118.
         Ingarden, Literary work 206; Kayser, “Qui raconte?” 80.
         “Relations” 241. Cf. Kristeva, Texto 255; Lintvelt 58; Lozano, Peña-Marín y Abril 93 ss. La paradoja de que el discurso “histórico” de Benveniste sea precisamente el más específicamente narrativo (y no, por ejemplo, conversacional) se hace evidente cuando DoleΩel llama “discurso del narrador” a algo equivalente al discurso “histórico” de Benveniste, que supuestamente “no tenía narrador” (DoleΩel, Narrative Modes 4). Sobre la objetividad narrativa, cf 2.4.1.1 supra. En cuanto al aoristo narrativo, ya Jespersen (276) observaba que carece del tono emotivo que suele ir asociado al imperfecto. Cf. 3.2.2.4.1 infra.
         Segre, Principios 26; cf. Stanzel, Theory 8. Compárese este fenómeno literario con la diferencia entre el estilo cinematográfico “clásico” de Hollywood y el cine “de arte” europeo, que problematiza reflexivamente sus normas narrativas (ver por ej. Daniel Dayan, “The Tutor-Code of Classical Cinema”; David Bordwell, Narration in the Fiction Film 162-64).
         Cf. la oposición entre la narración “personal” en 1ª o 2ª persona y la “apersonal” en 3ª persona según Füger (Zur Tiefenstruktur des Narrativen 274; cit. por Lintvelt, 136). La tercera persona es la persona “épica” por excelencia; a veces se ha hablado del efecto lírico de la narración en primera persona (R. Freedman, “Nature and Form of the Lyrical Novel”; Stanzel, Typische Erzählsituationen 163-168; Ruthrof 65).
         Nouveau discours 66. Aquí se retracta Genette de la postura mantenida en “Frontières”, donde, siguiendo a Benveniste, defendía la posibilidad de un relato impersonal.
         Tiene muchas analogías con esta idea de Benveniste la teoría de Banfield sobre la ausencia de narrador en el estilo indirecto libre (ver Banfield, Unspeakable Sentences; Berendsen, “Formal Criteria” 85, “Teller” 142;  J.-K. Adams 16 ss). Banfield niega la necesidad de un narrador basándose en una argumentación sintáctico-generativa. Como observa Adams, esta argumentación no está bien dirigida, pues la presencia o no de narrador es un fenómeno pragmático; una sintaxis determinada será una consecuencia más de la estructura pragmática. Pero la pragmática desborda el modelo de Banfield.
         Rhetoric 73. Cf. Prince, “Introduction” 178.
         Ver 3.1.4.4 supra.
         Las dificultades de la teoría de Martínez Bonati afloran cuando se ve obligado a aceptar un hablante ficticio en estos casos, más bien que un rol. Esto es obviamente insatisfactorio, y Martínez Bonati parece verlo, al vacilar en su terminología: ahora habla de “algo así como un hablante ficticio”, un “hablante inmanente” (152-153). De igual manera, al hablar de escritos no literarios parece ver impropio el término “hablante ficticio” (153). Esta misma diferenciación entre hablante ficticio, hablante inmanente y autor es la que ha de introducirse en la narración literaria.
         Ver Wimsatt y Brooks 379 ss; Peter Szondi, "Friedrich Schlegel und die Romantische Ironie”. Sobre la ironía en general, ver sobre todo: Wayne Booth, A Rhetoric of Irony; Linda Hutcheon, Irony’s Edge; Gary J. Handwerk, Irony and Ethics in Narrative  o (más generalmente aún) W. Jankelevitch, La ironía.
         Cf. 3.2.1.10 y 3.2.1.11 infra.
         1.2.3 supra; Lozano, Peña-Marín y Abril 75 ss; cf. Chatman, Story and Discourse 196.
         Cf. Booth, Rhetoric 155 ss; Gullón 123 ss; Bonheim 52; Prince, Narratology 13.
         La variabilidad en la caracterización del narrador (sobre todo en lo referente al uso de la perspectiva) es frecuentemente condenada por los narratólogos anglosajones de los dos primeros tercios de nuestro siglo, como Beach o Lubbock. Véase Friedman, “Point of View”.
         Paul Grice, Studies in the Way of Words 26-27.
         Ohmann (“Speech” 247) observa así cómo el narrador de la novela de Beckett Watt rompe las “condiciones de felicidad” (3.1.1 supra) de la narración tradicional. En aquélla, “the teller always endures the fictive world of the story for its duration, and, again, by convention, does not acknowledge that it is a fiction. When Beckett’s narrator admits a discrepancy between his fictive world and the real world, he violates both rules” (“Speech…” 247). Estas rupturas son, como señala Ohmann, un rasgo estilístico importante (251). Cf. sin embargo infra sobre el supuesto carácter ilocucionario de estas reglas.
         Cf. Labov, Language 366; Culler, “Fabula and siuzhet” 35 ss.
         Es absurdo negar esto, como hace Tacca (67).
         Booth (Rhetoric 339) introduce el término unreliable narrator. Lanser (169) habla de la mimetic authority del narrador, que varía entre los polos de la total competencia y honestidad y la total incompetencia y deshonestidad narrativas. Chatman (Story and Discourse 135 ss) prefiere hablar de unreliable discourse más bien que de unreliable narrator.
         Es lo que hace Stanzel (Theory 89) respaldado por Wolfgang Lockemann (“Zur Lage der Erzählforschung”).
         Stanzel (Theory 89) muestra lo erróneo de esta suposición de Lockemann.
         Pouillon 61 ss; Todorov, “Catégories” 141 ss; Füger 274; Tacca 72; cf. V. Lee, “Construction”  20.
         Jean-Pierre Faye, Théorie du recit  1, cit. en Tacca 66.
         Cf. Kayser, Interpretación 274; Friedman, “Point of View” 121; F. K. Stanzel, Erzählsituationen 49; Humphrey 33; Tacca 73 ss; Lintvelt 44; Lozano, Peña-Marín y Abril 134; Sternberg 256; Lanser 161; Castilla del Pino, “Psicoanálisis” 309; Rimmon-Kenan 79; cf. 2.4.2.2 supra.
         Cf. por ej. Tacca 34 ss; José María Bardavío, La versatilidad del signo 171 ss.
         Booth avisó suficientemente sobre la engañosa neutralidad de otras técnicas más dramáticas (Rhetoric 377 ss). Según Stanzel (Theory 18 ss) el paso de una poética normativista a una poética descriptiva tuvo lugar antes en Alemania (años 50) que en los países anglosajones (años 60). Es bueno relativizar más y observar que muchos enunciados supuestamente descriptivos encierran valoraciones implícitas.
         Cf. Friedemann 84; cf. Sternberg 254; Chatman, Story and Discourse 212.
         “Theory and Model for the Structural Analysis of Fiction”, New Literary History 5.2. (1974); cit. en Lanser 228.
         Cf. DoleΩel, Narrative Modes 7; Lintvelt 26, 61 ss. Según Berendsen (“Teller” 141) la función testimonial e ideológica serían competencia del focalizador, y no del narrador. Esta idea nos parece absurda: la focalización es una estrategia retórica empleada por el narrador; se puede atribuir al narrador una función ideológica instrumental, pero el último depositario de esta función es el autor.
         Cf. van Dijk: “we may define both speaker and hearer in an abstract way, that is we do not simply identify these notions with particular human individuals, but conceive of them as sets of pragmatically relevant relations (...) between sets of properties, e.g. (i) a set of physiological properties (ii) a set of psychological properties and (iii) a set of sociological properties” (Text grammars 322). Al igual que hacíamos en el caso de los personajes, van Dijk propone distinguir propiedades más o menos permanentes, etc.
         Para estos conceptos, cf. Shklovski, “Construction” 196; Eïjenbaum, “Prose” 210; 3.2.2.1 infra.
         Structuralist Poetics 170; cf. Martinet 40.
         El círculo hermeneútico es descrito por Schleiermacher (164, 198-200, passim). Para algunas consecuencias narratológicas, ver Culler, “Fabula and Sjuzhet”, Ricœur, “Narrative Time”, y mi artículo “Understanding Misreading”.

         Cf. Martínez Bonati 64. 3.1.4.2 supra; 3.2.2.3.2.2 infra.
         Metadiegético (métadiégétique) en Genette (“Discours” 238-239); la extensión perfectamente lógica del prefijo intra- también es insinuada por Genette (Nouveau discours 61), sin que por ello se decida a adoptarla. Aunque seguimos en líneas generales la terminología de Genette, nos parece que es acertada la crítica de Bal: el prefijo meta- tendría aquí un sentido contrario al que tiene, por ejemplo, en el término metaficción: debería utilizarse un prefijo que indicase un nivel inferior, menos inclusivo (Narratologie 35; cf. Lozano, Peña-Marín y Abril 141; Volek 174). Bal propone hypo-récit, hypo-diégétique. Prince (Narrratology 15) habla de main, secondary, tertiary narrators. Aquí utilizaremos el mismo prefijo intra- para hablar tanto de narradores como de narraciones, pero en caso en que se superpongan varios niveles es preferible utilizar un ordinal, porque la repetición del prefijo lleva a confusión. Sobre la noción de inserción narrativa, cf. también Shklovski, “Construction” 189 ss, Pratt 209; Ruthrof 93 ss.
         Cf. Bal Narratologie 31; Berendsen “Teller” 149 ss.
         Todorov (“Los hombres-relatos”) y Genette, (“Discours” 241) señalan la multiplicación de niveles en las Mil y Una Noches; José Luis Otal señala hasta seis niveles superpuestos en The Canterbury Tales (“Sistema de indicadores gráficos del estilo directo en varios manuscritos y ediciones de The Canterbury Tales” 28).
         A menos que se rompa la lógica de los niveles. En la novela de Mailer Why Are We in Vietnam? cada uno de los dos narradores inventa al otro.
         Cf. Martínez Bonati 64; Todorov, “Hombres-relato”; Bal, Narratologie 35.
         Sobre la noción de cambio de nivel de focalización, cf. Bal (Narratologie 38 ss; “Laughing Mice” 203 ss); para una crítica a la concepción de Bal, cf. Bronzwaer (“Bal’s Concept” 197 ss) Genette (Nouveau discours 51).
         Andrew Gibson, Towards a Postmodern Theory of Narrative 216  Otros críticos, como Ian Reid (Narrative Exchanges) o Peter Brooks critican los presupuestos estructurales; en nuestra opinión es ingenuo creer que se trata de un enfoque que se pueda suprimir u obviar; puede, eso sí, trascenderse.
         Se pueden establecer subdivisiones ulteriores: según la teoría dramática neoclásica, la narración del mensajero es de dos tipos: puede colocar al público en antecedentes de una situación o bien referir el resultado de alguna línea de acción que se ha desarrollado sobre escena (Corneille, “Unities” 221 ss; Dryden, “Essay” 44). La primera es, se dice, menos recomendable.
         Sólo podemos apuntar la relevancia de este tema para un tratamiento de los niveles narrativos y estructurales en general, y remitir a la obra de Lucien Dällenbach Le Récit spéculaire para un tratamiento detallado de la mise en abyme.
         Z. G. Ming, “El concepto de texto y la estética simbolista” 142.
         Todorov, “Los hombres-relatos” 175; Genette, “Discours” 243-244; Lintvelt, 210.
         Por ejemplo, en Pseudo-Plutarco la metalepsis “por sinonimia indica una cosa dife¬rente” (Sobre la vida y poesía de Homero § II 21; p. 59); para San Isidoro, “Metalepsis es un tropo por el que el consiguiente se toma del antecedente” (Etimologías I.37.7; p. 340-41); para Vico “Metalepsis is a species of metonymy where the expression of an action of cause is given in place of an expresion of an actoin of effect (antecedens ponitur pro consequente) (...) or, on the contrary, where the consequent is given for the antecedent” (The Art of Rhetoric § 45, p. 147). Du Marsais, Littré y Lausberg también defi¬nen la metalepsis como una figura donde el antecedente se toma por el consecuente; Dupriez, que recoge éstas y otras variantes, relaciona la figura con la alusión, la metonimia y el eufe¬mismo (Dupriez 284-85). Para Lázaro Carreter, en la metalepsis “en lugar de una pala¬bra se emplea otra que es sinónima de su homónimo” (Diccionario de términos filológicos y literarios 311); en Harold Bloom es “the trope of a trope, the metonymic substitution of a word for a word already figurative” (A Map of Misreading 74). Prince (A Dictionary of Narratology), repite la de¬finición de Genette (con errores conceptuales en su ejemplo, por cierto). La primera alu¬sión de Genette a la metalepsis (Figures II 215-16) se ceñía más a la definición de Fontanier.
         También Beckett, por supuesto. En Samuel Beckett y la narración reflexiva analizo numerosas variantes, usando el término “metalepsis” al modo de Genette.
         Ver 3.1.5.4 supra. Recalquemos la existencia de diversas relaciones de status: por ejemplo, entre el autor textual y el narrador (a) y entre el narrador y su narra¬ción (b). Un narrador ficticio puede narrar un relato que es factual para él.
         En Todorov, que habla de “pasos de un grado a otro” (“Hombres-relatos” 175) tampoco se apre¬cia un intento de diferenciar conceptualmente el status (ficticio / no ficticio) de la simple dife¬ren¬cia de nivel (diegético / intradiegético).
         Booth, Rhetoric 150; Füger 272 ss (cit. en Lintvelt 136); Kristeva, Texto 134; Second-Person Narrative, ed. Monika Fludernik.
         “Discours” 252; Nouveau discours 66; cf. Bal, Narratologie 34; Sternberg 279, Stanzel, Theory 48. Esta inevitabilidad de la primera persona, dada por la misma naturaleza del lenguaje, ya era subrayada por Theodor Lipps (Grundlegung der Ästhetik 497; cit. en Ingarden, Literary Work 206).
         Edmond Scherer, Poetik 246ss; cit. en Friedemann 27.
         El sentido en que utilizan este término Friedemann (35-36), Leibfried, Füger o DoleΩel (cits. por Lintvelt 134 ss), Stanzel (Theory 48), Tacca (65), Ruthrof (103), Prince (Narratology 13), etc.
         Por ejemplo por el mismo Stanzel, Theory 92. Sobre el uso de los deícticos para ordenar el texto en relación a diversos enunciadores, focalizadores o presupuestos cognoscitivos, ver Bronzwaer (“Implied author” 4); John Tynan (“Pronouns and Possible Worlds”); Gisa Rauh, Linguistische Beschreibung; Essays on Deixis, ed. Gisa Rauh; Keith Green, “Deixis and the Poetic Persona”.
         Cf. Prince, Narratology 14; Stanzel, Theory 49. Booth (Rhetoric 153) utiliza observer en un sentido distinto, referido (¿solamente?) a los narradores heterodiegéticos.
         De no atender a esta limitación de alcance, la definición de “narración en primera persona” se puede complicar innecesariamente. Asi, según Pratt, “[t]he author of a literary work may identify the fictional speaker as someone other than himself, usually by giving him a proper name. This is the configuration we normally call first-person narration. Jane Eyre is a good example of a first person novel in which the unmarked case is realized” (208). Pero según esta definición no podríamos llamar “narración en primera persona” a la narra¬ción real, autobiográfica, (cuando en realidad es éste el caso no marcado). Un descuido seme¬jante comete Stanzel en su propia definición de la primera persona (Theory 48).
         Genette, “Discours” 253; cf. Lanser 159.
         Genette observa en Proust una sorprendente indiferencia a esta convención: el narrador de A la recherche du temps perdu “n’en sait pas seulement, et tout empiriquement, davantage que le héros: il sait, dans l’absolu, il connaît la Vérité” (“Discours” 260).
         Cohn, Transparent Minds 169 ss; Genette, Nouveau discours 74 ss; Stanzel, Theory 84 ss. Cf. sin embargo Genette: “Les conséquences modales du choix narratif ne me paraissent ni si massives ni surtout si mécaniques qu’on le dit souvent” (Nouveau discours 76). Bien es verdad que las técnicas narrativas exploradas sistemáticamente durante el siglo XX han reducido la distancia que en principio separa a la narración homodiegética de la heterodiegética.
         Genette (Nouveau discours 83 ss). Algunos teorizadores no acaban de aceptar esta independencia entre la perspectiva y la persona, entre el relato y el discurso. Lintvelt (84) niega la posibilidad de este fenómeno, al que hipotéticamente denomina “homodiegético neutro”. Como señala Genette, esta negativa se debe a una diferenciación insuficiente por parte de Lintvelt entre dos tipos de “objetividad”: la de los pensamientos y la de las percepciones. La teoría de Bal (2.4.2.6 supra) evita este tipo de confusiones.
         Kayser, “Qui raconte?” 75 ss; Genette, “Discours” 214 ss.
          Stanzel, Theory 84. Stanzel relaciona el juego de ambigüedad entre primera y tercera persona con la psicología de la personalidad dividida (106; 150).
         Son interesantes a este respecto los comentarios de Brooke-Rose (“Remaking”) sobre su autobiografía en tercera persona Remake y otros problemas de persona en sus novelas.
         Enfoques tipológicos de distintos tipos se encuentran en Richardson (en Allott 258), Lee (cf. 2.4.2.3 supra), Lubbock, Friedman, Stanzel, Booth, Lintvelt, etc. Algunos críticos miran estos enfoques sintéticos con desconfianza; cf. Genette, Nouveau discours 77 ss; Chatman, Story and Discourse 165 ss; Ruthrof 4 ss. Para una defensa del método tipológico, cf. Stanzel, Theory 58 ss.
         Stilstudien II; cit. en Cohn, Transparent Minds 298 n.3. Cf. Cohn 143 ss, Ruthrof 63, Tacca 138.
         Cf. Watson 17, Hawthorn 89.
         Cf. Susana Onega, “Sobre la importancia del punto de vista en la novela” 54.
         Ducrot distingue entre el enunciador en tanto que tal (“Je1”) y el enunciador en tanto que persona del mundo que coincide con el enunciador (“Je2”) (“Pragmatique” 531, 574).
         Pouillon, Tiempo 44 ss; Frye, Anatomy 307; Freeman 30 passim. Lothar Cerny rastrea este mismo hecho en la autobiografía ficticia de David Copperfield (Erinnerung bei Dickens, cit. en Stanzel, Theory 82.
         Sobre la novela epistolar, cf. Watson 30 ss; Robert A. Day, Told in Letters; Laurent Versini, Laclos et la tradition; Le Roman épistolaire.
         Cf. Watson 33; Todorov, “Catégories” 127.
         Véase el brillante análisis de Hillis Miller en “Heart of Darkness Revisited”.
         Cf. los self-conscious narrators de Booth (Rhetoric 155). Cf. Prince, Narratology 12; Tacca 113 ss.
         Véase 3.1.3 supra; cf. Sternberg 254 ss. José María Pozuelo llega a incluir al narrador-autor en su esquema básico de la comunicación literaria, llamándolo “autor implícito representado” y distinguiéndolo tanto del narrador como del autor textual, al que llama “autor implícito no representado” (Pozuelo 236, 239). Para nosotros, se trata de una figura derivada mediante una reduplicación de una estructura más básica y corriente, y en modo alguno esencial en un esquema básico de la comunicación narrativa.
         Platón, República III, 102; Aristóteles, Poética XXIV, 1460 a; Richardson (en Allott 258).
         Pero recordemos de todos modos con Freud que el ego es sólo el actor y que hay bambalinas detrás del escenario.
         Por ejemplo, por Jon-K. Adams en su tratamiento de la “autoridad retórica”: “the writer’s authority over the speaker is different from the speaker’s authority over a character, for the levels of embedding are not comparable. The speaker has rhetorical authority over a character because both are in the same fictional world” (60). Tanto el narrador como los personajes están en un mundo ficticio, pero ese mundo no tiene por qué ser el mismo. Si queremos llamar speaker o “narrador” a la voz narrativa que abre El amigo Manso de Galdós, ahí tenemos un ejemplo. Obras metaficcionales La dentellière, de Pascal Lainé o Fragmentos de Apocalipsis, de Torrente Ballester, presentan otras variantes.
         Análisis del discurso 185. Como señalan estos autores, los enunciados realizativos metalingüísticos se pueden relacionar con los verbos realizativos “expositivos” de Austin (161).
         Cf. Lanser 157. Chatman cree ver una diferencia entre voz y perspectiva en este sentido: “point of view is in the story (when it is the character’s), but voice is always outside, in the discourse” (Story and Discourse 153). Pero como ya hemos señalado, la narración homodiegética también pertenece a la acción en tanto que acontecimiento. Tanto la voz como el punto de vista utilizados en los niveles superiores pueden tener su origen dentro de la acción (cf. 1.2.4 supra).
         Teoría 195. Cf. Eïjenbaum (“Théorie de la méthode formelle”). Para Sternberg motivación es “the explicit or implicit justification, explanation or dissimulation of an artistic convention, device, or necessity either in the terms of artistic exigencies, goals, and functionality (aesthetic or rhetorical motivation) or in terms of the referential pattern of the fictive world (realistic or quasi-mimetic motivation” (247). Esta clasificación también procede de Tomashevski (Teoría 195 ss). Cuando hablemos de motivacion a secas nos referiremos al segundo tipo; en el primer tipo podría decirse que hay simple imposición de una técnica o de un motivo, más que motivación—a menos que haya una no-coincidencia entre el fin estético alegado y el que se obtiene efectivamente (cf. la “falsa motivación” de Tomashevski, 196).
         Ver los análisis de Barthes en “Introduction” o S/Z.
         “Statut” 121-122. Cf. Booth, Rhetoric 152; Ingarden, “Functions” 384.
         Teoría 265; cf. distinciones similares en Eïjenbaum, “Prose” 198.
         Cf. Eïjenbaum, “Prose” 199; “Manteau” 215; Staiger 139.
         Cf. Lukács, Théorie du roman; Staiger 138 ss; Frye, Anatomy 248; Weimann, “Erzählerstandpunkt” 391 ss.
         Kayser, “Qui raconte?” 70 ss; Weimann, “Erzählerstandpunkt” 391; cf. Segre, Principios 26.
         La elección de la motivación es libre para el autor, pero determinada para la historia. Es difícil imaginar una situación narrativa de pesadilla como la de L’Innommable fuera del peculiar contexto histórico del autor: el cruce de las esotéricas vanguardias esteticistas de París con el existencialismo y la experiencia de la segunda guerra mundial.
         Bajtín, The Dialogic Imagination 300 passim. Sobre “multivocidad”, “dialogismo” e “intertextualidad” ver también Tzvetan Todorov, Mikhail Bakhtin: The Dialogical Principle; Holquist, Dialogism; Beatriz Penas, “Intertextuality, a Dialogical Relation”.
         Viktor Vinogradov, “Itogi obsuzhdeniia voprosov stilistiki”, cit. en Ditmar El’iashevich Rozental’, Prakticheskaia stilistika russkogo iazyka 49.
         Eïjenbaum, “Méthode” 54 ss; Tynjanov, “Évolution” 117 ss.
         Remitimos al debate en la crítica neomarxista y en el Nuevo Historicismo sobre la autoridad de la clausura narrativa, tema prominente por ej. en los ensayos reunidos en Materialist Shakespeare, ed. Ivo Kamps.
         Los formalistas consideraban una distinción básica la oposición del monólogo al diálogo. Cf. por ejemplo L. Iakubinski “O dialogicheskoï rechi”; cit. en Erlich 235.
         L. V. Scerba, Vostoeno loujickoïe narecie, cit. en Kristeva, Texto 121-122; Bajtín, Problems of Dostoevsky’s poetics; cf. Benveniste, “L’appareil formel de l’énonciation”, cit. en Lozano, Peña-Marín y Abril 94.
         Booth 165; Lanser 177.
         Tomashevski (Teoría 265); Eïjenbaum, (“Manteau” 226); cf. Volek (103).
         Story and Discourse 210. Toolan analiza múltiples ejemplos.

         The Narrative Modes 1. Distinguen estos movimientos narrativos (o algunos de ellos, asimilando el discurso directo a la narración) muchos autores, entre ellos Genette, "Frontières"; Hendricks 218 ss; Berendsen, "Formal Criteria" 90; Bal, Teoría 16, etc. James ("Art" 173 ss) se muestra escéptico sobre la posibilidad de separar unas funciones de otras en una novela: cualquier fragmento realiza todas las funciones a la vez.
         Cf. Genette, "Discours" 184 ss.; Prince, Narratology  47. De hecho, el criterio de Bonheim a la hora de determinar qué es lo que entiende por speech no está muy claro; a veces incluye el estilo indirecto (21).
         Así podemos añadir a las clasificaciones de modos narrativos de Platón y Aristóteles antes mencionadas (2.4.1.) las de otros teóricos. Henry James diferencia el resumen de la escena. Robert Petsch (Wesen und Formen der Erzählkunst, cit. en Bonheim 3) distingue entre "presentación", "narración", "descripción", "reflexión", "cuadro", "escena" y "diálogo". Watson propone "authorial voice", "coloured narrative", "free indirect speech", "indirect speech", "direct speech" y "description". Weimann ("Erzählerstandpunkt" 388) propone otra diferenciación más sencilla, al parecer ligada a los tres elementos de la situación comunicativa: tendremos así comentario, narración y apelación al lector. Para un análisis de algunas de estas clasificaciones así como de otras menores (Koskimies, Kayser, Lämmert, Hansen, Thale, Bain, Kinneavy, Chatman, Hernadi, Weinrich) véase Bonheim 1 ss; Stanzel, Theory  63 ss. Los estudios de Todorov y Genette clarifican mucho el panorama y revelan la necesidad de introducir una jerarquización entre los términos de estas clasificaciones.
         Cf. la concepción de Weimann sobre la historicidad de las convenciones de la novela: "Seine Formen betrachten wir als ein historisches Paradigma" ("Erzählerstandpunkt" 390). Es común que las obras teóricas señalen la historicidad de las modalidades en sí. Algunos apuntes sobre la variabilidad histórica de su combinatoria se pueden ver en Watson (44 passim) o Bonheim.
         Ruthrof (194) concluye de ello que la narración literaria escapa a una definición de narración en el marco de la teoría de los actos de habla. No creemos que sea así; ya hemos señalado nociones como la de perlocución o acto de habla indirecto que permiten explicar estos fenómenos de instrumentalización.
         Ya observa este hecho Friedemann (157).
         Practical Inferences, cit. en Lyons, Semantics 748 ss.
          Cf. la distinción de Ducrot (supra) entre el enunciador en tanto que tal (Je1) y el enunciador en tanto que persona del mundo que coincide con el enunciador (Je2).
         Volek 114. Cf. DoleΩel, Narrative Modes  4; Martínez Bonati 65; Kristeva, Texto 64 ss; Lintvelt 31; Ruthrof 95; Genette, Nouveau discours 42.
         Lintvelt (30 ss) llega a distinguir en la acción un "mundo narrado" y un "mundo citado". Pero es evidente que lo narrado y lo citado pertenecen al mismo mundo: se trata de diferentes objetos, no de diferentes mundos.
         Randolph Quirk y Sidney Greenbaum, A University Grammar of English 341-342; cf. Ingarden, Literary Work 107; Heinrich Lausberg, Elementos de retórica literaria, § 432.
         Jespersen 290 ss; Tacca 80 ss; Rozental’ 291 ss; Real Academia 516-517; Dupriez 383; Fowler, Linguistics and the Novel 102.
         Cf. Mijail Bajtin, Problemi poetiki Dostoïevskovo, cit. en Kristeva, Texto 129 ss; McHale, "Free Indirect Discourse: A survey of recent accounts"; cit. en Genette, Nouveau discours 38; cf. también el cuadro elaborado por Bonheim (55).
         Cf. Norman Page, Speech in the English Novel, cit en Bonheim 51; Lozano, Peña-Marín y Abril 156; Lanser 187; Bonheim 54, Toolan 128. Friedemann (157 ss) ya proporciona una tipología, situando al estilo indirecto entre el directo y el que aquí llamamos narrado, así como combinaciones entre el estilo directo y el indirecto,
         Ver un magistral acercamiento a esta cuestión en V. N. Voloshinov, Marxism and the Philosophy of Language cap. 4.
         Es decir: las formas de la narración tradicional permanecen como base de las actuales formas narrativas; en ningún modo se ha neutralizado, por ejemplo, la distinción entre discurso del narrador y discurso del personaje, como pretende DoleΩel (Narrative Modes 18); esta diferencia está presupuesta en las formas más complejas como el estilo indirecto libre, que no podrían ser problemáticas si no fuese porque las formas simples permanecen como puntos de referencia. Ya nos hemos referido en otros momentos a esta estructuración filogenética de las formas narrativas.
         Oswald Ducrot, "Analyse de textes et linguistique de l’énonciation", en Ducrot et al., Les mots du discours (Paris: Minuit, 1980); cit. en Lozano, Peña-Marín y Abril 151.
         Cf. Ducrot ("Pragmatique" 572 ss) para el uso del discurso narrado como un elemento del discurso indirecto libre.
         Bal, Narratologie 26 ss; Banfield, Unspeakable Sentences; cit. en Berendsen, "Teller" 154.
         Cf. Ingarden, Literary Work 209.
         Bonheim propone utilizar para ello el modelo de funciones lingüísticas de Jakobson o la teoría de los actos de habla de Searle.
         Cf. Martínez Bonati 184; Berendsen, "Teller"154.
         Sin embargo, el lenguaje funcionando como especimen que remite a otra enunciación se funde insensiblemente con el uso directo del lenguaje. Ello explica que una cita directa de un personaje traducida de otro idioma por el narrador se interprete de modo análogo a una repetición de las palabras originales.
         Eco (Lector 100); cf. Ingarden (Literary Work 107). Es interesante comparar esta afirmación con la vieja idea de que la novela es un género que sintetiza todos los otros géneros y los contiene: así Friedrich Schlegel,  Brief über den Roman, Chevirev, Moskvitianine I [1843] 574; cit. por Eïjenbaum, "Prose…" 201). La mejor formulación moderna es la de Bajtín (The Dialogic Imagination).
         Cf. Martínez Bonati 77.
         Kristeva, Texto 118; cf. 2.4.1.1 supra.
         Cf. Gullón 90 ss; Ingarden, "Functions" 380.
         Cf. Lozano, Peña-Marín y Abril 149; Tacca 137; Volek 115. Por tanto, sólo figuradamente se cede la palabra al personaje en el estilo directo. Bal (Narratologie 27; Teoría 15) parece interpretar esta "cesión" al pie de la letra. Genette admite que se trata de una cesión figurada ("Discours" 190, 194), con lo cual parece entrar en contradicción con su anterior definición del discurso directo como una técnica no representativa, como "la chose même” ("Frontières" 154).
         Coleridge, Biographia XXII, 254, sobre Wordsworth; cf. sin embargo Tacca 80; Eïjenbaum, "Manteau" 224.
         Incluso ficticio con respecto a él. Ver 3.2.1.6 supra.
         Cf. Genette, "Discours" 241; Bal, Narratologie 35; Berendsen, "Formal Criteria" 79; Genette, Nouveau discours 61.
         Bal, Narratologie 56 n. 14; Berendsen, "Formal Criteria" 81 ss.
          Cf. Bonheim 60; Prince, Narratology  47. Como observa Bonheim, el uso en este sentido es vago, y se suele confundir con diversas formas de estilo indirecto libre. Nosotros lo reservaremos al caso que acabamos de describir. Bonheim opone el estilo libre al marcado (tagged) mediante un verbum dicendi, y realiza un interesante estudio textual sincrónico y diacrónico sobre la frecuencia de colocación de los verba dicendi al principio, en medio o al final del discurso que introducen, su aparición explícita u oculta, el orden sujeto-verbo, etc. El uso moderno tiende a la colocación final en el caso de parlamentos cortos, o a la supresión en favor de una narración más económica (Bonheim 75 ss).
         Cf. Genette, Nouveau discours 39; Stanzel, Theory 141.
         Cf. Bonheim, 110 ss; Watson 41.
         Ver Bárbara Arizti, Metafiction in Changing Places.
         Cf. también Jespersen 290 ss; Kayser, "Qui raconte?" 78; Cohn,"Narrated Monologue" 98; Rozental’ 293; Watson 43. Wolf Schmid y DoleΩel hablan de "interferencia textual" (Textinterferenz) entre los textos del narrador y el personaje.
         Cf. además la "focalización transpuesta" o "libre indirecta" descrita por Bal (Teoría  117).
         "Pragmatique" (565). Cf. Chatman: "Free speech and thought are expressed identically, and thus ambiguously, unless the context clarifies" (Story and Discourse  201).
         Bronzwaer ("Bal’s Concept" 200). El que Bronzwaer admita esto parece deberse más a un lapsus desconstruible que a una voluntad consciente (pues el texto del narrador interferiría consigo mismo).
         James Boswell, The Life of Samuel Johnson 2: 318.
         Unspeakable Sentences, cit. por Berendsen, "Formal Criteria" 85. Ver también Christine Brooke-Rose, “Ill Locutions”
         Genette, "Discours" 192; Fowler, Linguistics and the Novel 102; Fillmore, "Pragmatics and the description of discourse", cit. por Lozano, Peña-Marín y Abril, 155.
         Cf. DoleΩel, Narrative Modes; cit. en Cohn, Transparent Minds 134.
         Banfield, Unspeakable Sentences, cit. en Berendsen, "Teller" 143 ss.
         Puede verse un ejemplo en la King James Bible (Acts 17: 2-3).
         Goethe considera la novela una “epopeya subjetiva” (Maximen und Reflexionen, cit. en Friedemann 13); Rudolph Gottschall la novela pinta una experiencia individual (Poetik, cit. en Friedemann 14). Sobre la “interiorización” de la novela, ver Kahler, The Inward Turn of Narrative.
         Ver por ej. Michel Butor, “The Novel as Research”.
         Vernon Lee, “A Dialogue on Novels” 236-37.
         Cf. Stephen Greenblatt, Renaissance Self-Fashioning from More to Shakespeare.
         Genette, "Discours" 191; Rozental’ 291 ss; Berendsen, "Formal Criteria" 81; Lanser 187; Bonheim 33.
         Cf. Bal, "Laughing Mice" 205; 2.4.2.3 supra.
         Eliot, Knowledge and Experience in the Philosophy of F. H. Bradley 164.
         Chatman propone llamar interior monologue a lo que aquí llamamos pensamiento directo, y stream of consciousness al monólogo interior, la forma no enmarcada en una narración extradiegética.
         Dujardin (Le monologue intérieur; cit. por Genette, "Discours" 193 n. 2) habla de "phrases directes réduites au minimum syntaxial"; Fehr ("Substitutionary Narration") utiliza el término atactic. Cf. Prince, Narratology 48.
         Thought and Language; cit. en Cohn, Transparent Minds  96.
         Para las nociones de tópico y comento, cf. Ducrot y Todorov 345; C. N. Li, Subject and Topic.
         Le monologue intérieur  59; cit. en Genette, "Discours" 193 n. 2.
         Se suele afirmar que no hay narrador en el monólogo interior (Cohn,"Narrated Monologue"; Chatman, Story and Discourse 153; Lintvelt 78; Hernadi, "Preface" xii). Ruthrof (6 ss) va más allá al afirmar que el monólogo interior es íntegramente acción, "mundo presentado" (presented world), y no discurso, "proceso de presentación" (presentational process). Pero parece claro que si bien no para el personaje, el monólogo interior sí es un discurso narrativo para el lector. Ruthrof reconoce que en el caso del monólogo interior autónomo, hay una fuerte impresión de que el personaje actúa como narrador.
         Cf. Cohn, Transparent Minds  174.
         Cohn 236; cf. también M. Raimond, Le monologue intérieur, cit. en Tacca, 106.
         Cf. Chatman, Story and Discourse 31. Según Cohn (Transparent Minds 173) Joyce no consideraba que fuese narración la técnica de Dujardin.
          Transparent Minds 255. Considera al monólogo interior un género dramático Stanzel (Theory 66).
         Cohn, Transparent Minds 244; Fowler, Linguistics and the Novel 103 ss.
         Weimann habla de un continuo "Zurücktreten des epischen Elementes in der Erzälerperspektive" ligado al desarrollo del capitalismo y el liberalismo en Occidente ("Erzählerstandpunkt" 410). Stanzel (Theory 66) también detecta una evolución gradual de la novela, que se aleja de lo narrativo para acercarse a lo dramático. El monólogo interior no es sino la exacerbación de un fenómeno que ya en el siglo XIX se manifestó en el aumento del diálogo directo a expensas de la narración. Cf. Eïjenbaum, "Prose" 201.
         Robert D. Denham, Northrop Frye and Critical Method  104.
         Texto  144.  Sorprendentemente, Kristeva ve el ejemplo más acabado de este fenómeno en Sarraute y Beckett, más bien que en Joyce. La técnica narrativa de las novelas de Beckett se suele describir erróneamente como monólogo interior (por ej., Stanzel, Theory 61, 226).
         "Narrated monologue". Distinciones semejantes aparecen en Chatman o en Laurence Bowling (Chatman 170 ss). Chatman señala la posibilidad de distinguir un monólogo interior "perceptivo" de uno "conceptual" en este sentido.
         Transparent Minds 11. Cohn está criticando la teoría de Derek Bickerton ("Modes of Interior Monologue"), que relaciona el soliloquio con el estilo directo, la descripción mental por parte del autor omnisciente con el estilo indirecto, el monólogo interior indirecto con el estilo indirecto libre y el monólogo interior directo con el estilo directo libre, sin verbum dicendi  introductorio.
         Otros fenómenos relacionados con el monólogo interior por derivación pueden no adoptar la forma narrativa, como hace el soliloquio. Así, Humphrey (38 ss) señala formas dramáticas como el episodio de "Circe" en Ulysses, o poéticas, como Rahab de Waldo Frank.
         Transparent Minds 247. Un ejemplo favorito de motivación problemática es As I Lay Dying (Cohn 205 ss; Kawin 260 ss; García Landa, “Reflexivity in the Narrative Technique of As I Lay Dying”).
         Lukács, The Meaning of Contemporary Realism; Theodor W. Adorno, "Pour comprendre Fin de partie ".
         Cf. Cohn, "Narrated Monologue" 98; Transparent Minds 100.
         W. Bronzwaer, Tense in the Novel 53-62; cit. en Cohn, Transparent Minds 302 n. 47.
         Cf. Genette, "Frontières" 156-157; también Lessing 158 ss.
         Philippe Hamon ("Description" 466) propone tres fases en el estudio de la descripción:1) la manera en que la descripción se inserta en el discurso (récit); 2) el funcionamiento interno, la cohesión semántica de la descripción; 3) el papel que desempeña en la economía global del discurso (récit). El tratamiento que da a la primera cuestión le lleva a un estudio de diversas formas de motivar la introducción de una descripción en la secuencia del relato comparables a las que presenta Lessing (cap. XVI; cf. 2.4.2.3 supra) y perfectamente reducibles a diferencias de focalización.
         La narratología clásica suele contemplar la descripción como un ejercicio de estilo, como una excusa para lucir todos los recursos de la pluma del autor con la máxima libertad. Aristóteles recomienda utilizar la dicción más brillante "en las partes sin acción, sin caracteres ni pensamientos" (Poética XXIV, 1460 b). Y Boileau aconseja así a los poetas épicos: “Soyez vif et pressé dans vos narrations; / Soyez riche et pompeux dans vos descriptions. / C’est là qu’il faut des vers étaler l’élégance; / N’y présentez jamais de basse circonstance” (Art poétique III, versos 257 - 260).
         Bonheim (25) divide a este respecto los objetos a describir en place, person, thing. Con frecuencia se encomienda a la descripción expositiva la localización (implícita) de la acción histórica o geográficamente.

         Friedemann 204ss; en tono más preceptivo puede verse en Tasso 87.
         Booth, Rhetoric 155; cf. también Perry 67.
         Ver por ej. el prólogo de Eigner y Worth; o el capítulo sobre “Prophecy” de Forster.
         Aquí el comentario deviene rápidamente metaficción. Ver p. ej. mi Samuel Beckett 105-9.
         Cf. lo que van Dijk llama “pragmatic topics of textual expansion” (Text Grammars 119).
         Booth, Rhetoric 155; Labov y Waletzky 14; Chatman, Story and Discourse 228; Dittmar y Wildgen 709; Prince, Narratology 12; Ruthrof 47.
         Bonheim 30; Prince, Narratology 9.
         No habría que limitar sin embargo los términos “discurso” o “discursivo” a este tipo de fenómenos, como hace Bal (Teoría 133).
         Así, Prince distingue los signos que nos remiten a la narración de los que nos remiten al acto de narrar (Narratology 7; cf. Ducrot, “Pragmatique” 520); para Ruthrof, “narrative surface texts are sets of signs coding at the same time two ontologically different sets of signifieds: presentational process and presented world” (viii). Es evidente que en la narración homodiegética el comentario, como el proceso mismo de narración, es potencialmente un acontecimiento más de la acción, pero este hecho suele ignorarse en la práctica; en cualquier caso, se presenta al lector como cualitativamente diferente del resto de la acción en tanto que modo no narrativo. Cf. también Watson 44.
         Cf. Booth, Rhetoric 155. Observemos que Booth no distingue claramente el comentario de la narración: para él son comentario también los hechos de la acción que conocemos a través de las palabras de un narrador heterodiegético en las secciones sin dominante narrativa, a través de notas a pie de página, en las descripciones, etc. Para nosotros es comentario lo que no es acción (cf. el texto de Martínez Bonati que citamos unos párrafos más adelante).
         Cf. Bonheim 41. Pratt (48, 64) distingue asimismo entre evaluative commentary y sentence-internal evaluation. Insistimos, sin embargo, en que nosotros consideramos comentario sólo aquéllo que no está en la acción, sino que es añadido por el narrador. No consideraremos comentario en este sentido a las palabras de los personajes portavoces del autor, por muy explícita que sea su función. Jonathan Culler (“Fabula and Sjuzhet” 35-36) ha mostrado la situación paradójica a que nos puede llevar el análisis del comentario insertado: en última instancia, se confunde con el análisis de la acción, pues con frecuencia ésta no esta allí sino como comentario implícito, o como base de apoyo a la postura del narrador. Es de resaltar, pues, la interacción entre los planos referencial y evaluativo de la narración; ésto es aplicable tanto a su producción como a su interpretación por parte del receptor (Klein 237).
         Charles Fillmore, “The Case for Case” 23; cf. van Dijk, Text Grammars 37.
         Martínez Bonati 68. Para Klein (239), en la reconstrucción comunicativa de la narración efectuada por el oyente son teóricamente diferenciables un plano referencial y uno evaluativo. Cf. también la oposición de Castilla del Pino entre “funciones indicativas” y “funciones estimativas” en su modelo de descripción textual (“Psicoanálisis” 319 ss).
         T. S. Eliot, “Hamlet and His Problems” 145. Ver E. Vivas, “The Objective Correlative in T. S. Eliot”.
         Cf. Booth, Rhetoric 3 ss, passim; Bonheim 32; 2.4.1.1 supra.
         Es bien sabido desde los formalistas rusos, e incluso desde Poe (“The Philosophy of Composition”), que el final de una novela y el de un cuento no son estructuralmente equivalentes; el final del cuento soporta un peso significativo mayor, y es por ello más efectista, más cuidado, más sorprendente. Cf. sin embargo Bonheim (165 ss).
          P. 30. Prince (Narratology 117) utiliza el término metanarrative en un sentido distinto, derivado de Jakobson: sería “metanarrativa” toda explicitación de los códigos a que obedece el texto narrativo (lingüísticos o de cualquier tipo). Está claro que en este sentido “a narrator’s intrusion or an explanation does not necessarily constitute a metanarrative sign” (171 n. 14). Pero también parece claro que esta explicitación debería llamarse metasemiótica, pues no se refiere exclusivamente a lo narrativo.
         Para diversas clasificaciones de distintos niveles de lectura crítica, ver por ej. Frye, Anatomy 71 ss; Susan R. Horton, Interpreting Interpreting;  Jameson, “On Interpretation”, en The Political Unconscious, 31 passim; Hawthorn 22 ss. La base fundamental de estos niveles de lectura es el mayor o menor ámbito hermenéutico considerado como contexto de la obra. La primera teorización moderna de estos fenómeno interpretativo se encuentra en Schleiermacher (Hermeneutik).
         Teoría 547. Observemos que no se trata de una transposición en el sentido de que se abandone el punto focal original, el de la enunciación real: simplemente se constituyen por referencia más o menos directa a ese punto otros focos virtuales.
         Ya nos hemos referido a la deixis en fantasma. En cuanto a fenómenos estrictamente temporales, necesitamos por ejemplo postular tales puntos focales en la definición de los tiempos perfectos. Cf. Bühler 208 ss, 219; Weinrich, Le Temps 74 passim; van Dijk, Text Grammars 84).
         Vemos difícilmente cómo un tiempo puede abstraerse de un espacio. Si existe una relación auténticamente temporal entre el narrador y la acción (narradores intradiegéticos) es inevitable la relación espacial, aunque pueda ser secundaria o estar implícita. Si no es posible establecer una relación espacio-temporal entre narrador y acción, quizá sea debido a que la relación entre ambos sea pseudo-temporal (hablaremos de relación temporal neutra en lo que sigue).
         Con la noción de tiempo de la narración sólo intentamos una clasificación de las articulaciones enunciativas del discurso. No entraremos en consideraciones sobre la filosofía del tiempo en el género narrativo, o sus diferencias cualitativas con el tiempo de la lírica o el del drama. Cf. Staiger 101 ss; Aguiar e Silva, Teoría 168 ss; Segre, Principios 274 ss; Ricœur, Time and Narrative.
         Cf. el argumento de Steven Kellman en The Self-Begetting Novel.
         Cf. Friedemann 156. En términos de Freeman: “rather than being the mere fictions they are sometimes assumed to be, [narratives] might instead be in the service of attaining exactly those forms of truth that are unavailable in the flux of the immediate” (224).
         Así lo observa Friedemann (96). Cf. el argumento sobre la significación de la distancia temporal del historiador en la escritura de la historia en Ricœur, Tiempo y Narracion 1.
         Genette, “Discours” 229; cf. Lanser 198 ss; Lintvelt 86 passim; Prince, Narratology 27 ss.
         Ademád de las posibilidades que aportan a la intriga el hecho físico de la escritura mezclada con la acción, o el discurso-carta manejable por los personajes en tanto que objeto.
         En la medida en que se las quiera considerar relaciones temporales, claro está.
         Genette, “Discours” 234; Prince, Narratology 30.
         Cf. una idea semejante, expuesta menos combativamente, en Ingarden, Literary Work; Sartre, Qu’est-ce que la littérature?; Ramon Fernandez, Messages 60-61; A. A. Mendilow, Time and the Novel 94; Stanzel Theory 25; Lintvelt 74.
         Benveniste, “Relations”; cit. por Lozano, Peña-Marín y Abril 103.
         La insuficiencia de una solución simple se pone de manifiesto cuando vemos a Fowler afirmar que normalmente el tiempo pasado de la narración “signals only a claim of validity for the report, not an insistence on its pastness” (Linguistics and the Novel 74). La “marca de validez” de Fowler parece en principio contradictoria con la “marca de ficcionalidad” de Hamburger.
         Piénsese, por ejemplo, en Silas Marner: narración heterodiegética autorial que se propone explícitamente como posterior en varias décadas al momento de la acción.
         Ver por ejemplo sus críticas a Weinrich y Hamburger en Tiempo y relato 2, 65 ss, esp. 75, 98-99. Ricœur enfatiza el valor temporal del pasado narrativo. Habría que subrayar, sin embargo, que por estar inscritoese valor estructuralmente en la narración de ficción por su génesis histórica, puede darse poe supuesto e incluso construirse una estructura paradójica que lo niegue (por ej. separando con un foso de ficción la acción y el narrador), sin que por ello deje de ser virtualmente activo.
         Cf. Kayser, “Qui raconte?” 77.
         Cf. Real Academia, Esbozo 464; Quirk y Greenbaum, 41; Abraham, 360; Cohn, Transparent Minds 188 ss; cf. nuestras observaciones anteriores sobre el eje aspectual de permanencia (2.3.2).
         Cohn, Transparent Minds 193. Para las consecuencias narratológicas, ver mi Samuel Beckett 96.
         “Discours”; Starobinski 286; Cohn, Transparent Minds 14-15, 143.
         Sin embargo, observa Genette, en un relato lo suficientemente ambiguo, la narración simultánea vuelca la interpretación del texto hacia una interpretación homodiegética. Es lo que sucede con frecuencia en las lecturas de La Jalousie de Robbe-Grillet (Nouveau discours 55).
         Cf. la observación del pseudo-Longino: “Narrar hechos pretéritos como si fueran presentes y estuviesen desarrollándose ante nosotros, ya no será una mera narración; será una escena llena de vida” (Sobre lo sublime, cap. XXV). Cf. también Kayser, “Qui raconte?” 77; Lausberg,§ 369; Real Academia, Esbozo 464; Rozental’ 160; Dupriez 383.
         Para Kayser estos súbitos contrastes demuestran la falsedad de la teoría de Hamburger sobre el valor atemporal del pretérito narrativo: “La fonction que remplit le présent historique, et qui consiste à accentuer le phénomène d’actualisation temporelle montre que les temps du passé, utilisés par ailleurs, conservent leur fonction prétériale” (“Qui raconte?” 77). Pero lo que se demuestra no es eso, sino más bien lo contrario: el que una temporalidad que sólo es presente virtualmente pueda causar impresión de inmediatez nos lleva a pensar, por analogía, que el pasado con el que contrasta puede causar impresion de preteridad sin que tenga que tratarse de algo más que de un pasado virtual. Los tiempos verbales no tienen por qué tener su valor literal en la narración (cf. van Dijk, Text Grammars 291; Prince, Narratology 28). Como ya hemos dicho anteriormente, es inútil intentar extraer categorías del sistema de la lengua y transponerlas de manera mecánica a la estructura del discurso, sin tener en cuenta el valor añadido que adquieren del conjunto de relaciones que configuran esta estructura.
         Cohn, Transparent Minds 127 ss; Lintvelt 86.
         Cf. van Dijk, Text Grammars 291; Prince, Narratology 166 n. 9.
         Véase en Fragmentos de Apocalipsis de Torrente el final de la “Quinta Secuencia Profética”.
         Cf. Cohn (Transparent Minds 209). Hemos visto que también es concebible la movilidad de este punto en una narración plenamente ulterior (Tristram Shandy). La narración intercalada puede derivar hacia este polo, o hacia el contrario, transformándose en narración simultánea. Es lo que sucede en parte en Malone meurt de Beckett y en Le Nœud de vipères de Mauriac.
         Para simplificar, ignoraremos la diferencia posible entre el momento implícito de la escritura y el real; seguidamente también despreciamos la diferencia entre el tiempo de lectura implícito y el real. Ello no quiere decir que estas diferencias no sean explotables narrativamente.
         Genette señala un caso más complejo por darse en la figura de un autor-narrador: el de Stendhal, que fechaba la narración de algunas novelas algunos años antes a su escritura real (“Discours” 232 n.4).
         Van Dijk (Text Grammars 291) confunde a este respecto los tiempos de enunciación real y ficticia en su definición de la narración ulterior.
         Véase el prólogo a la edición de Frederick A. Pottle, 12.
         Sobre el tema de la continuidad y sobre la especificidad narratológica de este tipo de comics puede verse Super Heroes: A Modern Mythology, de Richard Reynolds.
         Lévi-Strauss establece una contraposición absurda entre el mito y la narración literaria en este sentido: parece creer que el mito puede ser contemplado como estructura o como proceso, mientras que la novela sería sólo un proceso temporal, una mera secuencia o acumulación de frases (Mito y significado 68). La “estructura musical” que Lévi-Strauss descubre en el mito es una característica de todo texto, que se hace más evidente en textos tradicionales o en géneros fuertemente convencionalizados.
         Ingarden niega que la obra sea secuencial: lo que sería secuencial sería su concretización (Literary Work 305; cf. 3.3.2.2 infra ). Podríamos decir que la concretización es efectivamente temporal y secuencial; pero esto no es accidental, pues ya hemos dicho que está inscrito en la obra. Ingarden, en cambio, considera que la obra en tanto que estructura es atemporal, y que sólo podemos hablar de principio, mitad y fin, no como tiempo sino como “orden secuencial”. Pero es un orden que presupone un tiempo. Si lo preferimos, podemos hablar de secuencialidad significada.
         Ingarden (Literary Work 308). A menos, naturalmente, que el autor haya contado con que algunas partes son prescindibles o su orden alterable (por ejemplo, Fielding en Tom Jones o Cortázar en Rayuela) proponen una opción de lectura alternativa consistente en saltarse los capítulos críticos o metaficcionales).
         Con posibilidad, naturalmente, de superposiciones, hipercodificaciones y complicaciones numerosas. Cf. 2.2.1 supra sobre la exposición y sus relaciones con la estructura temporal del relato.
         Lotman 261-65.
         Barbara Herrnstein Smith, Poetic Closure 265ss; Ricœur, Time and Narrative 2, 22.
         Kermode, Sense 45-46, 66-67 passim;  cf. Ricœur, Time and Narrative 2,  27.
         Ver Kermode, The Sense of an Ending.
         Para Frye (Anatomy) es el mito central de la cultura occidental.
         Ver a este respecto el análisis de Macbeth en Kermode, Sense 84-89. Kermode también relaciona clausura narrativa e impulso tanático (Ricœur, Time and Narrative 2, 26-27).
         Ricœur, Time and Narrative 2, 21.
         Ver por ej. Goffman, Interaction Ritual 38; cf. Ricœur: “the search for concordance is part of the unavoidable assumptions of discourse and communication” (Time and Narrative 2,  28).
         Kermode, “The Modern Apocalypse,” en Sense 93-124; Ricœur, Time and Narrative 2, 24.
         En Nouveau discours du récit Genette matiza esta afirmación: “faute d’une distinction nette entre les narrataires intradiégétiques (M. de Renoncour dans Manon Lescaut) et extradiégétiques (le narrataire du Père Goriot), la dissociation nécessaire entre narrataire et lecteur se trouve passablement brusquée “ (90).
         Cf. Prince, “Introduction” 180; Tacca 157.
         Por cierto, algunas de las condiciones puestas por Prince parecen un tanto extrañas. Por ejemplo, el narratario grado cero no sería capaz, al parecer, de captar las evocaciones desprendidas de los hechos, o no dispondría de criterios de verosimilitud. Diríamos más bien que no dispone de criterios de verosimilitud distintos de los del lector textual. Además, olvida una condición fundamental: el narratario “grado cero” no es descrito por el narrador como un individuo particular. En lugar de eso dice que no tiene personalidad, características sociales o morales. Eso es ya mucho decir: el lector textual sí tiene características de ese tipo, aunque se manifiesten implícitamente.
         Por supuesto y redundante deberíamos callarlo: el narrador también puede describir directamente a su interlocutor ficticio (cf. Martínez Bonati 94, 188).
         Estos conceptos fueron introducidos por la escuela de Praga. Topic y comment son dos equivalentes en la lingüística del discurso desarrollada en los países anglosajones. Cf. Chomsky, Aspects, cap. IV; Segre, Principios 41; Leo Hickey, “Topicalization: How Does It Take Place?”.
         Según Castilla del Pino, “inferir es postsuponer por uno lo presupuesto en otro “ (“Psicoanálisis” 324); pero también podemos inferir lo que el otro no sabe que presupone, y adquirimos así una perspectiva irónica sobre él (es el caso de muchos narradores no fiables).
         Prince, “Introduction” 184 - 185; “Notes” 101; Narratology 18 ss.
         J.-K. Adams 66; cf. Chatman, Story and Discourse 168.
         Según Friedemann (37) el efecto es como si el narrador hablase consigo mismo.
         Cf. Prince, “Introduction” 189 ss; Narratology 21 ss.
         “Comprehensive Theory” 58. Genette acepta esta identificación de buena gana: “Voilà une instance d’excisée, pour la plus grande joie de notre maître Occam, et ces petites économies ne sont pas à mépriser par les temps qui courent” (Nouveau discours 95).
         Lo cual sucede raras veces. En efecto, lo común es que el narratario, sobre todo si está personalizado, sólo tenga conocimiento de la narración, y no de los elementos metatextuales de la obra, como el título, las referencias editoriales, prólogos, etc. (al contrario de lo que cree Prince, Narratology 24).


3.3. Discurso